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viernes, 31 de agosto de 2012

El Príncipe de Maquiavelo


Alex Romero Meza

Resumen

El príncipe de Nicolás Maquiavelo (De principatibus) es un tratado político cuya finalidad es discurrir y formular las reglas sobre el arte de gobernar y es, por su carácter metodológico y normativo, en un estilo sobrio y directo, una obra de divulgación “científica”. Su autor, aunque posteriormente a la primera redacción, dedica su opúsculo a su Magnificencia Lorenzo de Médicis con el deseo de que él, con sus cualidades y las ideas que a lo largo de una vida ha podido conseguir, encarne el verdadero Estado italiano que unifique los intereses nacionales contra los “bárbaros”.

La obra consta de veintiséis capítulos que sintetizan las experiencias de los reinos antiguos (el Imperio Romano) y modernos (los principados europeos en su historia reciente) en un cúmulo de consejos y normas de acción que, desligada por completo del ámbito de la moral, sirven para adquirir, mantener  y fortalecer el gobierno de una provincia o ciudad, y cuya validez reside en los ejemplos positivos y negativos de los grandes hombres a lo largo de la historia.

A. Primera parte: Clases de principado, formas de gobierno y el sistema de mantenerlos.

En esta primera parte de El príncipe, el autor declara su interés de estudiar exclusivamente los principados y, por tanto, no abordar otras formas de gobierno como sería el caso de las repúblicas. Distingue en un primer momento dos clases de principado: los hereditarios y los adquiridos. Los primeros no muestran grandes dificultades en su conservación o su reconquista pues depende solamente que el príncipe pueda dar continuidad al orden fijado por sus antepasados manteniendo con esto la memoria favorable de sus súbditos con los de su sangre. El único peligro residiría en los excesos del mismo príncipe cuyos vicios, si son extraordinarios, lo pueden hacer odiosos.

Respecto de los principados adquiridos, ya sean nuevos o mixtos, ofrecen mayores dificultades con solo adquirirla pues se está propenso a ofender a los nuevos súbditos, ya sea por ser enemigos, derrotados en la conquista del territorio, o por ser aliados que exigen privilegios sin poder satisfacerlos. En este caso es fundamental mantener el favor de los provincianos sin alterar las leyes y los intereses y desaparecer la línea del antiguo príncipe, borrando con ello la posibilidad de alguna conspiración.

En relación a Estados que se conquistan en una distinta provincia, con lenguas y costumbres diferentes, su forma de conservación más eficaz reside en que el príncipe pueda vivir en el nuevo territorio, remediando cualquier desorden que pueda surgir. Otra medida apropiada es la de contar con colonias, ya que resultan ser más económicas que cualquier ejército y, a su vez, se evita ofender a los conquistados, súbditos derrotados y dominados, con la presencia de los vencedores. Es fundamental, por tanto, para el príncipe que quiere conservar la provincia conquistada contener a los menos poderosos evitando que adquieran mayores fuerzas o autoridad y debilitar a los más poderosos sin permitir la aparición de un reino extranjero otorgándole un protagonismo siempre perjudicial, porque quien propicia el poder de otro, labra su propia ruina.

En la conservación de un principado, se debe tomar en cuenta de igual forma la diversidad de los vencidos, es decir, la forma particular de organización del Estado conquistado, pues ella determinará un grado de dificultad en su mantenimiento. Es así que el autor distingue dos formas de gobierno en un principado. En la primera, el príncipe asume la autoridad exclusiva y sus ministros lo ayudan a gobernar por gracia suya sin haber un grado mayor de compromiso que el de un jefe con sus empleados, En el segunda, el príncipe no guarda una relación de exclusiva autoridad con el pueblo pues será acompañado por los nobles que, por su antigüedad y no por concesión del príncipe, lo acompañarán en el gobierno de la ciudad. En el primer caso, la dificultad residiría en conquistar el principado unificado y fuerte por la voluntad de un solo hombre (sin ninguna de posibilidad de encontrar alianzas internas que por otro lado serían inútiles) pero que, después de hacerlo, no generará mayores problemas en su conservación. En el segundo caso, la facilidad con que se pueden conquistar estos principados resulta clara pues se pueden encontrar alianzas con los nobles que se encuentran descontentos, sin embargo, por lo descrito líneas arriba, eso significa tener como enemigos a los nobles derrotados y potenciales enemigos, si no se los satisface, a los no desinteresados aliados.

