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domingo, 15 de abril de 2012

La lucha por el reconocimiento - Axel Honneth / El sistema de la eticidad y Filosofía real


Alex Romero M.


1. Sistema de la Eticidad

En el System der Sittlichkeit o el Sistema de la Eticidad (1802) de Hegel se muestra el desarrollo del individuo hacia la totalidad ética o eticidad absoluta que implica la superación del principio de singularidad en la que la conciencia se presenta como negativa y excluyente. La eticidad absoluta, en la terminología shellingniana, será entendida como la identidad del concepto y la intuición donde lo particular se subsume en lo general, es decir, la integración del individuo en la totalidad de la vida social a través de una serie de mediaciones en donde la conciencia se reconozca a sí misma como algo superado en una realidad distinta: el espíritu absoluto. La lucha por el reconocimiento será el elemento central por medio del cual la conciencia se superará/conservará al ser incorporado al espíritu o totalidad ética.

Como se ha mencionado líneas arriba, la superación del individuo en la totalidad ética significa abandonar el principio de singularidad que constituye el eje de interacción dentro de una comunidad determinada. Esta superación será entendida como el cambio de un estadio inicial o natural (eticidad cívica-natural) a otro posterior o formal (eticidad cívica-absoluta) por medio de una serie de luchas o conflictos sociales que modificará el primero y propiciará una integración distinta entre los individuos basada en el reconocimiento mutuo, pues, como se señalará más adelante, la eticidad de Hegel no puede ser entendida sólo en relación o en función del principio de individualidad, es decir, fundarse sólo en la preeminencia del individuo ajena a toda relación intersubjetiva. Este proceso será presentado como una alternancia entre la intuición y el concepto, entre lo general y lo particular y cuya integración o adecuación dará lugar a una realidad distinta: el espíritu absoluto.

La lucha o conflicto, que propiciará la transición de la eticidad natural a la eticidad absoluta, es un fenómeno esencialmente negativo pues ella al remitirse al estadio de la eticidad natural, concretiza la posibilidad de “no reconocimiento” y de “no libertad” inherente a ella. Sólo posteriormente la negatividad inherente de este fenómeno asumirá un papel determinante en la configuración de la eticidad absoluta cuando ella conlleve a un desarrollo moral en la conciencia de los individuos.

Es en el ámbito de la eticidad natural, cuya naturaleza se presenta como una eticidad en relación a determinaciones particulares externas (cambio, valor, trabajo, contrato), donde la lucha o conflictos sociales se dividen en tres estadios de acuerdo a una grado mayor de implicación interna en los sujetos: la destrucción ciega, el robo, la ofensa del honor. Serán estas tres las que asumirán, en la terminología hegeliana, la forma de “delito”, es decir, el ejercicio negativo y desbocado de una libertad abstracta reconocida en al eticidad cívico-natural. Los actos criminales que constituyen el delito se dan a partir de la libertad indeterminada de los singulares (que es el presupuesto social dentro de las relaciones jurídicas de este estadio), es decir, que los individuos hacen un uso destructivo de la libertad por ser sujetos de ese derecho y por estar inscritos negativamente en la vida social común. El acto delictivo, al ser el cumplimiento de una libertad que ignora al otro, modificará las relaciones iniciales de reconocimiento que conforman la identidad social dentro de la eticidad natural (el ámbito familiar y las relaciones de intercambio entre propietarios, etc.) y plantea la lucha entre el autor del delito y al que se ha visto afectado por él en el abanico de relaciones que conforman su yo interno.

Axel Honneth considera que el origen del delito se debe a un “estado incompleto de reconocimiento” (Honneth, 1992: 32). , es decir, que el delincuente dentro del margen de su experiencia individual no se ha sentido reconocido en las formas establecidas del reconocimiento recíproco, esto es, en las formas particulares incompletas de reconocimiento de la eticidad natural. El delito, motivado por una situación de no reconocimiento, se corresponderá con el segundo nivel de los conflictos sociales, el robo, por ser en este punto la libertad jurídicamente reconocida. Por tanto, lo que se originará aquí es una lucha de persona contra persona (sujetos de derecho) cuya finalidad es el reconocimiento de sus pretensiones particulares. Por un lado, la pretensión de una subjetividad ilimitada que resuelve el conflicto anulando al otro, y por otro lado, la pretensión de respeto social de los derechos de propiedad al ser esta última reconocida por los otros.

