martes, 17 de abril de 2012

SER Y TIEMPO / La exposición de la tarea de un análisis preparatorio del Dasein



Alex Romero M.


§9. El tema de la analítica del Dasein.

Tal como se expuso en la introducción de Ser y tiempo, la analítica del Dasein es la primera tarea que nos plantea el desarrollo de la pregunta por el ser ya que el “ahí del ser”* es el punto de partida a esta interrogante**. La analítica del Dasein es el primer paso ineludible para que la ontología fundamental cumpla la misión de interpretar al ser en cuanto tal. Lo que hay que decir, sin embargo, es que esta posibilidad aún es lejana si consideramos el carácter “incompleto”, “provisional” de la analítica “preparatoria” del Dasein. Ella mostrará o sacará a luz el ser de este ente pero sin darnos su sentido, es decir, revelará sus estructuras fundamentales sin que estas sea interpretadas aún como modos de la temporeidad.

A. Caracterización general del Dasein.

Al abordar el tema de la analítica del Dasein, lo que nos dice el Heidegger es que este ente particular que se interroga por el sentido del ser no nos resulta extraño en razón a que “lo somos cada vez nosotros mismos” (pág. 67), es decir que el “ahí del ser” de esta analítica lo constituye la existencia humana pero no se trata aquí del “hombre” que, como cualquier otro ente, posee propiedades y es abordado por las ciencias positivas como una cosa o substancia. Por otro lado, el Dasein, cuyo ser es mío, se realiza siempre y cada vez de un modo diferente por lo que a su ser le va su ser, es decir, que se conduce desde su existencia a otras formas posibles de existencia ya que “él está entregado a su propio ser” (pág.67).

 
B. Rasgos fundamentales del Dasein.

En consecuencia a la caracterización general del Dasain es indispensable aclarar que cuando el autor habla de la “esencia” del Dasein (que él mismo coloca entre comillas) se remite a que ella consiste al tener-que-ser de un modo u otro, es decir, que a comparación del resto de entes, el Dasein no se puede concebir como una mera presencia o estar-ahí (existentia) pues él no está dado de una vez y para siempre. Heidegger para referirse a esta “esencia” del Dasein no emplea el término tradicional existentia que es propio de los demás entes sino el de Existenz, existencia, esto es, la determinación de ser exclusiva del Dasein.

La “esencia” del Dasein consiste en existir o, dicho más precisamente, ser en el modo que es el existir. El Dasein es desde el modo de la existencia por lo que no puede tener el carácter fijo y estable de los demás entes. Él no posee propiedades y no es un ejemplar que pertenezca, a comparación de los otros entes, a tal o cual categoría, en cuya actualidad permanente se convierten en esencias de cualquier disciplina científica. Lo que caracteriza al Dasein son las “maneras de ser posibles para él” (pág. 67) que se puede entender como el poder-ser de este ente particular pues siempre está dirigido a sus posibilidades. 

Otro punto que sale a la luz con la caracterización general del Dasein es la de ser-cada-vez-mío. El “ahí del ser” implica siempre los pronombres personales “soy yo”, “tú eres” pues, como se ha dicho, el Dasein no es un qué al igual que otros entes sino un quién, es decir, una existencia. En este punto también se revela el hecho de que este ente particular “se comporta en relación a su ser como en relación a su posibilidad más propia” (pág. 68), en otras palabras, que es una posibilidad constante de asumirse a sí mismo. A partir de su existencia, tiene la posibilidad de ser cada vez, o no, sí mismo. Puede elegir su modo de ser y esto conlleva “elegirse” en su ser más “propio” e “impropio”, esto significa, en qué medida es suyo o en qué grado de determinación se encuentra por el “ser-cada-vez-mío”. La propiedad como modo de ser significa que se ha ganado a sí mismo llegando a ser plenamente sí mismo sin perderse. La impropiedad significa que el Dasein mismo se pierde como tal o, habiéndose ganado aparentemente, se ha confundido entre muchos sin ser sí mismo.

C. La correcta presentación del Dasein en su analítica ontológica.

A partir de los caracteres propios del Dasein, Heidegger concluye que “una analítica de este ente se ve confrontada con un dominio fenoménico sui generis” (pág. 68), por lo que, a pesar de ser ésta una aproximación provisional, es necesario tener un punto de partida adecuado, la forma correcta de presentación de este ente que, en razón a su “esencia”, no puede abordarse a partir de la mera constatación de algo que está presente. La interpretación ontológica del Dasein exige, para el autor, iniciar de la “existencialidad de su existencia” (pág. 69), en otras palabras, del modo de ser del ente que existe.

La analítica es una descripción del Dasein en sus posibilidades propias como en sus situaciones inmediatas. Heidegger nos dice que el “ahí del ser” tiene que mostrarse en su “indiferente inmediatez y regularidad” (pág. 68) pues en virtud a ello se presenta en el modo de ser que le es más propio, es decir, en el que se pueda mostrar en sí mismo desde sí mismo. La forma de acceder a ello es la cotidianidad que es, a su vez, el modo corriente y ordinario de cómo el Dasein se vive a sí mismo y que, al ser el ámbito previo a toda comprensión ontológica del ser dada por alguna teoría o filosofía, es la forma cercana de abordar al Dasain y otorgarle una caracterización positiva.

Heidegger considera la cotidianidad, como un modo de abordar al Dasein, ha sido ignorada por su supuesta obviedad (el Dasein es aquí lo “ónticamente más cercano” y, sin embargo, lo “ontológicamente más lejano”), sin considerar que en ella este ente particular puede ser aprehendido en sus determinaciones ontológicas.

D. La estructura existencial del Dasein desde la analítica antológica.

Las explicaciones del ser en la analítica del Dasein surgen a partir de su estructura existencial. Debido a que sus “caracteres de ser” (pág. 69) se determinan desde los modos del existir que le son propios, estos se han venido a llamar existenciales. Los caracteres de ser que se refieren al Dasein reciben este nombre. Los existenciales se deben distinguir, por tanto, de las categorías que son otros caracteres de ser referidos a otras formas de ente. Ellas son las determinaciones de ser de los entes que no existen, es decir, que no comparten el modo de ser propio del Dasein. De acuerdo al autor, este término, categoría, mantiene su significación original, propia de la ontología antigua, por ser la forma de acceso o interpretación de todo ente que se encuentra dentro del mundo y que permite la manera de referirse a él y plantearle “en su cara lo que él es ya siempre como ente” (pág. 70). Las dos forma de caracteres del ser —existenciales y categorías— interrogan, en consecuencia, al ente de una forma diferente, ya sea como existencia (quién) o como estar-ahí (qué). Sólo la conexión entre ambas podrá ser aclarada en “el horizonte de la pregunta por el ser” (pág. 70).


§10. Delimitación de la analítica del Dasein frente a la antropología, la psicología y la biología.

Luego de fijar positivamente el tema de investigación y resaltar la importancia de la analítica existencial como la que contribuye a “poner al descubierto aquel a priori que tiene que ser visible si la pregunta qué es el hombre ha de poder ser filosóficamente dilucidada” (pág. 70), Heidegger afirma que esta analítica ontológica está antes que toda posible investigación del Dasein. La razón de este deslinde frente a la psicología, la antropología y la biología obedece a que estas últimas se pueden caracterizar principalmente como ciencias ónticas del hombre pues consideran al Dasein como un ente entre otros y no en su peculiaridad ontológica: la de un ente que se pregunta por el ser. El deslinde con la psicología, la antropología y la biología se hace necesario pues permitirá establecer, con mayor precisión y de forma más persuasiva, el tema de investigación propio de la analítica existencial.

La analítica del Dasein, frente a estas disciplinas, tendrá como tarea principal la de mostrar de forma evidente el hecho de que si se parte de un “yo” o “sujeto”, sin una previa determinación ontológica de su ser, se cae en el equívoco de cuál es “el contenido fenoménico del Dasein” (pág. 71). La idea de un “sujeto” inmediatamente dado es para Heidegger lo que impide a estas indagaciones científicas llegar al Dasein y, consecuencia, este se convierte en un ente cosificado que no se muestra en su ser. Esta es la razón por la que el empleo de los términos “sujeto”, “alma”, “espíritu”, “conciencia” por parte de estas disciplinas nos llevan “a una curiosa no necesidad de preguntar por el ser así designado” (pág. 71). La determinación de emplear el término Dasein para designar a este ente que somos nosotros mismos obedece a que ella no nos impide obviar su procedencia ontológica, su ser constituyente.

Si bien las tendencias científicas y filosóficas que apuntan al Dasein han equivocado el modo de abordarlo, por iniciar históricamente desde el cogito sum descubierto por Descartes e ignorar al igual que éste la tarea de dilucidar el sum como medio para comprender el modo de ser del cogito, no significa que no se encuentren en ellas, de forma implícita, una comprensión de este ente. Es así que las  corrientes orientadas a formular una antropología filosófica —piénsese en el “personalismo” de Bergson y Dilthey— se hayan encaminado hacia la pregunta por la “vida” o a una interpretación fenomenológica de la personalidad que rechaza al hombre reducido a un ser substancial o cósico (un objeto natural). Si bien estas aproximaciones resultar ser las más diáfanas y radicales no alcanzan a llegar a la pregunta por el ser pues, como en el caso de Scheler y Husserl, no logran determinar positivamente “el modo de ser de la persona” (pág. 73) cuando se revela que su unidad exige una constitución diferente a los demás objetos o cosas naturales. La unidad del hombre no puede ser concebido como la suma del cuerpo, alma y espíritu pues, a pesar de ser dominios fenoménicos de determinadas indagaciones, no llegará tal unidad a comprenderse a cabalidad pues implica que estas partes tengan que ser previamente determinadas con “una idea de ser de ese todo” (pág. 73).

Heidegger considera que lo que ha impedido que nos dirijamos a la pregunta por el ser del Dasein han sido los insuficientes fundamentos ontológicos de la antropología tradicional (antiguo-cristiana) que no han sido considerados por las corrientes antropológicas modernas. Por un lado, la antropología antigua nos ha legado la definición del hombre como “animal racional”, donde este modo de ser es comprendido como un estar-ahí y oculta, por tanto, la existencia del hombre como el modo de ser propio de este ente. Por otro lado, la antropología teológica cristiana determina la esencia del hombre a partir de la interpretación que tiene de él como ser semejante a Dios, imagen divina cuya similitud revela que es próximo a Él. Esta idea de la “trascendencia” del hombre, producto de la dogmática cristiana, no ha convertido al hombre, concebido aquí como el ser más inteligente y que tiende más allá de sí mismo, y su ser propio en una cuestión ontológica.

Para el autor de Ser y tiempo, la antigua y moderna antropología filosófica no han ido “más allá de la determinación esencial de este ente llamado hombre” (pág. 74) pues la pregunta por el ser ha caído en el olvido. El ser de este ente se ha asumido como algo “obvio” o “evidente” y, en consecuencia, sus distintos modos de ser no son más que las formas del estar-ahí: propiedades de un ente reducido a una mera presencia sin el carácter tempóreo que lo lleve a existir.


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* En el presente resumen se usará de forma indistinta los términos Dasein y “ahí del ser”, siendo ésta última la traducción más cercana a la palabra empleada por Heidegger en alemán. Existen diversas traducciones en español para este vocablo central del libro Ser y tiempo: “estar en algo” (Zubiri), “realidad-de-verdad” (García Bacca), “el humano estar” (Laín Entralgo) “el estar” (Sacristán Luzón), “Ser ahí” (José Gaos).

** Hemos visto que el Dasein, movido por la pre comprensión que posee del ser, se muestra como “el que pregunta” y, de igual forma, como “el que es interrogado”, al estar determinado por el ser y, por tanto, poseer una relación especial con éste.


FUENTE: Martin Heidegger. Ser y tiempo. Trad. de Jorge Eduardo Rivera. Editorial Universitaria. Santiago de Chile, 2002.


domingo, 15 de abril de 2012

La lucha por el reconocimiento - Axel Honneth / El sistema de la eticidad y Filosofía real


Alex Romero M.


