A partir de los lamentables e indignantes sucesos acaecidos en el Liceo Naval Almirante Guise, se han producido discusiones alrededor de este hecho con el fin de buscar un horizonte de comprensión de lo que somos como sociedad. Sin duda, esto resulta necesario si es que creemos realmente en un país que se construye a partir del consenso ciudadano. En medio de esta discusión colectiva acerca de cómo se deberían educar a los más jóvenes, han aparecido distintas referencias a la trama principal de la primera novela de Mario Vargas Llosa: La ciudad y los perros. Sin duda, la representación del abuso y la violencia tiene una larga tradición en nuestra literatura y, de manera emblemática, en la de nuestro premio Nobel.
Es así que, en una de mis últimas clases con mis estudiantes de quinto año, recordé un fragmento específico de la novela y la compartí con ellos. Se trata del momento en que el grupo liderado por el Jaguar, El Círculo, ingresa clandestinamente a una de las cuadras en las que duermen los cadetes de tercer año (“los perros”) del colegio Militar Leoncio Prado con la intención de cometer un abuso:
No había más consignados en la cuadra, pero sí en la segunda
y salimos sin zapatos. Me estoy helando de frío y a lo mejor me constipo. Yo
confieso que si oigo un silbato, corro. Trepemos la escalera agachados que se
ve desde la Prevención. ¿De veras? Entramos a la cuadra despacito y el Jaguar
¿qué cabrón dijo que sólo había dos consignados? Ahí están roncando como diez
enanos. ¿Entonces se corren? ¿Quién? Tú que sabes cuál es su cama, pasa
adelante, cosa que no nos comamos a otro. Es la tercera, no ven cómo huele a
gordito apetitoso (p.39-40).
La premeditación del grupo es
evidente respecto a la elección de la víctima así como también la idea de
llegar al sitio de manera sigilosa y sin zapatos. Sin embargo, no contemplaron
el hecho de que había más estudiantes de los previstos. Aún así siguieron con
su accionar:
Silencio, que te parto en cuatro. Trepa de una vez que ya
está bien cogido, huevas. Cómo patea el enano, cómo pateaba, cómo, qué esperas
para treparte, no ves que duerme más calato que una foca. Oye Boa, no le tapes
así la jeta que a lo mejor se ahoga. Ahorita me echa abajo y sólo me estoy
frotando, decía el Rulos, no te muevas que te mato y te hago polvo y qué más
quieres que te esté bombardeando, respingado (p.40).
La polifonía de este breve texto
de MVLL a partir de un estilo directo libre de diálogos intercalados resulta
formidable para representar de manera tan cruda y a la vez estilizada la forma
en que procede el abuso del grupo sobre la víctima. Se trata de un actor colectivo
que se disgrega en muchas voces indistintas, lo que revela los vínculos de
complicidad y corresponsabilidad de todos los victimarios.
En este punto del relato, el
autor plantea un quiebre narrativo en la que se da un acto de resistencia ética,
de “justicia poética”:
Zafemos que se están levantando los enanos, no te digo,
caracho, se están levantando todos los enanos y aquí va a correr sangre a
torrentes. El que prendió la luz fue un vivo. El que gritó se están comiendo a
un compañero, a la pelea muchachos, también fue un vivo. A mí me manducaron con
eso de la luz y ¿sería por eso que le solté la boca?, sálvenme, hermanos. Yo
sólo he oído un grito parecido cuando mi madre le largó la silla a mi hermano.
¿Y ustedes, enanos, alguien los ha invitado, qué hacen levantados, por favor,
alguien dijo que enciendan la luz? ¿Y ése era el brigadier? No vamos a dejar
que hagan eso con el muchacho, maricones. Me he vuelto loco, estoy soñando,
desde cuándo se habla así con sus cadetes, cuádrense (p. 40-41).
Es importante detenernos aquí y
reflexionar acerca de por qué Vargas Llosa decide no ir más allá respecto a la
representación realista de un acto de abuso con todas sus consecuencias e
implicancias. Tal vez sea de por sí un acto de rebeldía contra una realidad en
la que las violaciones y demás abusos se hacen efectivos y que conlleva la humillación
y el vejamen absoluto de la víctima. Lo cierto es que “los perros” de tercero
se protegen unos a otros y no permiten que continúe el abuso. No se paralizan
frente a la violencia, no callan frente al ataque; por el contrario, uno grita,
el otro enciende la luz y el último increpa como brigadier de la cuadra.
Si bien se narra los hechos desde la perspectiva de los abusadores emergen las voces de protesta de los otros. Sin embargo, los victimarios asumen nuevamente la voz narrativa para justificar sus actos:
Y tú de qué gritas, no ves que es una broma. Esperen que voy
a aplastar unos cuantos enanos. Y el Jaguar todavía se reía, me acuerdo de su
risa cuando yo estaba machucando a los enanos. Ahora nos vamos, pero eso sí,
óiganlo bien y no se olviden: si uno solo abre el pico,
nos tiramos a toda la cuadra de verdad. No hay que meterse con los enanos,
todos son unos acomplejados y no entienden las bromas (p.41).
Esta forma de asumir los actos de
violencia a partir de términos como “broma” o “acomplejados” junto a amenazas directas
de los victimarios (“si uno solo abre el pico, nos tiramos a toda la cuadra de
verdad”) responde sin más a una estrategia de invisibilización o, mejor dicho,
de normalización en la que los que merecen sanción son las víctimas dado que ellos
no siguen con la “broma”.
Mario Vargas Llosa nos ofrece, de
este modo, la posibilidad de que nosotros como lectores podamos leer éticamente
la realidad. Es por eso que hemos regresado a esta novela ante un acto de crueldad
y brutalidad en una escuela. No se sabe realmente si los jóvenes inocentes que
presenciaron aquel acto de horror en un bus escolar pudieron hacer algo en ese
momento. La conmoción o el miedo pueden ser paralizantes. Pero hubieramos
querido, con todo el corazón, que la literatura en ese caso hubiera triunfado
con un final mucho mejor, un final feliz, en la que jóvenes cadetes como “los
perros” del relato” hubieran defendido a un compañero, a un amigo. Un final en la
que ninguna persona hubiera sufrido lo que padeció aquel joven aquel 15 de septiembre.
Referencia bibliográfica:
Vargas Llosa, M. (2012). La
ciudad y los perros (Edición conmemorativa del cincuentenario). Real
Academia Española; Asociación de Academias de la Lengua Española; Alfaguara.


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