La ofensa del honor, que corresponde al tercer nivel de lucha o conflicto social, es la que concretizará el “devenir de la eticidad” a partir de su negatividad, pues ella (la ofensa) es el acto a través del cual el yo singular tiende a “ponerse” como totalidad. Esto significa que se mostrará ante otro como alguien que hará valer su autorreferencialidad, exclusiva y excluyente, y el derecho a lo suyo (la propiedad) siendo capaz de arriesgarse como totalidad que es, es decir, poner en riesgo su integridad y su vida. La exigencia del honor se entenderá en este caso como el conflicto entre dos individuos en el que el objetivo final es poner a prueba la integridad de la propia persona. Según Axel Honneth, el honor “es la posición que adopto frente a mí mismo cuando identifico positivamente mis cualidades y mi especificidad” (Honneth, 1992: 35). Es por ello que la lucha por el honor surgirá como posibilidad latente pues la autorrealización positiva” o autoafirmación del individuo dependerá muchas veces del reconocimiento de los demás sujetos. El grado de identificación del sujeto consigo mismo dependerá en gran medida del apoyo o reconocimiento de sus propias especificidades dentro de la interacción social. La ofensa del honor será por tanto la ocasión para que los sujetos enfrentados puedan confirmarse como un todo único, su capacidad de exclusión y autoafirmación.

La ofensa será la que conducirá al reconocimiento pues surgirá el deseo de reivindicar aquello que fue negado en la totalidad que conforma al sujeto, reconstruir, su unidad “perturbada” y garantizar su yo interno en su autorreferencialidad. El reconocimiento será visto por Hegel, en este punto de desarrollo, como “el ser de la conciencia como una totalidad en otra conciencia”, es decir, mostrarse como totalidad para el otro, aunque en este proceso negativo de la lucha, se presente como “totalidad excluyente” por ser algo constituido idealmente (polaridad). Veremos posteriormente cómo el reconocimiento recíproco, intuirse a sí mismo en el otro e intuir al otro, al hacerse real “supera entonces a la otra conciencia, con lo que el reconocimiento se supera a sí mismo” (Hegel, 2007: 267), pero esto sólo a partir de las contradicciones que en la lucha por el reconocimiento se generará en la (auto) conciencia de los individuos.



La lucha por el reconocimiento será una búsqueda por el derecho de reconocimiento y esto será posible si es que son capaces de poner en juego su vida. Sólo la disposición a morir demostrará que la totalidad de su singularidad, en sus determinaciones y particularidades, vale más que su propia supervivencia. En el enfrentamiento, tender a la muerte del otro es dejar en claro mi propia disposición a morir. Ser racional para Hegel, en este espacio de lucha y conflicto, significa estar dispuesto a poner en riesgo la totalidad del individuo, su propia vida, pues ello constituye un criterio por el cual el individuo confirma que él y el otro son una totalidad, y sólo se puede reconocer a otro en esa dimensión (totalidad) en la medida que demuestre esta disposición. La contradicción que esto conlleva se revelará inmediatamente a la conciencia: el intento del individuo de conservar su propia totalidad significa sacrificarla en la lucha por el reconocimiento. Esto nos conducirá a lo que Hegel llama “la nada de la muerte” (Rendón, 2007: 283).

La superación de esta contradicción conlleva a que el individuo, para conservarse como tal deba superarse a sí mismo, es decir, que renuncia a valer como totalidad excluyente o singularidad absoluta y reconozca a los otros: subsunción de la conciencia individual a la generalidad o totalidad ética. El asesinato es el ejemplo más claro para revelar este proceso de superación a la totalidad ética o espíritu absoluto. El homicidio es un enunciado negativo por el cual se anula la objetividad del otro, ello conlleva a la aparición de la llamada “justicia vengadora” que realiza el proceso inverso, aniquila al asesino en su objetividad sin que ello conduzca a la superación/cancelación de esta subjetividad excluyente. Para que esto no se produzca, y con ello la nada de la muerte no se imponga otra vez como fatalidad, es necesario que aquella negación que anula lo objetivo sea contrarrestada. El subsumirse los sujetos a una conciencia ética conlleva a que la negación se oriente a un proceso de superación, donde el enunciado negativo debe ser invertido: la negación no será otra vez anular al asesino (particular) sino anular el crimen como tal (general).