Los principados civiles por otro lado, no se adquieren por las armas propias o ajenas, el valor personal o la mera fortuna sino por la astucia del príncipe para ganarse la voluntad del pueblo y de los grandes. El príncipe llega al gobierno con la ayuda de los grandes o la ayuda del favor popular pero en ambos casos es fundamental y necesario tener “al pueblo de lado”. La razón fundamental es que el príncipe pueda mantenerse con menos dificultad en el gobierno de la ciudad debido a que el pueblo se dispone a obedecer su voluntad, contrario a lo que ocurre con los poderosos, que al asumir una condición de igualdad, se resisten a obedecer. Otro argumento a favor de la proximidad del príncipe con el pueblo es la inseguridad que surge al tenerlo como enemigo ya que implica una mayoría, mientras que con los poderosos, al ser pocos, se les puede enfrentar con mayor certeza y hasta reemplazar. Por último la satisfacción plena de los poderosos significaría agraviar la voluntad del pueblo de no ser oprimido mientras que la relación inversa, es decir, satisfacer al pueblo, no tendría la misma proporción pues “el fin del pueblo es más honrado que el de los grandes, queriendo estos oprimir, y aquél no ser oprimido”.

Por último tenemos la descripción del autor sobre los principados eclesiásticos que, si bien el autor no desea reflexionar sobre ellos por ser una actitud propia de un hombre presuntuoso hablar de algo “erigido y conservado por Dios”, nos refiere su carácter particular pues las dificultades solo se dan en su modo de adquisición, apelando para ello el valor o la fortuna, mas no en su conservación pues se apoyan en la tradición religiosa que implica una inamovilidad del príncipe haga lo que haga o manera como se conduzca y proceda.

B. Modo general de los ataques y defensas del principado. El arte de la guerra.

En esta segunda sección se pone de manifiesto los fundamentos con los que debe contar todo Estado para su conservación interna y externa: las buenas leyes y las buenas armas. La idea principal en este punto, en el caso de la conservación del gobierno por medio de las armas, es que se pueda contar con ejércitos propios y no ser presa de los peligros que significa tener un ejército mercenario. La razón principal es que los últimos al estar en batalla no tienen un grado mayor de compromiso que les permita ir más allá de su ambición particular propiciando con ello una lamentable derrota o la de generar situaciones perjudiciales como la de huir en batalla o, al ser vencedores, despojar a los que protegían. Los mercenarios en palabras del autor significan un daño al príncipe pues ellos aspiran a su propia gloria y beneficio personal.
El autor de igual forma considera armas tan inútiles y perjudiciales como la de los mercenarios a las armas auxiliares, es decir, a las tropas extranjeras que se invocan para ayudar y defender al príncipe, pues estas, al perder, mantendrán la unidad y la no obediencia hacia él lo que significará una doble derrota, y si por el contrario resultan vencedoras lo harán a favor suyo teniéndole bajo control y en la condición de prisionero de su propio Estado. Un principado será seguro si cuenta con su propio ejército conformado por los mismos ciudadanos o los mismos súbditos del territorio.

En la parte final de esta segunda sección se recomienda al príncipe cultivar el arte de la guerra pues ella es inherente al que manda y garantiza la obediencia y respeto de los ejércitos pues “no es razonable que quien está armado obedezca gustosamente al que está armado, y que el desarmado se encuentre seguro entre servidores armados”. Se debe por tanto estar dentro de la dinámica de la guerra ya sea por acciones, ejercitando a las tropas o yendo de caza, acostumbrando al cuerpo a la fatiga y reconociendo la geografía de la región, o por el pensamiento o ejercicio de la mente conociendo las victorias y derrotas de hombres  ilustres o antiguos héroes. La pérdida y conquista del Estado depende de ejercer o no este arte.