1. Sistema de la Eticidad

En el System der Sittlichkeit o el Sistema de la Eticidad (1802) de Hegel se muestra el desarrollo del individuo hacia la totalidad ética o eticidad absoluta que implica la superación del principio de singularidad en la que la conciencia se presenta como negativa y excluyente. La eticidad absoluta, en la terminología shellingniana, será entendida como la identidad del concepto y la intuición donde lo particular se subsume en lo general, es decir, la integración del individuo en la totalidad de la vida social a través de una serie de mediaciones en donde la conciencia se reconozca a sí misma como algo superado en una realidad distinta: el espíritu absoluto. La lucha por el reconocimiento será el elemento central por medio del cual la conciencia se superará/conservará al ser incorporado al espíritu o totalidad ética.

Como se ha mencionado líneas arriba, la superación del individuo en la totalidad ética significa abandonar el principio de singularidad que constituye el eje de interacción dentro de una comunidad determinada. Esta superación será entendida como el cambio de un estadio inicial o natural (eticidad cívica-natural) a otro posterior o formal (eticidad cívica-absoluta) por medio de una serie de luchas o conflictos sociales que modificará el primero y propiciará una integración distinta entre los individuos basada en el reconocimiento mutuo, pues, como se señalará más adelante, la eticidad de Hegel no puede ser entendida sólo en relación o en función del principio de individualidad, es decir, fundarse sólo en la preeminencia del individuo ajena a toda relación intersubjetiva. Este proceso será presentado como una alternancia entre la intuición y el concepto, entre lo general y lo particular y cuya integración o adecuación dará lugar a una realidad distinta: el espíritu absoluto.

La lucha o conflicto, que propiciará la transición de la eticidad natural a la eticidad absoluta, es un fenómeno esencialmente negativo pues ella al remitirse al estadio de la eticidad natural, concretiza la posibilidad de “no reconocimiento” y de “no libertad” inherente a ella. Sólo posteriormente la negatividad inherente de este fenómeno asumirá un papel determinante en la configuración de la eticidad absoluta cuando ella conlleve a un desarrollo moral en la conciencia de los individuos.

Es en el ámbito de la eticidad natural, cuya naturaleza se presenta como una eticidad en relación a determinaciones particulares externas (cambio, valor, trabajo, contrato), donde la lucha o conflictos sociales se dividen en tres estadios de acuerdo a una grado mayor de implicación interna en los sujetos: la destrucción ciega, el robo, la ofensa del honor. Serán estas tres las que asumirán, en la terminología hegeliana, la forma de “delito”, es decir, el ejercicio negativo y desbocado de una libertad abstracta reconocida en al eticidad cívico-natural. Los actos criminales que constituyen el delito se dan a partir de la libertad indeterminada de los singulares (que es el presupuesto social dentro de las relaciones jurídicas de este estadio), es decir, que los individuos hacen un uso destructivo de la libertad por ser sujetos de ese derecho y por estar inscritos negativamente en la vida social común. El acto delictivo, al ser el cumplimiento de una libertad que ignora al otro, modificará las relaciones iniciales de reconocimiento que conforman la identidad social dentro de la eticidad natural (el ámbito familiar y las relaciones de intercambio entre propietarios, etc.) y plantea la lucha entre el autor del delito y al que se ha visto afectado por él en el abanico de relaciones que conforman su yo interno.

Axel Honneth considera que el origen del delito se debe a un “estado incompleto de reconocimiento” (Honneth, 1992: 32). , es decir, que el delincuente dentro del margen de su experiencia individual no se ha sentido reconocido en las formas establecidas del reconocimiento recíproco, esto es, en las formas particulares incompletas de reconocimiento de la eticidad natural. El delito, motivado por una situación de no reconocimiento, se corresponderá con el segundo nivel de los conflictos sociales, el robo, por ser en este punto la libertad jurídicamente reconocida. Por tanto, lo que se originará aquí es una lucha de persona contra persona (sujetos de derecho) cuya finalidad es el reconocimiento de sus pretensiones particulares. Por un lado, la pretensión de una subjetividad ilimitada que resuelve el conflicto anulando al otro, y por otro lado, la pretensión de respeto social de los derechos de propiedad al ser esta última reconocida por los otros.

La ofensa del honor, que corresponde al tercer nivel de lucha o conflicto social, es la que concretizará el “devenir de la eticidad” a partir de su negatividad, pues ella (la ofensa) es el acto a través del cual el yo singular tiende a “ponerse” como totalidad. Esto significa que se mostrará ante otro como alguien que hará valer su autorreferencialidad, exclusiva y excluyente, y el derecho a lo suyo (la propiedad) siendo capaz de arriesgarse como totalidad que es, es decir, poner en riesgo su integridad y su vida. La exigencia del honor se entenderá en este caso como el conflicto entre dos individuos en el que el objetivo final es poner a prueba la integridad de la propia persona. Según Axel Honneth, el honor “es la posición que adopto frente a mí mismo cuando identifico positivamente mis cualidades y mi especificidad” (Honneth, 1992: 35). Es por ello que la lucha por el honor surgirá como posibilidad latente pues la autorrealización positiva” o autoafirmación del individuo dependerá muchas veces del reconocimiento de los demás sujetos. El grado de identificación del sujeto consigo mismo dependerá en gran medida del apoyo o reconocimiento de sus propias especificidades dentro de la interacción social. La ofensa del honor será por tanto la ocasión para que los sujetos enfrentados puedan confirmarse como un todo único, su capacidad de exclusión y autoafirmación.

La ofensa será la que conducirá al reconocimiento pues surgirá el deseo de reivindicar aquello que fue negado en la totalidad que conforma al sujeto, reconstruir, su unidad “perturbada” y garantizar su yo interno en su autorreferencialidad. El reconocimiento será visto por Hegel, en este punto de desarrollo, como “el ser de la conciencia como una totalidad en otra conciencia”, es decir, mostrarse como totalidad para el otro, aunque en este proceso negativo de la lucha, se presente como “totalidad excluyente” por ser algo constituido idealmente (polaridad). Veremos posteriormente cómo el reconocimiento recíproco, intuirse a sí mismo en el otro e intuir al otro, al hacerse real “supera entonces a la otra conciencia, con lo que el reconocimiento se supera a sí mismo” (Hegel, 2007: 267), pero esto sólo a partir de las contradicciones que en la lucha por el reconocimiento se generará en la (auto) conciencia de los individuos.



La lucha por el reconocimiento será una búsqueda por el derecho de reconocimiento y esto será posible si es que son capaces de poner en juego su vida. Sólo la disposición a morir demostrará que la totalidad de su singularidad, en sus determinaciones y particularidades, vale más que su propia supervivencia. En el enfrentamiento, tender a la muerte del otro es dejar en claro mi propia disposición a morir. Ser racional para Hegel, en este espacio de lucha y conflicto, significa estar dispuesto a poner en riesgo la totalidad del individuo, su propia vida, pues ello constituye un criterio por el cual el individuo confirma que él y el otro son una totalidad, y sólo se puede reconocer a otro en esa dimensión (totalidad) en la medida que demuestre esta disposición. La contradicción que esto conlleva se revelará inmediatamente a la conciencia: el intento del individuo de conservar su propia totalidad significa sacrificarla en la lucha por el reconocimiento. Esto nos conducirá a lo que Hegel llama “la nada de la muerte” (Rendón, 2007: 283).

La superación de esta contradicción conlleva a que el individuo, para conservarse como tal deba superarse a sí mismo, es decir, que renuncia a valer como totalidad excluyente o singularidad absoluta y reconozca a los otros: subsunción de la conciencia individual a la generalidad o totalidad ética. El asesinato es el ejemplo más claro para revelar este proceso de superación a la totalidad ética o espíritu absoluto. El homicidio es un enunciado negativo por el cual se anula la objetividad del otro, ello conlleva a la aparición de la llamada “justicia vengadora” que realiza el proceso inverso, aniquila al asesino en su objetividad sin que ello conduzca a la superación/cancelación de esta subjetividad excluyente. Para que esto no se produzca, y con ello la nada de la muerte no se imponga otra vez como fatalidad, es necesario que aquella negación que anula lo objetivo sea contrarrestada. El subsumirse los sujetos a una conciencia ética conlleva a que la negación se oriente a un proceso de superación, donde el enunciado negativo debe ser invertido: la negación no será otra vez anular al asesino (particular) sino anular el crimen como tal (general).

En este nuevo contexto, donde la conciencia sólo es reconocida como conciencia que se supera a sí misma, el reconocimiento es precisamente el paso cognitivo, el medio racional, por el que una conciencia constituida idealmente como totalidad se reconoce en otra totalidad semejante. Los actos criminales asumen en este proceso de superación formación de las conciencias un papel constructivo ya que por ellos se desencadenan los conflictos o luchas que nos permite reparar en nuestras relaciones de reconocimiento y con ello el devenir de la eticidad absoluta. En esta última tiene lugar la realización efectiva del reconocimiento y la libertad donde la lucha queda superada como instancia que asegura la libertad y el reconocimiento. 

La eticidad absoluta o totalidad ética debe ser entendida por tanto como la “identidad entre concepto e intuición”, es decir, como indiferencia de lo particular en lo general, como unidad concreta: el espíritu. Los individuos se superan al ser subsumidos por el espíritu  porque abandonan el principio de singularidad propia de la eticidad y la conciencia deviene en absoluta. A partir del reconocimiento recíproco y, en consecuencia, a partir de los conflictos sociales que han generado una disposición de los sujetos a reconocerse mutuamente, tanto en su generalidad e los otros como en su propia individualidad, esta conciencia se constituye como el espíritu del pueblo, como un conjunto de costumbres e instituciones de una comunidad, lo universal o la universalidad concreta de los individuos, pues aquí, entendida como unidad o “indiferencia viviente”, el individuo se intuye como sí mismo en cada uno, alcanza la suprema objetividad de la subjetividad.

2. La Filosofía Real

En la Realphilosophie o Filosofía real (1803-1804) de Hegel se presenta un primer esbozo de la filosofía del espíritu donde se lleva a cabo una reconstrucción del proceso de formación de la conciencia absoluta. El análisis filosófico que Hegel propone a este movimiento de formación o autorreflexión del espíritu será la base para una teoría filosófica de la conciencia, en la cual el concepto de “autodiferenciación” tiene central relevancia al ser este el principio de construcción de la realidad. El movimiento de alienación y de vuelta a sí (autodiferenciación), que desencadena el devenir de lo que será llamado el “espíritu absoluto”, tiene como fin que el espíritu llegue a ser “lo otro de sí mismo”, en otras palabras, que alcance el saber absoluto de sí. Esta teoría filosófica de la conciencia buscará, por tanto, explicar los distintos momentos del espíritu desde su constitución interna (lógica), su salida a la objetividad de la naturaleza (filosofía de la naturaleza) y su regreso al ámbito de su propia subjetividad (filosofía del espíritu).

Al considerar la interpretación que hace Axel Honneth de los escritos de Jena, el Sistema de la eticidad y la Filosofía real, uno puede llegar a entender el afán que tiene por dilucidar conceptos como “eticidad” y “reconocimiento”. La propuesta del autor es la de “rescatar” el potencial ético que tiene la lucha por el reconocimiento dentro de la esfera de la eticidad, entendiendo que esta lucha no lo llevará a la mera autoafirmación del individuo como ser excluyente y tautológico sino a un desarrollo de su dimensión ética como ser intra e intersubjetivo. Este planteamiento requiere establecer el nexo positivo entre ambos términos. Honneth se apoyará para ello en las formulaciones iniciales de Hegel donde la lucha por el reconocimiento tiene alcances sistemáticos; de igual forma, se abocará a indicar dónde este proyecto en Hegel queda inconcluso o se distorsiona al asumir otro enfoque teórico.

En el intento de rescatar el carácter positivo que asume la lucha por el reconocimiento, Honneth busca remarcar la continuidad de los planteamientos básicos de Hegel en sus escritos tempranos. La superación de la conciencia de los individuos a partir de un reconocimiento recíproco como totalidades será uno de los nexos entre ambas obras. Con esto, la lucha por el reconocimiento asume la doble función de ser un medio de colectivización o generalización social como también un medio de formación de conciencias individuales. El papel decisivo que asume el delito en el surgimiento de los conflictos sociales es otro nexo de vital importancia pues permite que los sujetos reparen en las relaciones de reconocimiento que subyacen en el trato con el otro. Sin embargo, el modelo de una lucha por el reconocimiento que determina el “devenir de la eticidad”, según los planteamientos iniciales del Sistema de la eticidad, será modificado al inscribirse en una naciente filosofía de la conciencia que, si bien no le hace perder toda fuerza en la constitución del espíritu absoluto, hace que este deje de ser un elemento central para tal constitución.