En este nuevo contexto, donde la conciencia sólo es reconocida como conciencia que se supera a sí misma, el reconocimiento es precisamente el paso cognitivo, el medio racional, por el que una conciencia constituida idealmente como totalidad se reconoce en otra totalidad semejante. Los actos criminales asumen en este proceso de superación formación de las conciencias un papel constructivo ya que por ellos se desencadenan los conflictos o luchas que nos permite reparar en nuestras relaciones de reconocimiento y con ello el devenir de la eticidad absoluta. En esta última tiene lugar la realización efectiva del reconocimiento y la libertad donde la lucha queda superada como instancia que asegura la libertad y el reconocimiento. 

La eticidad absoluta o totalidad ética debe ser entendida por tanto como la “identidad entre concepto e intuición”, es decir, como indiferencia de lo particular en lo general, como unidad concreta: el espíritu. Los individuos se superan al ser subsumidos por el espíritu  porque abandonan el principio de singularidad propia de la eticidad y la conciencia deviene en absoluta. A partir del reconocimiento recíproco y, en consecuencia, a partir de los conflictos sociales que han generado una disposición de los sujetos a reconocerse mutuamente, tanto en su generalidad e los otros como en su propia individualidad, esta conciencia se constituye como el espíritu del pueblo, como un conjunto de costumbres e instituciones de una comunidad, lo universal o la universalidad concreta de los individuos, pues aquí, entendida como unidad o “indiferencia viviente”, el individuo se intuye como sí mismo en cada uno, alcanza la suprema objetividad de la subjetividad.

2. La Filosofía Real

En la Realphilosophie o Filosofía real (1803-1804) de Hegel se presenta un primer esbozo de la filosofía del espíritu donde se lleva a cabo una reconstrucción del proceso de formación de la conciencia absoluta. El análisis filosófico que Hegel propone a este movimiento de formación o autorreflexión del espíritu será la base para una teoría filosófica de la conciencia, en la cual el concepto de “autodiferenciación” tiene central relevancia al ser este el principio de construcción de la realidad. El movimiento de alienación y de vuelta a sí (autodiferenciación), que desencadena el devenir de lo que será llamado el “espíritu absoluto”, tiene como fin que el espíritu llegue a ser “lo otro de sí mismo”, en otras palabras, que alcance el saber absoluto de sí. Esta teoría filosófica de la conciencia buscará, por tanto, explicar los distintos momentos del espíritu desde su constitución interna (lógica), su salida a la objetividad de la naturaleza (filosofía de la naturaleza) y su regreso al ámbito de su propia subjetividad (filosofía del espíritu).

Al considerar la interpretación que hace Axel Honneth de los escritos de Jena, el Sistema de la eticidad y la Filosofía real, uno puede llegar a entender el afán que tiene por dilucidar conceptos como “eticidad” y “reconocimiento”. La propuesta del autor es la de “rescatar” el potencial ético que tiene la lucha por el reconocimiento dentro de la esfera de la eticidad, entendiendo que esta lucha no lo llevará a la mera autoafirmación del individuo como ser excluyente y tautológico sino a un desarrollo de su dimensión ética como ser intra e intersubjetivo. Este planteamiento requiere establecer el nexo positivo entre ambos términos. Honneth se apoyará para ello en las formulaciones iniciales de Hegel donde la lucha por el reconocimiento tiene alcances sistemáticos; de igual forma, se abocará a indicar dónde este proyecto en Hegel queda inconcluso o se distorsiona al asumir otro enfoque teórico.