C. Cualidades y habilidades del príncipe en la relación con sus súbditos y amigos.

Siendo un libro cuya finalidad es la de dar consejos útiles y concretos sobre el arte de gobernar, el autor no busca presentar más que la verdadera y real naturaleza del poder, enfatizando no en una vida buena o mala sino en aquella vida propicia para gobernante, aquella que le permita mantenerse en el poder. Es así que el autor, alejado de un deber ser, nos plantea que la práctica exclusiva de la bondad entre hombres que no lo son llevará a la ruina o el fracaso del gobernante en la conducción de una ciudad, por lo que él debe esforzarse por todos los medios “a poder no ser bueno, y a servirse o no de las circunstancias.” Si bien es loable que el príncipe practique la bondad y evite el vicio se darán casos en que la primera será un obstáculo en la conservación del Estado mientras que la segunda podría significar la seguridad y bienestar en ella. No se debe temer incurrir en el vicio si eso permite salvar el Estado.

Una de las primeras cualidades resaltables del príncipe es la de ser avaro y no liberal, pues la avaricia trae beneficio posteriores que la liberalidad con su agradable inmediatez no podrá alcanzar (salvo si se está en proceso de adquirir un principado). Conservar los bienes propios significa no despojar de los suyos a los súbditos ni imponer impuestos abusivos ni tampoco quedar empobrecido en las rentas al querer iniciar una empresa. Ejercer el vicio de la avaricia garantiza la conservación de Estado pues el gasto propio es el que más perjudica como el de garantizarse el odio de los súbditos despojándoles sus bienes.

Otra de las cualidades del príncipe tiene que ver con la crueldad y la clemencia. Según el autor el príncipe debe ser antes que amado temido por los hombres pues la naturaleza humana mueve a los hombres a ofender los que son clementes pero no a los que son crueles. Es la crueldad el medio eficaz para conservar el orden y la disciplina pues propicia la fidelidad y la unidad de los ciudadanos contra el desorden que acarrea la excesiva clemencia que afecta no a particulares, como en el caso de la crueldad, sino a la generalidad de los hombres. Hacerse temer, por tanto, no significa ganarse el odio de los súbditos  si ello no implica tocar su patrimonio, sus mujeres o propiciar una muerte sin justificación y sin una causa manifiesta. El príncipe con esta cualidad se ganará la reputación necesaria para el liderazgo de las tropas, garantizar su unidad y su disposición en la acción.

El príncipe debe guardar para sí dos maneras de combatir: las leyes y la fuerza. Es esta última la que lo asemejará con los animales pues empleará, según lo requieran las circunstancias, ambas dimensiones, la humana y la animal. La conservación de los intereses hará que el príncipe una especie de zorra que esquiva las trampas y que, en una actitud prudente con el gobierno de la ciudad,  es capaz de quebrar el compromiso y la promesa hecha si redunda en algo perjudicial y los motivos que tuvo para prometer cambiaron. Antes que poseer las cualidades y virtudes morales, que muchas veces no redundan en el gobierno de la ciudad, debe aparentarlas pues de esta forma puede ir fácilmente en contra de ellas si es que la continuidad en el Estado lo exige.

Es necesario también para un príncipe asumir dos temores en el gobierno de un territorio (“uno interior por cuenta de sus súbditos, y otro exterior por cuenta de potencias vecinas”). Si bien uno puede protegerse del exterior con buenas armas y con ello garantizarse buenos amigos en el interior, el príncipe debe hacer frente a la conjura y conspiración de una sola forma: no siendo odiado por el pueblo. La conjura nace cuando se busca satisfacer a un  pueblo descontento y, luego de haber cometido la acción, refugiarse en él. Por lo que se recomienda que el príncipe encomiende las cosas que pueden resultar odiosas, tanto para el pueblo como puede ser para los grandes,  a una instancia intermedia creada por él. Como satisfacer a todos los grupos de poder dentro del Estado es casi imposible, se debe satisfacer a los grupos más fuertes, sin importar cuán corrompida e inmorales sean sus necesidades: la voracidad del ejército, la ambición de los grandes, la insolencia del pueblo, etc.

El príncipe, de igual modo, debe realizar grandes empresas que le proporcionen fama y admiración entre sus súbditos, generar un espacio tal que permita tenerlos ocupados sin intentos de conspiración. Una de estas grandes acciones es la de poder inclinarse a una causa verdadera y decididamente, tomar partido sin asumir una neutralidad siempre perjudicial pues los vencedores sospecharán por no haber recibido ninguna ayuda y los vencidos no lo acogerán por no haber corrido su misma suerte como un amigo y aliado.