Si bien para Honneth existe una “pérdida” con este nuevo enfoque asumido por Hegel en la Filosofía real, esto no lo lleva a descuidar los alcances que puede tener los términos “delito”, “reconocimiento” y “eticidad” dentro de esta nueva formulación del problema de la moralidad.  Ahora, el concepto de eticidad se someterá a mayores distinciones y diferenciaciones al inscribirse en el proceso de reflexión del espíritu y no al despliegue de una naturaleza global indeterminada. El devenir de la eticidad no se asumirá ya como un desarrollo de las estructuras elementales de una instancia llamada “eticidad natural” sino como un proceso de formación de la conciencia, donde el reconocimiento no surge “por formas iniciales de interacción social” sino “a partir de los escalones de automediación de la conciencia individual” (Honneth, 1992: 42-43), en otras palabras, por la confrontación, cognitiva y práctica, del individuo con su entorno. La filosofía del espíritu debe considerar primero la relación de la conciencia humana consigo misma para luego recaer en las relaciones éticas del Estado que se encargará de configurar las estructuras de socialización. La eticidad no se explicará ya en base a relaciones intersubjetivas primigenias sino por instancias superpuestas del Estado, donde los elementos de la vida social son componentes de aquel. La eticidad no se configura entonces según la relación individuos entre sí sino en las distintas relaciones que tienen estos con el Estado.

Este menoscabo de la intersubjetividad al convertir a la eticidad a “una forma del espíritu que monológicamente se forma en su propio proceso” (Honneth, 1992: 80), ha hecho que la lucha por el reconocimiento se retraiga a determinaciones, si bien interesantes, como en el ámbito del derecho o espíritu real, no cobren al final la relevancia que Honneth le atribuye, pues la dimensión intersubjetiva ha sido dejada de lado por un esquema jerárquico de la formación de la autoconciencia y, con ello, se ha perdido su verdadero valor como medio de desarrollo de la identidad en razón de experiencias de reconocimiento recíproco.

Aquí mi presentación sobre la lucha por el reconocimiento como parte del curso impartido sobre Hegel por la profesora Soledad Escalante en la UARM.


Bibliografìa:

Hegel (2002): “Es absolutamente necesario… Fragmento sobre el reconocimiento (1803-1804)”. p. 263-269. En Areté v. 14 Nº 02. Lima.
Honneth, Axel (1992): La lucha por el reconocimiento. Por una gramática moral de los conflictos sociales. Barcelona: Crìtica.
Giusti, Miguel (2007): “Autonomía y reconocimiento”. Ideas y valores. Revista de Filosofìa, Nº 133. p. 39-56. Universidad de Antioquía, Medellín. Colombia.
Rendón, Carlos (2007): “La lucha por el reconocimiento en Hegel como prefiguración de la eticidad absoluta”. Ideas y valores. Revista de Filosofìa, Nº 133. p. 95-122. Universidad de Antioquía, Bogotá. Colombia.
Rendón, Carlos (2002): La lucha por el reconocimiento en Hegel en el fragmento de 1803 / 1804 de Hegel. p. 271-287. En Areté v. 14 Nº 02. Lima.

miércoles, 28 de marzo de 2012

El horizonte de la pístis y la tradición poética en la idea del bien de Platón




El símil de la línea, al ser la forma cómo Platón nos presenta los distintos niveles de conocimiento, revela cuál el estatus epistemológico y ético que posee la tradición poética como las convenciones sociales en su filosofía. La crítica que ejercerá Platón de la poesía, las convenciones sociales y la sofística se deberá a lo alejados que están tales experiencias de lo que el filósofo llamó la forma del bien o el bien en sí.

La forma del bien es la máxima instancia donde la verdad, belleza y bondad confluyen, es decir, nivel donde guardan unidad y armonía. Es por eso que podríamos afirmar que disciplinas como la estética, la ética y la epistemología son ramas de la metafísica para el filósofo de la Academia. La ética es la ciencia del bien en sí mismo que, partiendo del símil de la línea nos ubica a nivel de la episteme y no de la dóxa. Y es en esta última donde ubica Platón la tradición poética y las convenciones sociales considerándolas como expresiones de lo contingente y variable y, por tanto, carentes de verdad (de la  posibilidad de llegar al conocimiento verdadero por medio de estas prácticas o experiencias). Recordemos que Sócrates consideraba como condición de la vida buena el conocimiento de aquello que se llama lo beneficioso, lo saludable, lo placentero, es decir, de los principales “conceptos éticos”. Platón seguirá la influencia de su maestro considerando que el que conoce la forma del bien podrá ser considerado “bueno”. Es así que el filósofo será, por sus dotes intelectuales, el llamado a gobernar, organizando la vida de todos los ciudadanos, de tal manera que la forma del bien se realice en ellos en la mayor medida posible. Es él el llamado a conocer el por qué y el para qué de la conducta justa.

La tradición poética se ubica dentro de la eikasía, es decir, el nivel más alejado del conocimiento supremo. Aquí se presentan una de las formas del conocimiento sensible donde la realidad inmediata aparece doblemente distorsionada, pues aquí se da la mera percepción de las sombras y reflejos, espacio de las imitaciones imperfectas de la realidad. La poesía, ya sea la épica o trágica, son para Platón una fuente de mentiras que perjudican el alma de los ciudadanos pues exacerba y exalta sus pasiones sin permitir que la razón —la prudencia— permita reordenar las contradicciones de aquellas almas en “pleno estado de confusión”. Los poetas mienten en torno a los dioses dándoles el rótulo de incontinentes, imperfectos e infieles, llevan a los hombres a artificiales sensaciones de placer o dolor, y consideran que somos sujetos de la fortuna sin capacidad para alguna forma de control.

“Si en cambio recibes a la Musa dulzona, sea en versos líricos o épicos, el placer y el dolor reinarán en tu Estado en lugar de la ley y de la razón que la comunidad siempre juzgue mejor” (La República, 604d).

Las convenciones sociales y la sofística, ambos en el territorio de la pístis o creencia, carecen de todo sustento racional pues pertenecen al mundo de la acción y sensación, donde las tradiciones se sustentan por la ignorancia y donde los sofistas aceptan la ausencia de verdad con un terrible relativismo moral pues, a decir de Platón, la verdad y el conocimiento son ajenas al dominio de lo variable y contingente.

Se puede ver que Platón es contrario a la ética heredera de la tragedia pues niega que en las experiencias presentadas en las obras de los poetas podamos reconocer el bien mismo. La ética es teórica y no una disciplina práctica que puede recoger experiencias particulares, poniéndonos en este caso en el lugar de los personajes, para el discernimiento ético y una vida buena. La phrónesis que, en el ethos anterior, se aplica y amolda a situaciones eventuales, se asume en Platón como una sabiduría que no parte de tales vivencias sino como conocimiento unívoco de la forma del bien o bien en sí.

domingo, 4 de marzo de 2012

Comentario y resumen al Libro IV de La República (Politeia) de Platón


Alex Romero M.

Introducción:
El presente trabajo abarca la segunda mitad del libro IV (433a-444e) y que, de igual manera que con los libros anteriores, sigue la exploración iniciada en el libro I: saber por qué es más ventajoso ser justo que injusto conociendo la verdadera naturaleza de la justicia y valorándola como tal, reconociendo los efectos que se producen en sí misma, sin apelar a ninguna recompensa o castigo para aceptarla como beneficiosa. Para esto se han presentado imágenes aproximadas o “sombras” (doxa) de lo que es la justicia con el fin de poder cuestionar tales ideas, reconocer sus defectos y limitaciones, y, a su vez,  con esto rebatirlas como posibles respuestas al problema planteado, aunque sí como un medio de desbaratar antiguas concepciones y precisar aún más los márgenes de nuestra búsqueda. En otras palabras, ser espectadores y partícipes de un prolongado y difícil ascenso al mundo de lo inteligible y asumir el reto que Sócrates planteó a los sofistas y sus discípulos: la búsqueda permanente de la definición.

I. La justicia en la ciudad:
El método utilizado por Sócrates en su diálogo con Glaucón es el de haber entendido en un primer momento que la justicia se presenta en dos planos complementarios: el Estado (1) y el individuo. Al haber una correspondencia entre ambas, la justicia se presenta de manera igual en la función que deben cumplir. Por tanto, reconocer la justicia en una nos llevará a reconocerla en la otra, cosa que resultará favorable pues resaltaremos con mayor facilidad y exactitud la justicia en el Estado para luego reconocerla en el individuo. Pasar de las letras grandes  a las pequeñas, al ser ambas iguales pero en distinta dimensión.
Es así que Sócrates construye su Estado ideal pues sólo ahí puede existir la justicia perfecta, con una verdadera división de clases de acuerdo a criterios de actitud y de naturaleza para cumplir con determinadas actividades (Gobernantes, auxiliares o guardianes y comerciantes). La justicia se identificará aquí con el principio de división del trabajo. Según este principio las clases o partes del Estado deben asumir cualidades o valores que las definan como tales y que garanticen la unidad (perfección) de la polis. Los valores son la templanza, el valor y la prudencia, y a partir del reconocimiento de éstas podemos resaltar la que nos resulta esencial: la justicia. Es la que va permitir el orden saludable de sus partes, estableciendo relaciones fijas (kosmos) entre las clases. Si bien esto la hace semejante a la templanza, ella tendrá una mayor preeminencia pues permite que el resto de cualidades tengan la fuerza para surgir y conservarse. El principio con el cual se organizó el Estado ideal, para sorpresa de Glaucón y Sócrates, era la primera forma de la justicia, pues ella garantizará la perfección, la unidad y el orden de la polis. Principio por el cual cada integrante debe tener una sola ocupación de la cual uno, según propia naturaleza, esté dotado de manera más idónea: “hacer cada uno lo suyo y no ocuparse en muchas actividades” (433b).

II. La injusticia en la ciudad:
Al asumir esta idea de justicia, los gobernantes la tomarán como principio en los procesos, por lo cual “nadie debe poseer lo ajeno ni dejar de poseer lo propio”. Proceder con justicia es entonces asegurar a cada uno su propio bien y el ejercicio de la actividad que le es propia (334a). La injusticia será, por tanto, la ruina de la ciudad pues significará ir en contra de este principio y la idea inicial de justicia que permitió la organización del Estado ideal. El intercambio de miembros de una clase sin mérito alguno y la injerencia de los individuos en funciones ajenas significará la entremezcla de clases, la desunión y el desastre, y debe ser considerado como algo funesto, como un verdadero crimen (434 a-b). Es indispensable que los guardianes, comerciantes y gobernantes se mantengan dentro de su clase y que cada uno haga lo suyo.

III. La justicia en la correlación Estado-Individuo:
Como se explicó líneas arriba, el método que emplea Sócrates es conducirnos desde la justicia en la ciudad hasta la justicia individual a partir de la semejanza o igualdad que tienen ambas, tanto en su naturaleza como en la misión que cumplen en su organización interna. Es así que podemos afirmar que resulta ser más fácil reconocer la justicia en el hombre si antes podemos verla en un modelo más grande que la contenga, la ciudad. Luego de haber visto la justicia en la ciudad, entonces, corresponde verla en el individuo y es así que podremos establecer en un primer momento, debido algún cabo suelto en nuestra investigación, algunas diferencias entre ellas, por lo cual se deberá regresar a la primera, para distinguir mejor lo que no se puede entender a simple vista en el individuo, “comparando y frotando para que brille la justicia”. La igualdad de ambas será posible pues el hombre justo es el origen de una ciudad justa y no podrá diferenciarse de ésta “los individuos tienen que mostrar las mismas características que el Estado, pues el Estado no es sino los hombres que la componen.” (2)

IV. Las clases del Estado y las partes del individuo:
La ciudad justa, como se dijo, presenta tres clases y cada cual asume la cualidad para cumplir la función que le era propia, pues eran ellas las que le permitían encauzar la naturaleza y función de la clase:
Comerciante          - Temperante
Guardían                  - Temperante – Valeroso
Gobernante            - Temperante – Valeroso – Prudente
Al afirmar la igualdad del Estado con el individuo, se debe hallar en el alma las partes que corresponden a la ciudad y verificar que ambas tienen las mismas cualidades y por tanto son dignos de los mismos calificativos (435c). Si la composición de la ciudad parte del individuo, las partes de éste son las mismas que aquella, por lo que la interrogante principal es saber a ciencia cierta si todas las funciones las asumen una sola parte o hay en realidad tres partes en la que cada cual asume su función psicológica propia o si por el contrario el alma (psyche) (3) entera asume cada cosa que queramos realizar (436b). Las tres partes que se corresponderían con las clases de la ciudad o Estado serían: lo racional (la parte que permite aprender y deliberar acertadamente), lo irascible (la parte que permite encolerizarnos y tener cualquier sentimiento sanguíneo) y lo concupiscible (parte que nos permite desear los placeres de la comida y la reproducción de la especie).