En el intento de rescatar el carácter positivo que asume la lucha por el reconocimiento, Honneth busca remarcar la continuidad de los planteamientos básicos de Hegel en sus escritos tempranos. La superación de la conciencia de los individuos a partir de un reconocimiento recíproco como totalidades será uno de los nexos entre ambas obras. Con esto, la lucha por el reconocimiento asume la doble función de ser un medio de colectivización o generalización social como también un medio de formación de conciencias individuales. El papel decisivo que asume el delito en el surgimiento de los conflictos sociales es otro nexo de vital importancia pues permite que los sujetos reparen en las relaciones de reconocimiento que subyacen en el trato con el otro. Sin embargo, el modelo de una lucha por el reconocimiento que determina el “devenir de la eticidad”, según los planteamientos iniciales del Sistema de la eticidad, será modificado al inscribirse en una naciente filosofía de la conciencia que, si bien no le hace perder toda fuerza en la constitución del espíritu absoluto, hace que este deje de ser un elemento central para tal constitución.

Si bien para Honneth existe una “pérdida” con este nuevo enfoque asumido por Hegel en la Filosofía real, esto no lo lleva a descuidar los alcances que puede tener los términos “delito”, “reconocimiento” y “eticidad” dentro de esta nueva formulación del problema de la moralidad.  Ahora, el concepto de eticidad se someterá a mayores distinciones y diferenciaciones al inscribirse en el proceso de reflexión del espíritu y no al despliegue de una naturaleza global indeterminada. El devenir de la eticidad no se asumirá ya como un desarrollo de las estructuras elementales de una instancia llamada “eticidad natural” sino como un proceso de formación de la conciencia, donde el reconocimiento no surge “por formas iniciales de interacción social” sino “a partir de los escalones de automediación de la conciencia individual” (Honneth, 1992: 42-43), en otras palabras, por la confrontación, cognitiva y práctica, del individuo con su entorno. La filosofía del espíritu debe considerar primero la relación de la conciencia humana consigo misma para luego recaer en las relaciones éticas del Estado que se encargará de configurar las estructuras de socialización. La eticidad no se explicará ya en base a relaciones intersubjetivas primigenias sino por instancias superpuestas del Estado, donde los elementos de la vida social son componentes de aquel. La eticidad no se configura entonces según la relación individuos entre sí sino en las distintas relaciones que tienen estos con el Estado.

Este menoscabo de la intersubjetividad al convertir a la eticidad a “una forma del espíritu que monológicamente se forma en su propio proceso” (Honneth, 1992: 80), ha hecho que la lucha por el reconocimiento se retraiga a determinaciones, si bien interesantes, como en el ámbito del derecho o espíritu real, no cobren al final la relevancia que Honneth le atribuye, pues la dimensión intersubjetiva ha sido dejada de lado por un esquema jerárquico de la formación de la autoconciencia y, con ello, se ha perdido su verdadero valor como medio de desarrollo de la identidad en razón de experiencias de reconocimiento recíproco.

Aquí mi presentación sobre la lucha por el reconocimiento como parte del curso impartido sobre Hegel por la profesora Soledad Escalante en la UARM.


Bibliografìa:

Hegel (2002): “Es absolutamente necesario… Fragmento sobre el reconocimiento (1803-1804)”. p. 263-269. En Areté v. 14 Nº 02. Lima.
Honneth, Axel (1992): La lucha por el reconocimiento. Por una gramática moral de los conflictos sociales. Barcelona: Crìtica.
Giusti, Miguel (2007): “Autonomía y reconocimiento”. Ideas y valores. Revista de Filosofìa, Nº 133. p. 39-56. Universidad de Antioquía, Medellín. Colombia.
Rendón, Carlos (2007): “La lucha por el reconocimiento en Hegel como prefiguración de la eticidad absoluta”. Ideas y valores. Revista de Filosofìa, Nº 133. p. 95-122. Universidad de Antioquía, Bogotá. Colombia.
Rendón, Carlos (2002): La lucha por el reconocimiento en Hegel en el fragmento de 1803 / 1804 de Hegel. p. 271-287. En Areté v. 14 Nº 02. Lima.

viernes, 6 de enero de 2012

La ética de la autenticidad / Charles Taylor


Alex Romero M.