Por último, el gobernante debe tener la gente idónea que nunca anteponga sus intereses a los del Estado y a los que hay que honrar para mantener su fidelidad. También es necesario que se guarde de los aduladores, propiciando la sinceridad y el verdadero consejo de un grupo de sabios que tengan el privilegio de hablar con la verdad si temor a ofenderle. La prudencia debe permitirle al príncipe ser bien aconsejado concordando posturas y los intereses ajenos que se traslucen en ellas.

Comentario

Los más resaltante en El Príncipe de Maquiavelo son aquellos rasgos que lo hacen una obra del Renacimiento, en oposición a una anterior y prolongada Edad Media, y, por tanto, ser una de las obras referenciales en la modernidad. Uno de estos rasgos es la de no asumir, como era en el Medioevo, que cualquier hecho terrenal forma parte del proyecto de Dios y bajo el cual el rol del hombre ha sido fijado. Por el contrario, la obra del Maquiavelo nos resalta el rol activo del hombre en la realidad mundana como lo podemos ver en su relación con la fortuna. El hombre aplastado por una verticalidad divina ha sido reemplazado por un individuo con libre albedrío que puede sortear los mandatos de la fortuna dejándonos gobernar la otra mitad de nuestras acciones. La fortuna en Maquiavelo puede ser resistida por medio de la virtud y sobrellevada con una actitud asertiva con la circunstancia (“la fortuna es mujer: y es necesario, cuando queremos tenerla sumisa, zurrarla y zaherirla”).

La ciencia política en la obra del autor florentino es otro de los rasgos que nos permiten vislumbrar otra época y valorarla como fundadora de la modernidad. Las explicaciones en términos terrenales ya soy posibles en este libro. La descripción objetiva como la explicación racional, presente en cualquier disciplina científica, se manifiesta en El Príncipe. La normativa derivada de esta descripción y explicación se puede considerar de igual manera como regulación y aplicación posterior de la ciencia: tecnología. Sin embargo aún no todos los ámbitos de la política son abarcados por la razón humana. El ámbito divino, como es el caso de los principados eclesiásticos, no se sujeta a explicación racional pues tienen su origen en “los designios de Dios”, por lo que cabe hacer una descripción objetiva de lo que puede verse en ella sin salir de esa barrera pues “son gobernados por causas superiores que la mente humana no alcanza (…) discurrir sobre ello sería propio de hombre presuntuoso y temerario”.

Otro de los rasgos propios de la modernidad que quisiera revalorar en este libro guarda relación con los cambios producidos en esa época. El hombre siente que no hay un lugar fijo para él y lo que predominará no son los estamentos sino el individuo. Vemos con claridad cómo en Maquiavelo convertirse en príncipe no es algo tan difícil para ningún individuo si es que sigue el arte de la política y, por qué no mencionarlo, el arte de la guerra pues en la mayoría de sus ejemplos se ve a la milicia como un modo de ascenso rápido al poder (cosa que nos hace recordar nuestros caudillos y dictaduras militares que no es otra cosa que la fuerza como argumento político y que nos lo manifiesta el autor en toda su magnitud).

El llamado maquiavelismo en la obra del El Príncipe, es decir, esa separación entre la moral, la política y la religión, exige una postura ética del lector que implicará  asimilar o no todo el corpus teórico  del autor, toda una concepción de la política, tan sanguinaria como descarnada, que resulta muchas veces estremecedora, por la crudeza con la cual se describen las acciones de los hombres y la certeza y verdad que tienen sus consejos. Es una obra asume un grado de escepticismo que puede cuestionar los fundamentos morales de los hombres que quieren introducirse en la política de sus naciones y “pervertirlos” en una actividad que “debería” ser noble y desinteresada.  La pregunta esencial frente a este hecho sería, ¿cómo hacer que Maquiavelo obre para el bien? ¿Cómo tener una experiencia acorde a la moral a partir de su lectura? Pienso que la obra podría asumirse de una manera distinta, donde es famosa “utilidad” política tenga otra orientación. Se debe, y esa es mi postura, considerar a este tratado como un material científico que, por su carácter real y objetivo, puede ser empleado de distinta forma. Podemos hacer que este libro nos permita reconocer dentro de nuestro devenir como Estado y nación a los príncipes maquiavélicos de nuestra política, revelar el verdadero rostro de aquellos que ingresan a la política sin otra intención que el del beneficio personal. Revelar las justificaciones y los modos cómo se conservan los grupos de poder de la manera más ilegítima e inmoral. El Príncipe por tanto nos permite, desde una mirada, si se quiere, idealista y ética, tener una visión real y concreta de lo que se debe confrontar, sin engañarnos en los falsos argumentos morales y solidarios de aquellos que buscan su interés. La obra propiciaría un desengaño positivo de los que conforman la política y lo que se oculta detrás de “las mejores intenciones de los gobernantes” o de aquello que se hace por “el bien del país”; la razón de Estado de la que hablaba Maquiavelo y que no es otra cosa que un modo de garantizar un determinado orden y un grupo de poder justificando toda forma de violencia y tiranía.