V. Principio de no contradicción:
Las tres formas fundamentales de actividad psicológica al poder ser dirigidas manera de unitaria por el alma o poder presuponer un elemento distinto para cada una de ellas, requerirán de un principio que nos permita saber cuál es el verdadero funcionamiento del alma. Este principio es el llamado de no contradicción en el cual se establece que “una cosa no puede ser sujeto agente o sujeto paciente, de modos diferentes, en la misma parte de ella, en relación con el mismo objeto.” (4). Es decir, que el individuo hacer y sufrir de forma contraria y al mismo tiempo en una misma parte y en relación con un mismo objeto (437a). Sócrates nos dirá que una cosa no puede estar quieta y moverse al mismo tiempo. Un ejemplo claro lo vemos en los apetitos de hambre y sed al nivel de la parte concupiscente del individuo. Cuando alguien tiene sed lo tiene en relación con un objeto, en este caso la bebida, y es esta parte la que nos inclina a satisfacer ese apetito, pero hay ocasiones en que nos negamos a beber  a pesar de que tenemos tal necesidad. El negarse a beber (digamos, porque la bebida está envenenada) no se produce en una misma parte del alma, no será de la misma parte concupiscente, pues fue ella la que nos empujó a hacerlo como un impulso, sino a otra distinta, la que no llevó a rechazar algo perjudicial, que nos previno del mero impulso, la parte racional de nuestra alma (439b).
Podemos con esto reconocer una parte de nosotros que desea, que tiene hambre y sed y es presa fácil de los apetitos inmediatos como solidaria a cualquier placer o satisfacción. Se le conoce a ésta, como se dijo líneas arriba,  como parte concupiscible. Mientras la parte razonable del alma es la que nos induce a aprender y a deliberar correctamente. Con esto se ha reconocido dos partes y funciones psicológicas del individuo, pero ¿dónde está la tercera parte?

VI. En busca de la tercera parte del alma: lo irascible
Aquello que nos lleva a encolerizarnos, lo irascible, está sometido a dos posibilidades: a) a que forme parte de una de las dos partes mencionadas anteriormente, b) que su origen, diferente de las dos, se encuentre en una tercera parte del alma. La creencia común nos dice que lo irascible forma parte de lo concupiscente, pero en muchas ocasiones podemos ver que una persona, que se ha dejado llevar por un impulso contrario a la razón, se encoleriza consigo mismo y con la parte que lo empujo a ello. Lo que nos lleva a pensar, según Sócrates, que lo irascible es parte de la razón (5) y por tanto no puede formar parte de lo concupiscible pues va contra ella.
 En los conflictos del alma, la cólera lucha a favor de lo racional si es que no se ha distorsionado por una mala educación. Si se ha cometido una injusticia contra alguien, esa persona soportará todas las aflicciones y apetitos con tal de lograr justicia o pueda ser apaciguado por la razón. Por tanto, existe una parte del alma que corresponde a lo irascible que es el auxiliar de la razón y que se erige como un valor moral o indignación moral frente a una mala acción.

VII. La naturaleza de la justicia en el individuo:
En el individuo hay entonces las mismas partes que en la ciudad e iguales en número. De igual modo asume las cualidades que le son propias. Prudente, valerosa, templada y también justa.
La ciudad es justa porque cada clase hacía lo que el correspondía hacer, de igual forma, el alma es justa por que cada una de sus partes hace lo que es propio de ella, cumple su propia función.
  •  Parte racional: debe vigilar el bienestar del alma entera por ser prudente y conducir al individuo adecuadamente con una acertada deliberación sobre los hechos que se presentan ante él.
  • Parte irascible: debe obedecer y secundar la parte racional, la fuerza de voluntad que el permite estar por encima de cualquier apetito.
Ambas consolidan su alianza gracias  a la educación, pues sin ella lo irascible puede irse a favor del apetito. A través de la instrucción ambas cumplen lo que les es propio y gobiernan sobre.
  • Parte Concupiscible: ocupa la mayor parte del alma, es insaciable en lo que bienes materiales se refiere.
Es fundamental evitar que esa parte se ensanche, negándose a hacer lo suyo e intente gobernar sobre aquello que no le compete.
La parte racional resulta ser prudente, posee la ciencia de lo conveniente para todas las partes y para todo el conjunto. La parte irascible es valerosa pues sigue sin vacilar las órdenes de la razón acerca de lo que se puede temer o no. La templanza, igual que en la ciudad, debe estar presente en cada parte y entre ellas. Es la armonía que se logra entre las partes que se subordinan a otras, cuando la razón manda sobre las otras dos y no hay cuestionamiento sobre eso. La justicia es, por tanto, la virtud por la cual cada parte del alma debe realizar aquello que le corresponde de acuerdo a su función, procurando estar en armonía con los demás. El hombre que se forme de acuerdo a la justicia de sus partes nunca podrá realizar una acción contraria o negativa.

NOTAS
1. En Los filósofos griegos (William Guthrie Fondo de Cultura Económica. México, 1994), el autor nos plantea que fueron dos los motivos importantes en la filosofía de Platón:
a) Consolidar la enseñanzas de Sócrates y defenderlas contra objeciones inevitables y
b) Defender (o hacerla merecedora de ser defendida) la idea de ciudad-Estado como unidad política, económica y social independiente, frente a un proceso de decadencia debido a la creación de grandes reinos como el de Filipo y, sobretodo, por el colapso moral y las tiranías dentro de las polis. Platón, asumiendo el papel de reformador, quiere conservar la idea de polis. Es así que cuando habla de justicia de la ciudad para luego ir a la justicia del individuo, el primero nunca podrá reducirse en importancia al segundo pues ambas se garantizan mutuamente. Solamente podrá sobrevivir si la polis “conserva la homogeneidad, o más bien la armonía, (…) basado en que cada ciudadano aceptase el desempeño de una función en consonancia con su carácter y capacidad” pág. 98.
2. Historia de la filosofía griega Guthrie Editorial Gredos. Madrid, 1990. Pág.453
3. Psyche, asiento de las facultades morales e intelectuales, y que tiene mucha mayor importancia que el cuerpo. Platón se va ir contra la concepción tradicional de su época, expresada ya desde Homero, en la cual el alma era solo un halo que al desprenderse del cuerpo carecía ya de una existencia verdadera, pues es el cuerpo “el que anima y da eficacia al alma”.
4. Historia de la filosofía griega Guthrie Editorial Gredos. Madrid, 1990. Pág.455
5. La relación con el Fedro es inevitable. En este diálogo se nos cuenta sobre el mito del carro alado, en la que el auriga debe conducir con dificultad un coche llevado por dos caballos, uno blanco, hermoso y bueno, y uno negro, contrahecho y sanguíneo. Es con ambos caballos, uno como ayuda y apoyo y el otro como el mayor de los obstáculos, que el auriga debe ascender a los cielos para percibir algo del bien absoluto. Esta sería una metáfora  de la tripartición del alma que nos presenta Platón en este libro. El auriga representaría la parte racional, el valor y la voluntad en el caballo blanco y los impulsos instintivos en el caballo negro.

sábado, 11 de febrero de 2012

Comentario a la “Deducción trascendental de los conceptos puros intelectuales” de la Crítica de la razón pura de Kant.


Alex Romero M.

Todas las representaciones tienen una relación necesaria con una experiencia empírica posible; porque si así no fuese, sería completamente imposible tener conciencia de ellas y fuera lo mismo que no existieran.”
(Sección segunda, versión A)

El “giro copernicano” de Kant es la gran formulación del filósofo de Koenigsberg por el cual el mundo de los objetos, tanto en su orden como en sus regularidades, es producido por el sujeto gracias a los actos de la intuición y el entendimiento que constituyen las condiciones mismas de su experiencia. El presente comentario se centrará principalmente a explicar el fundamento último que da Kant a estas formas de la sensibilidad y del entendimiento en el sujeto trascendental, y de esa misma manera resolver la dificultad que él nos plantea en el desarrollo de su exposición: cómo las condiciones subjetivas del pensar tienen un valor objetivo al dar ellas las condiciones de posibilidad de todo conocimiento objetivo.
Resulta evidente para nuestro filósofo que los objetos de la intuición sensible deben someterse a las condiciones formales de la sensibilidad (tiempo y espacio) presentes en nuestra conciencia trascendental pues “de otra manera no serían objetos para nosotros”, pero resulta difícil demostrar cómo los objetos de la experiencia deben estar de acuerdo con los conceptos puros del entendimiento para que aquellos puedan ser pensados (“la comprensión sintética del pensar”). Es por esto que resulta necesario indagar las condiciones a priori que hacen posible la experiencia, es decir, examinar “trascendentalmente” las fuentes subjetivas que hacen posible la relación de los objetos con el entendimiento.
En el acto de conocer, las formas de la sensibilidad y el entendimiento no son marcos estáticos sino formas de operar en la comprensión y aprehensión de los objetos. Las primeras sintetizan los múltiples datos de los sentidos en el orden espacio-temporal para luego ser incorporados a las relaciones universales y necesarias de las categorías (causa y efectos, sustancia y reciprocidad, etc.). Pero tal relación y orden sólo serán posibles cuando estas síntesis se unifiquen en la “percepción trascendental”, en otras palabras, en el percatarse del “yo pienso” que acompaña a toda experiencia posible. El yo pensante es el que permite dar continuidad y certeza a que la experiencia siga siendo llamada “mi experiencia”. Por ella, el yo pienso se sabe a sí mismo como continuo, presente y activo en toda experiencia y es así que la percepción trascendental o apercepción es el la más alta síntesis y fundamento de la unidad del sujeto que hace posible la universalidad y necesidad de todas la relaciones con los objetos. Hay que aclarar que Kant saca de esto una consecuencia dentro de nuestras posibilidades cognoscitivas: la conciencia trascendental depende de aquello que recibe por medio de los sentidos y esta multitud de impresiones logra convertirse en un mundo organizado de relaciones coherentes gracias a las operaciones de sujeto que busca conocer. Por tanto, sólo conocemos la multiplicidad de nuestras impresiones según nuestros propios aprioris sin llegar a saber cómo ni qué son las cosas en sí que dan origen a estas impresiones. El marco de toda experiencia posible lo constituyen “las cosas en mí”, es decir, los fenómenos pues pertenecen a mi ámbito interno siendo lo restante completamente incognoscible. 
La deducción trascendental de las categorías parte de la posibilidad de una síntesis general como acto espontáneo del entendimiento. Este enlace de la multiplicidad en general, que reúne la variedad de representaciones en una intuición sensible, y la forma a priori que puede asumir ésta en nuestra facultad representativa así como también la diversidad de otros conceptos, etc., es un acto intelectual que hace posible la representación de la unidad sintética del pensar. En otras palabras, puede elaborar para nosotros una representación de la diversidad y también una representación de la unidad de tal diversidad que es determinante para la posibilidad misma del entendimiento y la unidad de los conceptos en los juicios. Para Kant, el fundamento de tal enlace es la “unidad sintética de la apercepción”, el yo pienso que acompaña a todas nuestras representaciones, permitiendo que puedan ser pensadas y conocidas por una conciencia general al guardar una relación necesaria con la intuición. Esta unidad trascendental de la conciencia o “apercepción primitiva” hace posible el conocimiento a priori, pues el enlace de la diversidad de las representaciones no se da en los objetos sino en la facultad del entendimiento de enlazar y reunir la diversidad de representaciones dadas a la unidad de la apercepción.
La unidad sintética de la apercepción resulta ser el principio supremo de todo uso del entendimiento pues las distintas representaciones de las intuiciones serán reunidas en el Yo pienso, permitiendo que el objeto dado por la sensibilidad pueda ser pensado y conocido en un concepto. El entendimiento como facultad de conocimiento es posible sólo si existe una relación de las representaciones con un objeto dado, pero la unidad de tales representaciones sólo es concebible en la unidad de la conciencia y, por tanto, es esta la que le otorga “su valor objetivo”.
“la unidad sintética de la conciencia es, pues, una condición objetiva de todo conocimiento, de la cual necesito, no solamente para el conocimiento de un objeto, sino que bajo ella debe estar toda intuición para que pueda convertirse para mí en un objeto; porque de otro modo, sin esta síntesis, lo diverso no se reuniría en una misma conciencia.” (pág. 168)
Todas mis representaciones, según Kant, de acuerdo a una intuición cualquiera, deben sujetarse a la condición de ser atribuidas a una sola conciencia, es decir, unirlas sintéticamente al Yo pienso.
Siendo las categorías conceptos de objetos en general donde la diversidad de las intuiciones de estas son determinadas a una de las funciones lógicas del juicio, resulta importante finalizar y precisar la deducción trascendental de estos conceptos puros del entendimiento estableciendo su valor a priori en relación a los objetos de los sentidos. Las categorías constituyen el pensamiento de un objeto por la unión de la diversidad en la apercepción, por lo tanto, su naturaleza se corresponde con la forma y no con la materia del conocimiento. Esto significa que el pensamiento de un objeto no podrá llegar a ser un conocimiento en nosotros sino en tanto que el concepto puro que hace posible pensar el objeto se haya relacionado con una intuición sensible. Es la aplicación de las categorías a las intuiciones empíricas, en contraste con las formas puras de la sensibilidad,  la que deja lugar a la posibilidad del conocimiento empírico o experiencia.
“Las categorías no tienen, por tanto, ningún otro empleo para el conocimiento de las cosas, sino solamente en cuanto estas cosas se consideran como objetos de una experiencia posible.” (pág. 173)
De esta forma las categorías, como parte del entendimiento o como simples formas del pensamiento, reciben una realidad objetiva pero sólo en relación a los fenómenos y no las cosas en sí pues sólo en relación a las primeras podemos tener una intuición a priori. Es el enlace o síntesis de la diversidad de las representaciones que, al relacionarse única y necesariamente con la unidad de la conciencia del sujeto (apercepción), resulta ser el fundamento de los conocimientos a priori.
La deducción trascendental de las categorías nos ha mostrado, en consecuencia, la posibilidad de que estos conceptos puros lleguen a constituir un conocimiento a priori dada la conformidad de su aplicación con la objetos de una intuición general. Es tal conformidad la que hace posible, además, que las leyes a priori del entendimiento se correspondan con las leyes de la naturaleza “fenoménica” (siendo ambas leyes de enlace que se sustentan y son posibles en la unidad del yo pienso o unidad de la apercepción). Siendo la naturaleza el conjunto de todos los fenómenos, las categorías son los conceptos que prescriben a priori las leyes de tales fenómenos, pues son leyes que existen para el sujeto, que pueden ser establecidas por la conciencia, y no fuera de él, en el ámbito de las cosas en sí.
En conclusión, la sección segunda de la deducción de los conceptos puros del entendimiento muestra la validez de las categorías para toda intuición en la medida en que esta se reúna o sintetice en la unidad de la apercepción (gracias a la espontaneidad misma del entendimiento). La deducción consiste, para Kant, en demostrar la validez de las categorías en la unidad sintética del yo pienso, entendida esta última como el fundamento de todo conocer posible: la unidad de la intuición se establece previamente a la síntesis del juicio objetivo pues resulta ser el prerrequisito para que las reglas del entendimiento se apliquen, es decir, para que las categorías puedan unir y ordenar la materia del conocimiento.