“but, to know a man well, were to know himself”
Hamlet
Ética y Autenticidad
Charles Taylor considera que la modernidad aún posee un ideal moral que le puede permitir al hombre una vida no carente de sentido y que resulte contraria a todas las formas de atomismo y subjetivismo relativista. Tal ideal recibe el nombre de autenticidad.
Aquella descripción sobre lo que puede definirse como un modo de vida mejor y superior, que se ofrece como norma de lo que deberíamos llegar a desear es para la sociedad contemporánea el ser auténticos, es decir, el llegar a ser lo que en nuestro interior somos. En otras palabras, aspirar a una identidad que me defina como un ser único e inconfundible donde cada acto sea realmente mío y esto es, en esencia, anhelar que cada acto del individuo sea genuinamente original. La autenticidad exige que el individuo sea capaz de distinguir aquellos rasgos que configuran su ser único así como también la manera que ha podido configurar ese yo y otorgarle una dimensión significativa.
De acuerdo con Taylor, no es posible que la identidad sea producto de un sujeto autorreferencial, es decir, ajeno a todo marco de referencia u horizonte de significado. Esto es así pues la identidad es ante todo un “yo significativo” donde los criterios y las distinciones relevantes para definir lo que es significativo requieren de “un fondo de inteligibilidad”, un horizonte compartido. Esto último resulta ineludible en la configuración de la identidad pues ella se construye socialmente. Si bien es cierto que el ideal de la autenticidad afirma que cada individuo posee una voz interior que lo hace ser él mismo, esta voz no es monologante sino, por el contrario, es una voz que escucha y habla con “otros significativos”. En otras palabras, cuando hablamos de un yo, estamos hablando de un yo con un otro pues sólo dentro de un horizonte de significado común se puede configurar una identidad real: “Definirme significa encontrar lo que resulta significativo en mi diferencia con respecto a los demás”. Como vemos la autodefinición se puede establecer únicamente, ya sea en diálogo o lucha, con los otros; nuestra propia naturaleza es social (dialógica) y es un hecho que “nadie adquiere por sí mismo los lenguajes para la autodefinición”.
La búsqueda de la autenticidad nos lleva también a Taylor a considerar que la identidad es poder orientarse dentro de este espacio de significaciones donde la búsqueda de aquello que me define implica asumir una serie de compromisos e intereses hacia determinados bienes. El percibirse a uno mismo implica darse cuenta de las evaluaciones que uno ha realizado y que comprometen lo que soy. Tener identidad, para nuestro autor, significa identificarse con aquello que acepto o rechazo, con aquello que considero bueno o malo, con aquello que define mi relación con el mundo. En este punto es necesario establecer la distinción entre el ideal de la autenticidad y el subjetivismo así como explicar por qué las consideraciones éticas o morales son sólo posibles en el primero.

El ideal moral de la autenticidad
El ideal moral de la autenticidad es un ideal compartido pues busca plasmarse en un modelo y constituirse en una norma de cómo deberíamos ser, reivindicando nuestras diferencias individuales en un plano de igualdad. La autenticidad se constituye de igual forma en un criterio compartido entre los sujetos que enmarca sus relaciones, bajo el precepto sé fiel a ti mismo que significa ahondar en la propia identidad, es decir, en aquel horizonte común donde nacen los propios propósitos en relación con los otros. El subjetivismo, por el contrario, no posee ninguna implicancia ética pues se mueve en un espacio donde nada posee significado pues no existe un marco de referencia que nos diga si tal actitud es significativa o no, si tal acción es valiosa o no para el individuo. Esto se debe a que la identidad, que sopesa lo que es bueno o malo, establece compromisos e intereses sobre bienes compartidos, no se construye en solitario sino en relación con los otros significativos creando con ello un espacio de diálogo y crítica indispensable para la ética, el espacio del reconocimiento que hace posible que el ser humano no se atomice ni se entregue a un individualismo empobrecedor y vacío. Es así que la llamada libertad autodeterminada, ante esta carencia del individuo, busca otorgar significado y valor a todo lo que hace (“de forma autónoma y verdaderamente libre”) por el sólo hecho de ser fruto de su libre elección; pero, como lo plantea otra vez Taylor, la constancia de ser una elección propia no lo hace significativo, ella se enmarca en ese mismo subjetivismo donde todas las preferencias del individuo son iguales e intrascendentes para el mismo sujeto.  


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