domingo, 4 de marzo de 2012

Comentario y resumen al Libro IV de La República (Politeia) de Platón


Alex Romero M.

Introducción:
El presente trabajo abarca la segunda mitad del libro IV (433a-444e) y que, de igual manera que con los libros anteriores, sigue la exploración iniciada en el libro I: saber por qué es más ventajoso ser justo que injusto conociendo la verdadera naturaleza de la justicia y valorándola como tal, reconociendo los efectos que se producen en sí misma, sin apelar a ninguna recompensa o castigo para aceptarla como beneficiosa. Para esto se han presentado imágenes aproximadas o “sombras” (doxa) de lo que es la justicia con el fin de poder cuestionar tales ideas, reconocer sus defectos y limitaciones, y, a su vez,  con esto rebatirlas como posibles respuestas al problema planteado, aunque sí como un medio de desbaratar antiguas concepciones y precisar aún más los márgenes de nuestra búsqueda. En otras palabras, ser espectadores y partícipes de un prolongado y difícil ascenso al mundo de lo inteligible y asumir el reto que Sócrates planteó a los sofistas y sus discípulos: la búsqueda permanente de la definición.

I. La justicia en la ciudad:
El método utilizado por Sócrates en su diálogo con Glaucón es el de haber entendido en un primer momento que la justicia se presenta en dos planos complementarios: el Estado (1) y el individuo. Al haber una correspondencia entre ambas, la justicia se presenta de manera igual en la función que deben cumplir. Por tanto, reconocer la justicia en una nos llevará a reconocerla en la otra, cosa que resultará favorable pues resaltaremos con mayor facilidad y exactitud la justicia en el Estado para luego reconocerla en el individuo. Pasar de las letras grandes  a las pequeñas, al ser ambas iguales pero en distinta dimensión.
Es así que Sócrates construye su Estado ideal pues sólo ahí puede existir la justicia perfecta, con una verdadera división de clases de acuerdo a criterios de actitud y de naturaleza para cumplir con determinadas actividades (Gobernantes, auxiliares o guardianes y comerciantes). La justicia se identificará aquí con el principio de división del trabajo. Según este principio las clases o partes del Estado deben asumir cualidades o valores que las definan como tales y que garanticen la unidad (perfección) de la polis. Los valores son la templanza, el valor y la prudencia, y a partir del reconocimiento de éstas podemos resaltar la que nos resulta esencial: la justicia. Es la que va permitir el orden saludable de sus partes, estableciendo relaciones fijas (kosmos) entre las clases. Si bien esto la hace semejante a la templanza, ella tendrá una mayor preeminencia pues permite que el resto de cualidades tengan la fuerza para surgir y conservarse. El principio con el cual se organizó el Estado ideal, para sorpresa de Glaucón y Sócrates, era la primera forma de la justicia, pues ella garantizará la perfección, la unidad y el orden de la polis. Principio por el cual cada integrante debe tener una sola ocupación de la cual uno, según propia naturaleza, esté dotado de manera más idónea: “hacer cada uno lo suyo y no ocuparse en muchas actividades” (433b).