martes, 31 de enero de 2012

El fracaso del proyecto ilustrado en Tras la virtud de Alasdair MacIntyre



Alex Romero M.

Alasdair MacIntyre en Tras la virtud nos plantea, como una de las tesis centrales de su argumentación, el grave estado de desorden conceptual en que se encuentra el lenguaje moral de la sociedad contemporánea. Los términos clave de la ética, al carecer de un contexto general de sentido, se han convertido en fuente de confusión y caos para los individuos, reduciendo y falseando con ello los preceptos y normas que el hombre asume en sus distintos modos de vida. Esta dimensión de la crisis, ignorada por la mayoría, ha traído una serie de consecuencias que afectan nuestro desenvolvimiento como agentes morales. El debate y los conflictos de índole moral, por ejemplo, se asumen como la confrontación de premisas o postulados incompatibles e inconmensurables donde sólo se expresa una preferencia o inclinación afectiva, sin la posibilidad de establecer un criterio común que otorgue validez a determinados cursos de acción sobre otros.
El proyecto ilustrado de justificación de la moral tenía que fracasar, según MacIntyre, por carecer de aquella matriz teleológica que le otorga sentido a todos los conceptos clave de la ética y con la cual es posible fundar racionalmente un orden moral objetivo. El fracaso moderno de justificar la moral teniendo como base la razón se debe a ese desfase entre los preceptos y normas morales y una determinada concepción de la naturaleza humana que ignora los propósitos y fines que le son propios. El “esquema moral” de la ilustración es incompleto pues se niega a aceptar una esencia humana que defina su verdadero fin.
La tradición clásica y el marco creencias del teísmo cristiano es el trasfondo cultural que  da pleno sentido a conceptos como “hombre” o “ética”, asumiendo un esquema moral que da funcionalidad a tales términos. Dicho esquema teleológico asumía tres elementos indesligables: El hombre-tal-como-es, el hombre-tal-como-podría-ser-si-realizara-su-naturaleza-esencial y los preceptos morales que hacen posible el tránsito de este primer estado al segundo. La concepción moderna del hombre se reduce sólo a este primer estado privando a la ética y, con ella, a toda la normativa y reglas de carácter moral, de su razón de ser: determinar cuál es el fin del hombre y cómo alcanzarlo. El objetivo de fundar una moral en base a la razón es absurdo sin una metafísica semejante a la de Aristóteles, que entienda al hombre como un ser en potencia y con ello lograr establecer un vínculo entre lo que es y lo que puede y debe ser. Uno de los errores de la Ilustración fue precisamente el asumir que una premisa factual no lleva en ningún caso (incluidos conceptos funcionales como “hombre”) a una premisa valorativa.
La fundamentación moral de la Ilustración y su consiguiente fracaso obedece al rechazo de la filosofía y ciencia aristotélica como del abandono de las teologías protestante y católica, es decir, se debe al haber dejado de lado el trasfondo histórico (salvable, según el autor, por medio de una filosofía de la historia y el deseo de retomar la tradición clásica) que había dado aquel contexto general de sentido a las normas y preceptos morales propios de una teleología, donde el hombre, para serlo, cumple con las funciones y compromisos que le son propios.
Una de las consecuencias de este proyecto trunco de la modernidad es, evidentemente, no lograr establecer un criterio unificador de los preceptos morales, de su jerarquía, de su grado de implicancia en la vida de los seres humanos. Los imperativos categóricos piden al hombre obediencia como si se lo estuvieran pidiendo a seres abstractos, sin historia, sin una vida concreta a la cual remitirse, como poseedores de una razón que “no comprende esencias o pasos de la potencia al acto”. Este reduccionismo de la razón humana a una razón del cálculo, propia de la aritmética, lleva a que aquello que se acepta como regla moral sea objeto de un consenso ficticio pues es ajeno a las actuaciones morales de la vida ordinaria donde los conflictos nos empujan muchas veces a desobedecerlos. Al carecer de un sustento objetivo real, las normas y preceptos apelan únicamente a nuestras inclinaciones y preferencias subjetivas.
El emotivismo podría considerarse la consecuencia de este fracaso pues asume con profundo escepticismo de la posibilidad de dar una justificación racional de la moralidad objetiva. Para esta postura los juicios propios de la ética son expresiones de emoción que no pueden ser verdaderos o falsos, son meramente expresiones factuales que no se ven alterados con ningún elemento valorativo: la diferencia entre “usted ha obrado mal al robar ese dinero” y “usted robó este dinero” es sólo de tono o de signo de admiración para los emotivistas. La razón ilustrada, al no conciliar con una razón que dé lugar a una teleología, ha hecho que nosotros no seamos capaces de responder a esta postura emotivista y a sus postulados con esta supuesta igualdad entre afirmaciones con elementos valorativos y afirmaciones sin elementos valorativos.

domingo, 22 de enero de 2012

El “Tertium non datur” y la magia de Kurt Goedel*


Francisco Miro Quesada

En la azarosa historia de la filosofía, de las artes y las ciencias son muchos los hombres que lograron el máximo de fama en el mínimo de tiempo. Nombres ilustres como el de Rafael, Descartes, Newton, Einstein, nos mueven a la más entusiasta y reverente admiración. No fueron ellos genios incomprendidos. Un boceto, unas cuantas cartas, delgados folletos, bastaron a veces para conducir a un hombre a la cima de la gloria. Pero no es aventurado decir que de todos los casos de gloria relámpago, el más sorprendente de todos es el de Kurt Goedel. La rapidez con la que ha logrado una fama de excepción hace pensar en un caso de brujería. Sólo un folleto de 25 páginas bastó para darle un prestigio inmediato y consagrarlo como el “mago” de la lógica moderna. Desagraciadamente, este folleto Sobre las proposiciones formalmente indecidibles de Principia Mathematica y otros sistemas similares (1) requiere una formación técnica que sólo lo hace accesible al especialista. De allí que el mundo en que impera inmarcesible la fama de Kurt Goedel sea un pequeño mundo; está formado por algunos cientos profesores de lógica moderna. Sin embargo, el sentido de su obra es de tal trascendencia que se hace imprescindible informar al público sobre los generales que más la caracterizan. Las personas que tienen interés por la cultura, técnicas en algunas de sus ramas y profanas en otras, se interesan siempre por cualquier aspecto del pensamiento que trascienda del mero tecnicismo para elevarse a la rica plenitud de la significación universal. Tal es el caso de los aportes de Kurt Goedel. De su estructura absolutamente técnica se desprende un aura de grandeza humana que ilumina todo el panorama de la cultura. ¿Cómo no ha de ser interesante saber en qué forma un folleto de 25 páginas puede repercutir en los más lejanos ámbitos del espíritu? Pero el intento de exponer en unas cuantas páginas esta formidable hazaña tropieza con dificultades prácticamente insalvables: traducir un pétreo conglomerado de fórmulas y de símbolos cabalísticos al ameno lenguaje que debe ofrecer a sus lectores un artículo que pretenda librarse de la pesadez de la técnica. Problema insoluble en verdad que nosotros nos atrevemos a encarar. Pedimos perdón al lector anticipadamente por un fracaso inevitable. Si, a pesar de todo, logramos hacerle pensar que valía la pena intentar la aventura, nos sentiremos satisfechos.
¿Por qué Kurt Goedel ha logrado un renombre tan fantástico entre los que se dedican al cultivo del logos? ¡Nada menos que porque ha demostrado, sin lugar a dudas, que la humanidad había estado usando mal su facultad de razonar durante más de dos mil años! Y lo grave es que no se trata del mal empleo de cánones racionales sin importancia, de pequeños sofismas cometidos tradicionalmente por las viejas generaciones que podrían ser superados sin dificultad. Se trata de desgraciadamente de una gravísima equivocación: del mal empleo fundamental del “Tercio excluído” descubierto por Aristóteles y que los medioevales llamaron “Tertium non datur”. Este principio había sido usado sin discriminación en todos los procesos deductivos y se le consideraba tan importante e imprescindible como sus dos viejos hermanos: el principio de “Identidad” y el de “No contradicción”. Desde los tiempos lejanos de Aristóteles hasta comienzos del presente siglo había sido una de las preguntas angulares del raciocinio deductivo tanto filosófico como matemático, y, a través de las matemáticas, de la inferencia física. Pero es indudablemente en el campo de las matemáticas donde se encuentra su máxima aplicabilidad. Es allí el fundamento último de la “demostración por el absurdo” o prueba “apagógica”, sobre la que están basadas gran parte de las más importante adquisiciones de la matemática moderna. Sobre el “Tertium non datur” se erigió sobre a través de dos mil años de efervescente creatividad un grandioso edificio de conceptos, orgullo del hombre contemporáneo. Y Kurt Goedel, como un mago con el rápido movimiento de su varita, lo ha derrumbado. El moderno mago de la lógica ha puesto en peligro mortal la construcción más audaz, y al parecer más sólida, de la cultura humana: el edificio de las matemáticas. ¿Cómo ha podido en 25 páginas causar tamaño cataclismo? La historia es un poco larga y el lector nos permitirá empezar por el principio.
No está demás que digamos algunas palabras sobre los tres principios lógicos, pilares milenarios del razonar humano. Hoy día, después de muchas discusiones y de rigurosos estudios se ha llegado a la conclusión de que la mejor manera de enunciar estos principios es con respecto a las proposiciones (1). El principio de “Identidad” se enuncia como sigue: “toda proposición verdadera es verdadera”; el principio de “No contradicción” reza: dos proposiciones contradictorias no pueden ser ambas verdaderas”, y el de “Tercio excluído” se expresa: “toda proposición es verdadera o falsa”. Kurt Goedel ha demostrado que cuando las proposiciones se refieren a conjuntos infinitos de objetos, el principio del “Tercio excluído” no tiene aplicabilidad universal, es decir, que hay casos en que falla, o lo que es lo mismo, que hay proposiciones que no son verdaderas ni falsas sino que realizan una tercera posibilidad. El “tercio” no queda definitivamente excluído en este caso.


Para comprender el sentido de la demostración de Kurt Goedel, es menester remontarse a algunos aspectos interesantes de la historia de las matemáticas. A fines del siglo pasado, el edificio de las matemáticas clásicas había llegado a su madurez. Había logrado no sólo conquistas admirables en la solución de problemas tradicionales (cuadratura del círculo, solubilidad de las ecuaciones de mayor grado que el cuarto, etc.) sino una rigor conceptual y deductivo jamás sospechado por los grandes matemáticos anteriores. A la orgía creadora y simbólica de los siglos XVII y XVIII había sucedido una época de madura reflexión, que sin amenguar el impulso creador del genio matemático occidental, lo había encauzado dentro de admirables marcos de rigor y claridad. Poco a poco, se había ido tomando conciencia de las tremendas lagunas teóricas que presentaba el enorme cuerpo de doctrina constituido por el análisis, creado por Leibniz y Newton y desarrollado en forma vertiginosa por los hermanos Bernouilli, Taylor, Mac Laurin, L´Hospital, Euler y otros pares del reino de la mathesis pura. Se reconocía a los matemáticos de los dos siglos transcurridos genio creador, exquisito sentido estético, intuición de increíble poder, pero era necesario hacer notar que en lo referente al rigor de la demostración, representaba un retroceso. Más rigor tenían las demostraciones de Euclides dos mil años antes, que las de estos modernos y geniales matemáticos. En las partes más sutiles del análisis, de las que dependían para su validez teórica las demás partes, y en las que, por eso mismo, se necesitaba el máximo rigor lógico y la mayor claridad conceptual, se podía encontrar una serie de razonamientos defectuosos, de presupuestos no analizados, de ciega y hasta orgullosa confianza en la intuición. Como reacción a este estado caótico surgieron nuevas figuras cuyo principal afán fue reajustar las construcciones del análisis sobre nuevas bases y lograr un rigor perfecto en todas sus demostraciones. Cantor, Weierstrass, Dedekind son las tres figuras ilustres de este movimiento. El ideal del movimiento “rigorista” del siglo XIX se puede resumir en una frase: lograr que todas las demostraciones del análisis en particular y de las matemáticas en general, se base únicamente en las leyes de la lógica. En las matemáticas del Renacimiento y de los siglos posteriores, las demostraciones matemáticas seguían naturalmente un procedimiento lógico, pero de forma incompleta. Había demostraciones en las que, en lugar de pasar de un estado a otro de la prueba, por medio de una ley de la lógica, se pasaba arbitrariamente, porque se creía que eso era posible, porque se confiaba en la intuición especial de los matemáticos. El movimiento rigorista se planteó el siguiente ideal: partir en toda demostración matemática, únicamente de los postulados iniciales, y llegar a la prueba deseada por medio de las leyes de la lógica, sin que interviniera ningún otro factor. Esto es lo mismo que decir que el único procedimiento válido en matemáticas es llegar al resultado deseado por medio de deducciones de unas proposiciones de otras leyes de la lógica  con exclusión de todo procedimiento no deductivo, porque evidentemente las leyes de la lógica son las leyes que norman la deducción de las proposiciones. Este fue también el ideal de Euclides, de manera que el nuevo movimiento significó un retorno al más puro clasicismo. Se descubrió empero que Euclides no había podido cumplir su ideal deductivo y que en algunos de sus teoremas se introducían subrepticiamente asunciones no consideradas en los postulados. A pesar de todo, nadie había logrado una aproximación tan grande el verdadero rigor matemático como el genio griego; de allí su grandeza y la permanencia indiscutida de su obra.
Después de los esfuerzos tal vez inigualados en la historia de las matemáticas, los formibles  innovadores  del “fin de siécle” lograron realizar su ideal. Se depuró el sistema del análisis de toda impureza extra lógica y se llegó a la formación de un cuerpo de doctrina en el cual sólo había postulados, es decir, proposiciones no demostradas, cuya validez se aceptaba hipotéticamente, y teoremas, es decir proposiciones cuya validez se derivaba deductivamente de la de los postulados. La derivación deductiva era perfecta; no se daba un solo paso sin que se hubiera comprobado su legitimidad lógica, y en el proceso de las demostraciones, fuera de las leyes de la deducción, no se hacía jamás uso de intuiciones, por más claras y evidente que estas parecieran. Se había llegado al rigor cabal. Y se había encontrado en esta forma que la base obligada del análisis era la aritmética. Los postulados que servían de base para las ulteriores deducciones que habrían de permitir la demostración de los teoremas constitutivos del análisis, eran proposiciones sobre relaciones numéricas.
Pero es el destino del hombre volver a descender cuando ha llegado a la cumbre. Muy pronto el éxito admirable de los rigoristas se vio empañado por las consecuencias del mismo rigor que se había buscado. Paralelamente a la fundamentación del análisis, se había desarrollado una nueva rama de las matemáticas: “la teoría de los conjuntos” (2). Esta teoría fue desarrollada principalmente por el genio de Cantor y gracias a los nuevos métodos empleados echó una nueva e imprevista luz sobre la esencial naturaleza de las matemáticas. Debido a ella fue posible adquirir, de una vez por todas, una compresión cabal del significado del “infinito” matemático y sentar las bases teóricas de una serie de presupuestos geométricos que antes no habían sido suficientemente analizados. El desarrollo que alcanzó, en unos pocos años, la teoría de los conjuntos es un ejemplo asombroso de la potencia de la mentalidad moderna, heredera aprovechada del espíritu renacentista. Desgraciadamente, la misma perfección y rapidez con que se desarrolló la nueva teoría, que pronto llegó a ser la hija predilecta de los matemáticos fue la causa de que se produjera un impasse aparentemente insuperable. Investigadores de mentalidad brillante y de rigor impecable, demostraron sin lugar a dudas que la teoría de los conjuntos, orgullo y admiración de la reina de las ciencias, ocultaba en su seno contradicciones flagrantes. Con ella, era posible comprender los misterios del infinito y se podía escrudiñar los parajes más recónditos de la geometría. Con ella, se podía ver claro lo que antes se había visto oscuro durante largas centurias. Y sin embargo, conducía inevitablemente a contradicciones. Las famosas “paradojas” de la teoría de conjuntos pronto fueron el escándalo de las matemáticas modernas y sirvieron de acicate para las poderosas mentalidades matemáticas y filosóficas emprendieran un cruzada magna: reorganizar la totalidad del edificio matemático en tal forma que fuera posible suprimir las contradicciones. (3).


Una de las consecuencias más importantes del descubrimiento de las “paradojas” fue que sembró la duda en la validez de los postulados matemáticos que servían de base para la deducción de los teoremas. Como se ha dicho, el método riguroso establecido en análisis, que constituye el ideal de todo método matemático de conocimiento, consiste en partir de ciertos postulados no demostrados, de los cuales, por la única vía de la deducción lógica, se deriva la totalidad de los teoremas posibles. Ahora bien, en la teoría de los conjuntos se procedió de la misma manera. Se partió de ciertos postulados que establecían relaciones entre los conjuntos, y de estos postulados se derivaron una serie de interesantísimos teoremas que permitieron comprender cosas que habían permanecido en la oscuridad para las anteriores generaciones matemáticas. Pero de estos mismos postulados, y con las mismas reglas de la lógica se dedujeron también las paradojas. Esto probaba en forma incontrovertible lo siguiente: en el seno de los postulados de la teoría de los conjuntos se ocultaba la contradicción, porque sólo de postulados contradictorios se puede derivar consecuencias contradictorias. Y sin embargo, aparentemente, estos postulados no eran contradictorios. Observar la contradicción existente entre dos proposiciones simples era fácil problema, porque se trataba de sólo de enunciados referentes a situaciones fácilmente perceptibles. Pero, observar la contradicción existente en un conjunto de postulados matemáticos era una cuestión realmente ardua, porque se trataba de muchas proposiciones referentes a relaciones entre conjuntos infinitos de objetos (casi todos los postulados de las matemáticas, aunque no sean los de la teoría de la teoría de los conjuntos, se refieren a conjuntos infinitos de objetos; de allí la inmensa importancia de la teoría de los conjuntos). Muy pronto se llegó a la conclusión de que era imposible darse cuenta por la mera observación si el sistema de postulados considerado ocultaba  o no una contradicción. Estas consideraciones hicieron pensar que así como el sistema de postulados de la teoría de los conjuntos ocultaba una contradicción, muy bien podrían ocultar contradicciones los demás sistemas de postulados de las matemáticas, y entre ellos, naturalmente, los postulados del análisis referentes a relaciones numéricas. La única diferencia es que la contradicción se había descubierto en el caso de la teoría de conjuntos, y todavía no se había descubierto en el caso del análisis o de la geometría. Pero no había ninguna razón para que algún día no se descubriera dos teoremas contradictorios, ambos demostrables según los más severos rigores de la lógica formal. Esta duda constituyó una angustia mortal en los matemáticos verdaderamente amantes del rigor. La espada de Damocles pendía sobre sus cabezas: en cualquier momento podrían descubrir que todo lo que habían elaborado con amor y genio a través de los siglos era falso, porque llevaba a contradicciones y sólo la contradicción conduce a la contradicción. Pero nada hay más fecundo que la duda. Y la duda en este caso dio origen al nacimiento de una nueva dirección matemática y filosófica: al análisis lógico de los conjuntos de postulados. Si los conjuntos de postulados podían llevar a contradicciones, lo importante, al sentar los postulados de un cuerpo de doctrina matemática, era llegar a la seguridad de que no ocultaban ninguna contradicción. De un conjunto de postulados en los que no hay ninguna contradicción, es imposible que se deriven contradicciones. Un conjunto de postulacional en el que no existe ninguna contradicción se denomina un conjunto consistente. El problema fundamental del rigor matemático se concentró así en la búsqueda de conjuntos de postulados consistentes, de los que fuera posible derivar todos los teoremas conocidos de las matemáticas clásicas, (análisis, geometría, etc.) por medio de la estricta deducción lógica.
Cada época tiene sus grandes representantes. El genio insigne que simboliza esta nueva etapa del rigorismo matemático, que llega hasta nuestros días, es David Hilbert. Este matemático alemán, que había realizado investigaciones de extraordinaria importancia en casi todos los campos de las matemáticas, se planteó en forma definitivamente clara el problema: si se quiere erigir el análisis sobre bases realmente rigurosas, es necesario estar seguro de que los postulados aritméticos de los cuales habrá de deducirse su total cuerpo de doctrina, son consistentes. Para ello se debe encontrar criterios ad-hoc de consistencia, que nos permitan saber de antemano, antes de efectuar cualquier deducción, que jamás podremos llegar a una contradicción. Muy pronto se dieron cuenta Hilbert y sus grandes continuadores (Bernay, Ackermann y otros) que encontrar una solución definitiva era tarea de gigantes. Como eran gigantes, la emprendieron y al través de los años avanzaron hasta alturas que parecieron estar muy cerca de la cumbre.
El método fundamental para llegar al resultado deseado, que se considera ya una adquisición clásica de la escuela de Hilbert, denominada escuela “formalista”, se basa en la forma de resolver el problema de la “decidibilidad” (Entscheidbarkeit). Como se ha visto, es imposible resolver el problema por la mera observación de la forma lógica de los postulados. Además, si hay en éstos alguna contradicción, no se manifiesta en todos los resultados sino sólo en algunos. Se puede derivar una serie de teoremas correctos y después de mucho tiempo, cuando menos se piensa, se llega a un teorema que contradice a alguno de los anteriores. De manera que el hecho de que en un sistema matemático cualquiera exista una gran cantidad de teoremas no contradictorios —como en realidad existen en las diversas ramas de las matemáticas clásicas— no quiere decir nada sobre la consistencia de los postulados que sirvieron para deducirlos. La amenaza de la contradicción oculta obscurece implacable el horizonte de la investigación matemática. Pero hay una posibilidad de salvación. Un sistema matemático consta de postulados y de teoremas. Los postulados enuncian las posibles relaciones que pueden efectuarse entre elementos pertenecientes a un conjunto dado (así los postulados del análisis enuncian las posibles relaciones entre números, los postulados de la geometría enuncian posibles relaciones entre puntos, etc.) De estas posibles relaciones enunciadas por los postulados se pueden derivar, por medio de las leyes de la lógica, otras relaciones. Estas constituyen los teoremas. Si en lugar de derivar relaciones, de las enunciadas por los postulados, construimos arbitrariamente estas relaciones, nos encontramos ante un problema muy interesante: ¿puede o no estas relaciones arbitrarias ser derivadas de las relaciones enunciadas por los postulados? O mejor, ¿toda nueva relación arbitraria entre los elementos puede o no derivarse como un teorema de los postulados? Este problema es el problema de la “decidibilidad”. En forma más o menos precisa puede plantearse como sigue: dada una relación cualquiera entre los elementos de un conjunto respecto del cual se ha anunciado determinados postulados, ¿puede decirse si esta relación es derivable como un teorema de las relaciones enunciadas por los postulados? Es evidente que toda relación entre los elementos de un conjunto se expresa por medio de proposiciones (como por ejemplo, cuando en álgebra se dice a más b mayor que c más d), de modo que el problema de la decidibilidad implica un problema respecto a la verdad de determinadas proposiciones. Si se decide que determinada relación entre los elementos de un conjunto se puede derivar de las relaciones enunciadas por los postulados, la proposición que la enuncia será verdadera, porque en un sistema matemático se supone que los postulados son proposiciones verdaderas (se presupone o se postula que son verdaderas), de manera que todas las proposiciones que de ellos se deriven habrán de ser verdaderas. Es decir, si los postulados son verdaderos, todos los teoremas también lo serán. Por lo tanto, en el caso de la relación arbitraria, si se decide que la proposición que la enuncia es verdadera, podemos estar seguros, aunque todavía no lo hayamos logrado, que de una manera u otra puede derivarse como teorema (puede demostrarse su verdad) a partir de los postulados, por el exclusivo medio de las leyes de la lógica. Si la proposición es falsa, entonces su negación será verdadera, y por lo tanto se podrá derivar como teorema. Si además de encontrar un criterio universal de decidibilidad (aplicable a todas las proposiciones que enuncien relaciones entre los elementos determinados por un sistema de postulados) se puede demostrar que si una proposición es verdadera dentro del sistema, su negación debe de ser falsa, se habrá resuelto el problema de la consistencia.