II. La injusticia en la ciudad:
Al asumir esta idea de justicia, los gobernantes la tomarán como principio en los procesos, por lo cual “nadie debe poseer lo ajeno ni dejar de poseer lo propio”. Proceder con justicia es entonces asegurar a cada uno su propio bien y el ejercicio de la actividad que le es propia (334a). La injusticia será, por tanto, la ruina de la ciudad pues significará ir en contra de este principio y la idea inicial de justicia que permitió la organización del Estado ideal. El intercambio de miembros de una clase sin mérito alguno y la injerencia de los individuos en funciones ajenas significará la entremezcla de clases, la desunión y el desastre, y debe ser considerado como algo funesto, como un verdadero crimen (434 a-b). Es indispensable que los guardianes, comerciantes y gobernantes se mantengan dentro de su clase y que cada uno haga lo suyo.

III. La justicia en la correlación Estado-Individuo:
Como se explicó líneas arriba, el método que emplea Sócrates es conducirnos desde la justicia en la ciudad hasta la justicia individual a partir de la semejanza o igualdad que tienen ambas, tanto en su naturaleza como en la misión que cumplen en su organización interna. Es así que podemos afirmar que resulta ser más fácil reconocer la justicia en el hombre si antes podemos verla en un modelo más grande que la contenga, la ciudad. Luego de haber visto la justicia en la ciudad, entonces, corresponde verla en el individuo y es así que podremos establecer en un primer momento, debido algún cabo suelto en nuestra investigación, algunas diferencias entre ellas, por lo cual se deberá regresar a la primera, para distinguir mejor lo que no se puede entender a simple vista en el individuo, “comparando y frotando para que brille la justicia”. La igualdad de ambas será posible pues el hombre justo es el origen de una ciudad justa y no podrá diferenciarse de ésta “los individuos tienen que mostrar las mismas características que el Estado, pues el Estado no es sino los hombres que la componen.” (2)

IV. Las clases del Estado y las partes del individuo:
La ciudad justa, como se dijo, presenta tres clases y cada cual asume la cualidad para cumplir la función que le era propia, pues eran ellas las que le permitían encauzar la naturaleza y función de la clase:
Comerciante          - Temperante
Guardían                  - Temperante – Valeroso
Gobernante            - Temperante – Valeroso – Prudente
Al afirmar la igualdad del Estado con el individuo, se debe hallar en el alma las partes que corresponden a la ciudad y verificar que ambas tienen las mismas cualidades y por tanto son dignos de los mismos calificativos (435c). Si la composición de la ciudad parte del individuo, las partes de éste son las mismas que aquella, por lo que la interrogante principal es saber a ciencia cierta si todas las funciones las asumen una sola parte o hay en realidad tres partes en la que cada cual asume su función psicológica propia o si por el contrario el alma (psyche) (3) entera asume cada cosa que queramos realizar (436b). Las tres partes que se corresponderían con las clases de la ciudad o Estado serían: lo racional (la parte que permite aprender y deliberar acertadamente), lo irascible (la parte que permite encolerizarnos y tener cualquier sentimiento sanguíneo) y lo concupiscible (parte que nos permite desear los placeres de la comida y la reproducción de la especie).

V. Principio de no contradicción:
Las tres formas fundamentales de actividad psicológica al poder ser dirigidas manera de unitaria por el alma o poder presuponer un elemento distinto para cada una de ellas, requerirán de un principio que nos permita saber cuál es el verdadero funcionamiento del alma. Este principio es el llamado de no contradicción en el cual se establece que “una cosa no puede ser sujeto agente o sujeto paciente, de modos diferentes, en la misma parte de ella, en relación con el mismo objeto.” (4). Es decir, que el individuo hacer y sufrir de forma contraria y al mismo tiempo en una misma parte y en relación con un mismo objeto (437a). Sócrates nos dirá que una cosa no puede estar quieta y moverse al mismo tiempo. Un ejemplo claro lo vemos en los apetitos de hambre y sed al nivel de la parte concupiscente del individuo. Cuando alguien tiene sed lo tiene en relación con un objeto, en este caso la bebida, y es esta parte la que nos inclina a satisfacer ese apetito, pero hay ocasiones en que nos negamos a beber  a pesar de que tenemos tal necesidad. El negarse a beber (digamos, porque la bebida está envenenada) no se produce en una misma parte del alma, no será de la misma parte concupiscente, pues fue ella la que nos empujó a hacerlo como un impulso, sino a otra distinta, la que no llevó a rechazar algo perjudicial, que nos previno del mero impulso, la parte racional de nuestra alma (439b).
Podemos con esto reconocer una parte de nosotros que desea, que tiene hambre y sed y es presa fácil de los apetitos inmediatos como solidaria a cualquier placer o satisfacción. Se le conoce a ésta, como se dijo líneas arriba,  como parte concupiscible. Mientras la parte razonable del alma es la que nos induce a aprender y a deliberar correctamente. Con esto se ha reconocido dos partes y funciones psicológicas del individuo, pero ¿dónde está la tercera parte?