El raciocinio de los formalistas presenta dos etapas que es necesario deslindar con precisión. En primer lugar, toda proposición —referente a las relaciones entre los elementos de determinado grupo conjunto de objetos, caracterizado por los postulados que sirven de punto de partida —debe ser decidible. Es decir, que debe de existir un método que permita saber si es verdadera o falsa dentro del sistema matemático en que está encuadrada. En efecto, una proposición de esta naturaleza, afirma siempre una relación entre los elementos de un conjunto. Si es decidible, se puede decir si esa relación se puede derivar o no de las relaciones presupuestas por los postulados. Si se puede derivar, la proposición se transformará en un teorema y será verdadera. Si no se puede derivar, entonces la proposición que afirma que dicha relación existe será falsa (pues afirma una cosa que no corresponde a la situación) y su contradictoria se podrá derivar como teorema. Vemos que, en un sentido profundo, el problema de la decidibilidad no es sino una manera especial y muy rigurosa de aplicar el Tertium non datur. Decir que toda proposición es decidible dentro de un sistema matemático, es decir que dentro de dicho sistema toda proposición es verdadera o falsa. Es muy importante que toda proposición enmarcada en un sistema matemático sea decidible, porque en el caso que no lo sea es imposible resolver el problema de la consistencia. Supongamos que tenemos un sistema dado de postulados referentes a un conjunto de elementos (por ejemplo, puntos). Supongamos que, dentro de las condiciones fijadas por los postulados, construimos nuevas relaciones entre los elementos. Supongamos, además, que la proposición que enuncia estas relaciones contradice a algún teorema ya demostrado. Si la proposición no es decidible, es decir, si no existe un método que permita saber a ciencia cierta si la nueva relación se puede o no aplicar a los elementos considerados, nos encontraremos frente a un impasse insuperable. Porque nunca podremos saber si dicha proposición es verdadera o falsa; por lo tanto nunca sabremos  si contradice o no a algunos de los teoremas derivados de los postulados; y nunca podremos tener la seguridad de que nuestro sistema de postulados es consistente. Se ve, pues, que si no se puede encontrar un criterio que permita conocer la decidibilidad de todas las proposiciones enunciables dentro de un sistema matemático determinado, es imposible saber si los postulados que lo determinan son o no consistentes.
En segundo lugar, para que la prueba de la consistencia sea completa, debe probarse que siempre se demuestre un teorema cualquiera  en un sistema matemático determinado, el teorema contradictorio debe de ser falso. Porque si el teorema contradictorio fuera verdadero, se habría demostrado  que dos proposiciones contradictorias eran ambas verdaderas, y esto implicaría que el sistema original de postulados no era consistente, es decir que ocultaba una contradicción. El planteamiento de la cuestión fue, pues, esclarecido definitivamente por los formalistas: si toda proposición dentro de un sistema matemático determinado por sus postulados es decidible, y si cuando se decide que es verdadera se puede demostrar que su contradictoria es falsa, se puede tener la seguridad de que dichos postulados son consistentes. Lo único que faltaba era elaborar un método riguroso que permitiera saber cuándo un sistema cualquiera de postulados cumplía ambas condiciones y cuándo no las cumplía. Para ello Hilbert emprendió una de las investigaciones lógico-matemáticas más profundas y más definitivamente rigurosas de todos los tiempos. Creó un enorme edificio, modelo de técnica y finura conceptual, ciclópeo monumento al genio humano. Después de muchos años de intensa labor, ayudado por discípulos casi tan brillantes como él, Hilbert pareció  acercarse a la meta anhelada: encontrar un procedimiento, que al permitir conocer con seguridad si un sistema cualquiera de postulados es o no consistente, haga posible al matemático derivar teoremas de los postulados con la confianza de que algún día no derivará teoremas contradictorios que invaliden no sólo años sino siglos de paciente y gloriosa labor. El primer triunfo de Hilbert consistió en demostrar que el sistema matemático de la lógica de las funciones veritacionales (truth functions) era consistente. Sobre esta base pudo demostrar que la lógica de las funciones proposicionales de un argumento era también un sistema matemático consistente. Pero a pesar de los tremendos esfuerzos nadie había podido demostrar la consistencia de postulados que servía de base a la aritmética y al análisis. De todas maneras, las brillantes conquistas logradas permitían conservar las esperanzas.
Este era el panorama de las investigaciones sobre los fundamentos de las matemáticas de 1930. El rigorismo matemático cuyo ideal, inspirado en las más nobles tradiciones de la ciencia y de la filosofía occidentales, era llegar a una formulación de las matemáticas totalmente libre de lagunas y de contradicciones, después de cincuenta años de incesante progreso había llegado a alturas jamás soñadas.