VI. En busca de la tercera parte del alma: lo irascible
Aquello que nos lleva a encolerizarnos, lo irascible, está sometido a dos posibilidades: a) a que forme parte de una de las dos partes mencionadas anteriormente, b) que su origen, diferente de las dos, se encuentre en una tercera parte del alma. La creencia común nos dice que lo irascible forma parte de lo concupiscente, pero en muchas ocasiones podemos ver que una persona, que se ha dejado llevar por un impulso contrario a la razón, se encoleriza consigo mismo y con la parte que lo empujo a ello. Lo que nos lleva a pensar, según Sócrates, que lo irascible es parte de la razón (5) y por tanto no puede formar parte de lo concupiscible pues va contra ella.
 En los conflictos del alma, la cólera lucha a favor de lo racional si es que no se ha distorsionado por una mala educación. Si se ha cometido una injusticia contra alguien, esa persona soportará todas las aflicciones y apetitos con tal de lograr justicia o pueda ser apaciguado por la razón. Por tanto, existe una parte del alma que corresponde a lo irascible que es el auxiliar de la razón y que se erige como un valor moral o indignación moral frente a una mala acción.

VII. La naturaleza de la justicia en el individuo:
En el individuo hay entonces las mismas partes que en la ciudad e iguales en número. De igual modo asume las cualidades que le son propias. Prudente, valerosa, templada y también justa.
La ciudad es justa porque cada clase hacía lo que el correspondía hacer, de igual forma, el alma es justa por que cada una de sus partes hace lo que es propio de ella, cumple su propia función.
  •  Parte racional: debe vigilar el bienestar del alma entera por ser prudente y conducir al individuo adecuadamente con una acertada deliberación sobre los hechos que se presentan ante él.
  • Parte irascible: debe obedecer y secundar la parte racional, la fuerza de voluntad que el permite estar por encima de cualquier apetito.
Ambas consolidan su alianza gracias  a la educación, pues sin ella lo irascible puede irse a favor del apetito. A través de la instrucción ambas cumplen lo que les es propio y gobiernan sobre.
  • Parte Concupiscible: ocupa la mayor parte del alma, es insaciable en lo que bienes materiales se refiere.
Es fundamental evitar que esa parte se ensanche, negándose a hacer lo suyo e intente gobernar sobre aquello que no le compete.
La parte racional resulta ser prudente, posee la ciencia de lo conveniente para todas las partes y para todo el conjunto. La parte irascible es valerosa pues sigue sin vacilar las órdenes de la razón acerca de lo que se puede temer o no. La templanza, igual que en la ciudad, debe estar presente en cada parte y entre ellas. Es la armonía que se logra entre las partes que se subordinan a otras, cuando la razón manda sobre las otras dos y no hay cuestionamiento sobre eso. La justicia es, por tanto, la virtud por la cual cada parte del alma debe realizar aquello que le corresponde de acuerdo a su función, procurando estar en armonía con los demás. El hombre que se forme de acuerdo a la justicia de sus partes nunca podrá realizar una acción contraria o negativa.