Pero en 1931 vino el cataclismo. El mago de la lógica moderna, hechicero del rigor y del símbolo, trajo por tierra el ensueño formalista y las ilusiones de toda una generación  de genios. En su folleto de 25 páginas demostró que la primera condición para probar la consistencia de un sistema de postulados, a saber, la decidibilidad, no podía nunca cumplirse totalmente. En forma absolutamente incontrovertible mostró paso a paso, con una tupida y alambicada red de símbolos, que es imposible dentro de un sistema matemático determinado, con el único empleo de las condiciones enunciadas en los postulados, decidir para cualquier para cualquier proposición perteneciente al sistema, si es verdadera o falsa. Con asombroso talento enunció reglas que permiten construir con seguridad absoluta proposiciones indecidibles con relación a los postulados que se toman como punto de partida. Sería cansar al lector ofrecerle un recuento del trabajo de Kurt Goedel. Bástenos decir que en esencia se reduce en lo siguiente: dado un sistema de postulados (4) que enuncian determinadas relaciones entre los elementos de un conjunto, es siempre posible construir proposiciones, con los elementos definidos por los postulados, cuya demostrabilidad implique su indemostrabilidad. Sabemos que una proposición es demostrable si se puede derivar como un teorema de los postulados primitivos. Por lo tanto, si es demostrable es verdadera. Ahora bien, las proposiciones mencionadas tienen la siguiente propiedad: si se asume que son demostrables, es decir verdaderas, se deriva en forma inmediata que son indemostrables, es decir son falsas.  Si se asume que son falsas (o sea que su contradictoria es demostrable), se deriva ipso facto que son demostrables, o sea verdaderas. Cualquier suposición sobre la verdad o falsedad de dichas proposiciones, lleva en forma inmediata a una contradicción. Por lo tanto, no se puede decir si son verdaderas o falsas. Pero lo interesante es que la prueba ofrecida por Kurt Goedel, es anterior a toda derivación lógica en dichas proposiciones de los postulados del sistema matemático considerado. En efecto, la prueba de la decidibilidad de una proposición no consiste en derivar dicha proposición (o su contradictoria) de los postulados. Esto no sería sino una demostración ordinaria de su verdad. Y es, precisamente, lo difícil de hacer. La prueba de la decidibilidad de una proposición consiste en demostrar que dicha proposición se puede derivar de los postulados. No indica los pasos de la derivación, sino la posibilidad. De manera que si se demuestra que la asunción de la demostrabilidad de una proposición implica su indemostrabilidad y la asunción de su indemostrabilidad implica su demostrabilidad, se habrá demostrado de antemano que dicha proposición es indecidible. Quiere decir que en caso de que dicha proposición se pudiera derivar de los postulados del sistema matemático a que pertenece, su verdad acarrearía su falsedad, y que en caso de que se pudiera derivar su falsedad de dichos postulados, su falsedad acarrearía su verdad. Pero esto significa que nos hallaríamos ante una proposición verdadera y falsa. Por lo tanto, es imposible decidir si dicha proposición es verdadera o falsa con relación a los postulados, porque cualquiera que sea la alternativa, se estaría violando el principio de no contradicción. Y si se viola este principio, todo el edificio de conocimiento humano cae por sus propias bases. Si se quiere conservar el principio de no contradicción, fundamento último y supremo de toda posibilidad cognoscitiva, se debe llegar a la conclusión de que en relación a todo sistema matemático hay proposiciones indecidibles, es decir proposiciones de las que nunca se podrá afirmar que son verdaderas o falsas. Pero esto es lo mismo que rechazar el principio del tercio excluido, porque este principio enuncia que toda proposición es verdadera o falsa, y una proposición indecidible no es ni verdadera ni falsa. Es otra cosa, es un tertium aún mal ubicado en el acervo de los conocimientos humanos. No debemos olvidar que una proposición es indecidible porque no se puede demostrar ni que es verdadera ni que es falsa. No es el caso que no se sepa cómo hacerlo, y que en una época posterior, gracias al progreso logrado por las generaciones venideras, se pueda elaborar la prueba. No se puede comparar la indecidibilidad a  la dificultad de saber, por ejemplo, si los canales de Marte son o no obra de seres inteligentes, porque no existe un telescopio lo suficientemente poderoso. La situación es muy distinta. Los trabajos de Goedel demuestran que es absolutamente imposible decidir si las proposiciones construidas por su método son o no verdaderas. Y es imposible hacerlo, porque cualquier decisión sobre su verdad o falsedad lleva inevitablemente a la decisión contraria, porque cualquier decisión nos obliga a aceptar la verdad de dos proposiciones contradictorias. En consecuencia, para que sea imposible esta verdad debemos aceptar que hay proposiciones indecidibles porque en esencia, y no por defecto de los elementos de investigación, son indecidibles, es decir que no son ni verdaderas ni falsas.
El significado filosófico general del teorema de Kurt Goedel es, como se comprenderá inmenso. Antes que nada, muestra la imposibilidad de probar la consistencia de un sistema matemático empleando los elementos del trabajo que se encuentran en él. Hilbert y sus secuaces se habían equivocado cuando creían haber logrado esta hazaña para sistemas de elementos infinitos. En realidad, habían introducido elementos extraños al sistema analizado, elementos pertenecientes a un sistema matemático más amplio, que en relación al sistema primitivo constituía lo que en la técnica de la lógica moderna se denomina un “metalenguaje”. Y como la tesis de Kurt Goedel tiene un alcance general, se aplica también al sistema matemático más amplio. De manera que si no se puede demostrar la consistencia de éste, tampoco se podrá demostrar la consistencia de aquél. Las demostraciones de consistencia ofrecidas por Hilbert y su escuela cometen por lo tanto un “Regressus in infinitum”. Demuestran la consistencia de un sistema matemático, pero para ello deben emplear otro sistema matemático más amplio, cuya consistencia no puede demostrarse. Hilbert reconoció, con la honradez y la humildad que sólo puede tener el genio, el triunfo de Kurt Goedel. Pero no se dio por vencido y emprendió nuevas investigaciones para hallar criterios de consistencia prescindiendo del uso del principio del tercio excluido. David Hilbert versus Kurt Goedel, genio contra genio. Contemplamos una lucha colosal.
Pero la importancia de la obra godeliana no se reduce a este resultado importantísimo para la epistemología de las matemáticas. El teorema en cuestión repercute en la teoría general de la lógica y las vibraciones que produce llegan plenas de energía hasta los mismos campos de la metafísica. Desde el punto de vista lógico, es obvio que significa un golpe definitivo al empleo indiscriminado del principio del tercio excluido. Como todos los sistemas de postulados a los que se aplica la tesis de Goedel, enuncian relaciones entre elementos de conjuntos infinitos, se puede decir que es imposible emplear el principio del tercio en el caso de proposiciones que se refieran a objetos que forman parte de un conjunto infinito. Por ejemplo, proposiciones numéricas de la aritmética y del análisis son proposiciones que se refieren a elementos pertenecientes a conjuntos infinitos, porque el conjunto de los números es evidentemente infinito. Esto es gravísimo, porque gran parte de los más importantes teoremas de la aritmética y del análisis se basan en la demostración por el absurdo, que no es otra cosa que el empleo directo del principio del tertium non datur. Esta situación había sido prevista por la escuela intuicionista, rival de la formalista, fundada por Brouwer y desarrollada por heyting, Skolem y otros. Los intuicionistas han construido un sistema de lógica muy interesante, ene el que se suprime el principio del tercio excluido, y sólo se conservan los principios de identidad y no contradicción. Con este sistema tratan de reconstruir todas las demostraciones de las matemáticas tradicionales. Pero hasta la fecha, a pesar de haber realizado trabajos de gran importancia, han fracasado. Parece que sin el principio del tercio excluido no se puede reconstruir totalmente el cuerpo clásico. Se trata, en verdad de un auténtico “impasse”. Teóricamente la totalidad del edificio matemático se tambalea en forma alarmante. Las matemáticas contemporáneas, por haber sido demasiado rigurosas, han entrado en la crisis más peligrosa de su historia. Esta crisis se extiende a todos sus aspectos, incluso al psicológico. En efecto antes de las demostraciones de Kurt Goedel  los matemáticos tenían una confianza intuitiva en el principio de decidibilidad. Ya en la época clásica se tenía conciencia del asunto, aunque no se había planteado en relación a la consistencia. En todas las ramas de las matemáticas se conocían problemas especiales, de muy difícil solución, que habían sido abordados a través de siglos sin que se llegara a soluciones definitivas. A veces se había podido resolver positivamente como en el caso de la cuadratura del círculo (5) y de la posibilidad de resolver por medio de la extracción de raíces ecuaciones de grado mayor que el cuarto. Pero en muchos casos, el problema había quedado insoluble como un tajante desafía al genio algorítmico del hombre. Conocido es el apasionante caso de Fermat. Este ilustre matemático planteó una serie de problemas a la posteridad, cuydas soluciones pretendía haber encontrado, y no indicó los resultados, para excitar de esta manera el ingenio de sus continuadores. La mayoría de estos famosos problemas no han sido aún resueltos ni positiva ni negativamente. Es natural que la totalidad de los matemáticos que los han abordado se hayan planteado la pregunta: ¿puede o no puede resolverse? No debe olvidarse que el matemático, por solución de un problema, entiende siempre una doble alternativa. La solución es positiva cuando se puede hallar el objeto matemático deseado; es negativa cuando no se puede hallar, porque matemáticamente es imposible que exista. Indudablemente, el planteamiento de la resolubilidad de un problema matemático es equivalente al de la decibilidad de determinadas proposiciones. Porque decir: “tal problema matemático se resuelva positivamente”, es lo mismo que decir “la proposición que dice tal o cual cosa (por ejemplo, el número “e” es trascendente, es verdadera”  y afirmar que dicho problema se resuelve negativamente es lo mismo que afirmar que la proposición correspondiente es falsa. Los matemáticos de todas las épocas, hasta el año 1931 (en que Kurt Goedel publicó su famoso teorema), estuvieron siempre convencidos de que todo problema matemático podía resolverse o positiva o negativamente. Cuando no pudieron resolver alguna cuestión tuvieron la creencia de que su fracaso se debió a la falta de genio o agudeza, o a que todavía no se había creado un instrumento matemático lo suficientemente poderoso para el caso. Los matemáticos creyeron por lo tanto que toda proposición matemática era decidible en relación a un sistema específico de postulados. Esta creencia fue algo más que una mera convicción. Fue el soplo que impulsó al genio descubridor hacia las regiones más recónditas del mundo de los símbolos, la fe ingenua que le impidió descorazonarse para siempre y que le permitió ser orgulloso dentro de su humildad, exclamando: “está bien, yo no he podido, pero otras podrán, el hombre se dará jamás por vencido y algún día se resolverá el problema…”
¿Qué pueden decir los matemáticos después de los trabajos de Kurt Goedel? Si dentro de todo sistema matemático hay proposiciones indecidibles, ¿cómo saber si el problema planteado constituye una proposición decidible o indecidible? ¿Es verdad que Fermat conoció la solución de los famosos problemas que planteó? ¿Mintió o se equivocó? ¿No constituyen acaso algunos de sus problemas cuestiones indecidibles, de manera que jamás podrá saberse si tiene o no solución? Extraña coincidencia que parece justificar la tesis de la interna unidad de la cultura. El siglo XX es un siglo que ha perdido la fe, con diversos matices, se extiende a las diversas ramas de la cultura. La ciencia parecía librarse de la tenebrosa crisis. Mas ello era una ilusión, una ilusión infantil. Hubiera sido demasiado bello. Ni siquiera las matemáticas se han librado. Las ciencias exactas por excelencia han perdido el suelo firme, cuando son más grandes y poderosas que nunca. Y así el hombre del siglo XX cumple su trágico destino: es el hombre sin fe, que lucha con más bríos y desesperación que el hombre de otras épocas. No cree en nada, pero lucha y crea. Es tal vez del optimismo trágico preconizado por Nietzsche.


Pero hay todavía otra consecuencia del teorema de Goedel más importante que las anteriores: una consecuencia metafísica. La Ontología enuncia proposiciones referentes a la totalidad del mundo. En ellas se determinan las propiedades y las relaciones aplicables a todo objeto como tal. Es obvio que estas proposiciones constituyen un sistema de postulados sobre el ser (6). De estos postulados puede derivarse por medio de las leyes de la lógica, una serie de consecuencias, aplicables naturalmente al mismo de objetos al que ellos se aplican, o sea a la totalidad de los objetos posibles, tanto reales como ideales. Y según el teorema de Kurt Goedel, debe de haber proposiciones sobre dichos objetos, que son indecidibles con respecto al sistema ontológico considerado como punto de partida. Esto quiere decir que sea cual sea el sistema teórico que se adopte como una descripción de los caracteres más generales del universo, siempre habrá algunos de estos caracteres que se escaparán de la captación humana. O, lo que es lo mismo: hay ciertas propiedades del mundo (real e ideal) que el hombre puede conocer, pero al lado de ellas hay otras de cuya existencia no puede ni podrá nunca estar seguro. Esto significa un golpe mortal para la metafísica hegeliana que pretendía derivar de unos pocos supuestos, y con el uso exclusivo de la dialéctica, la totalidad de lo real.
Un distinguido epistemólogo, el profesor Katsoff, sostiene que el teorema de Kurt Goedel significa, en forma precisa, lo siguiente: nunca puede haber una teoría completa y definitiva de la realidad. Creemos, sin embargo, que esta conclusión sólo puede afirmarse en el caso de que la realidad contenga un conjunto infinito de objetos. Casi todos los filósofos han creído en la infinitud del mundo, aunque ciertas cosmologías modernas dejan entrever la posibilidad de la finitud. En caso  de ser la realidad finita, el tertium non datur conservaría toda su validez, y todas las proposiciones referentes a la realidad serían, teóricamente, al menos, decidibles. De manera que la obra de Kurt Goedel nos permite enunciar la siguiente conclusión, que filosóficamente posee una importancia prodigiosa: sólo en el caso de que el universo sea finito se puede construir una ontología completa de lo real.
 
* Artículo publicado en la revista Mar del Sur. Revista Peruana de Cultura (Volumen II, No 5, Junio 1949, Lima), páginas 15-27.

Notas:
(1) Ueber formal unentscheidbare Saetse der Principia Mathematica und verwandter Systeme Kurt Goedel. Monasthefte, fur Math. Und Physik. Vol 38 (1931).
(1) La proposición es la expresión del juicio, y clásicamente se define como una expresión que es verdadera o falsa. Los principios lógicos pueden enunciarse en forma similar, tanto con respecto a las proposiciones como a los juicios. Pero la mayoría de los lógicos están hoy de acuerdo en que es mejor enunciarlos en relación a las proposiciones, por ser la noción de proposición mucho más clara que la de juicio.
(2) Sería cansar al lector hacer referencia a las profundas relaciones entre la fundamentación rigurosa del análisis infinitesimal y la teoría de los conjuntos. Sólo diremos que los postulados —bases del análisis— que enuncian relaciones entre números, presuponen que el “conjunto” de estos números es infinito. Esta infinitud numérica, que posee caracteres peculiares, es presupuesta en la mayoría de los desarrollos ulteriores del análisis.
(3) Entre las paradojas más importantes se pueden citar la de Burali-Forti o del conjunto de los números ordinales (la más antigua de todas), la de Russell o de la clase de las clases que son miembros de sí mismas y de la de Richard o de las letras del alfabeto.
(4) En realidad, para que sea válidad la demostración de Kurt Goedel es necesario que los conjuntos de  postulados respecto de los cuales se quiere decir la verdad o falsedad de las proposiciones, cumplan determinadas condiciones. Pero se ha demostrado plenamente que todos los sistemas de postulados empleados por las matemáticas clásicas o modernas, y todos los sistemas de postulado empleados por las diversas lógicas, cumplen estas condiciones.
(5) Mucho se ha hablado sobre el famoso problema de la cuadratura del círculo, y debido al irresponsable diletantismo de algunos escritores, el público culto no matemático se ha formado las más peregrinas ideas sobre este interesante problema, que no tiene nada de raro ni de misterioso. El problema de la cuadratura del círculo consiste en tratar de construir un cuadrado, por medio de la regla y el compás que tenga un área idéntica a la de un círculo. En términos técnicos: se trata de construir por medio de la regla y del compás (y sin ayuda de ningún otro instrumento) un cuadrado cuyos lados tengan el largo pixrxr suponiendo que el círculo considerado tenga la unidad por radio.
(6) Desde un punto de vista estrictamente lógico, es indudable que las proposiciones fundamentales de la ontología (por ejemplo de la ontología formal tal cual la concibe Husserl, o de la teoría de los objetos de Meinong) constituyen un sistema coherente de postulados, en todo comparables a los sistemas matemáticas de postulados. Esto no impide que dichos postulados puedan enunciar caracteres auténticos del mundo.


Otros enlaces: "Apuntes para una teoría de la razón", "Despertar y proyecto del filosofar latinoamericano", "Consideraciones generales al concepto de lógica jurídica".