NOTAS
1. En Los filósofos griegos (William Guthrie Fondo de Cultura Económica. México, 1994), el autor nos plantea que fueron dos los motivos importantes en la filosofía de Platón:
a) Consolidar la enseñanzas de Sócrates y defenderlas contra objeciones inevitables y
b) Defender (o hacerla merecedora de ser defendida) la idea de ciudad-Estado como unidad política, económica y social independiente, frente a un proceso de decadencia debido a la creación de grandes reinos como el de Filipo y, sobretodo, por el colapso moral y las tiranías dentro de las polis. Platón, asumiendo el papel de reformador, quiere conservar la idea de polis. Es así que cuando habla de justicia de la ciudad para luego ir a la justicia del individuo, el primero nunca podrá reducirse en importancia al segundo pues ambas se garantizan mutuamente. Solamente podrá sobrevivir si la polis “conserva la homogeneidad, o más bien la armonía, (…) basado en que cada ciudadano aceptase el desempeño de una función en consonancia con su carácter y capacidad” pág. 98.
2. Historia de la filosofía griega Guthrie Editorial Gredos. Madrid, 1990. Pág.453
3. Psyche, asiento de las facultades morales e intelectuales, y que tiene mucha mayor importancia que el cuerpo. Platón se va ir contra la concepción tradicional de su época, expresada ya desde Homero, en la cual el alma era solo un halo que al desprenderse del cuerpo carecía ya de una existencia verdadera, pues es el cuerpo “el que anima y da eficacia al alma”.
4. Historia de la filosofía griega Guthrie Editorial Gredos. Madrid, 1990. Pág.455
5. La relación con el Fedro es inevitable. En este diálogo se nos cuenta sobre el mito del carro alado, en la que el auriga debe conducir con dificultad un coche llevado por dos caballos, uno blanco, hermoso y bueno, y uno negro, contrahecho y sanguíneo. Es con ambos caballos, uno como ayuda y apoyo y el otro como el mayor de los obstáculos, que el auriga debe ascender a los cielos para percibir algo del bien absoluto. Esta sería una metáfora  de la tripartición del alma que nos presenta Platón en este libro. El auriga representaría la parte racional, el valor y la voluntad en el caballo blanco y los impulsos instintivos en el caballo negro.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Ética y Universidad


Uno de los mejores modelos educativos de todos los tiempos, tanto a nivel escolar como universitario, fue el sistema escocés de fines del siglo XVIII. Esta es una tesis osada y discutible, pero tengo razones para sostenerla.
Solo por recordar algunos nombres que procedieron de ese período, uno podría mencionar a Thomas Hume y Francis Hutcheson, dos de los más grandes filósofos de cualquier época; a Adam Smith, uno de los padres de la economía moderna así como pensador de las ciencias sociales y morales; a Thomas Reid, uno de los filósofos más innovadores de ese período; a sir Walter Scott, el fino escritor y poeta. Se podría mencionar más nombres, aunque sería innecesario.
Pero ¿qué hicieron los miembros de la llamada Scottish Enlightenment para merecer estos elogios? Por lo menos dos cosas: por una parte, mantuvieron una tradición de fomento y respeto a la libertad intelectual, solo comparable con Holanda, donde se permitía investigar prácticamente cualquier tema, con la certeza de que, si la investigación es buena, no nos alejará de la verdad sino que nos acercará a ella. Muchos años después, a comienzos del siglo XXI, el filósofo estadounidense Richard Rorty estableció un principio que debe guiar nuestra vida académica: “Usted cuide la libertad, que la verdad se cuidará a sí misma”. En efecto, mientras haya libertad para leer, estudiar e investigar, la verdad se irá revelando progresivamente, pues es imposible ocultarla. La mejor manera de impedir el conocimiento de la verdad es intentando protegerla mediante mecanismos de censura. En el siglo XVIII, los intelectuales que no querían ser perseguidos por sus ideas, como Descartes o Spinoza, tenían que huir de sus respectivos países, donde su lectura estaba prohibida, y se instalaban en Holanda y, en menor medida, en Escocia, donde no solo no se les incomodaba por lo que pensaran sino que se les protegía de sus perseguidores.
Lo segundo que hicieron los escoceses y que permite que ahora los recordemos con respeto fue desarrollar un sistema educativo meritocrático que tuvo como objetivo formar, con niveles de excelencia, a todos los estratos sociales, no solo a las élites económicas más poderosas, como ocurría en toda Europa y como había venido ocurriendo desde la creación de la Academia platónica y el Liceo aristotélico de Atenas, probablemente las instituciones de educación e investigación precursoras de los que posteriormente serían los primeros centros académicos. Como es sabido, desde que existen sociedades con estratos sociales diferenciados en función de criterios económicos, la educación ha estado en manos de los grupos más favorecidos y ha tendido a perpetuar las diferencias sociales y económicas, no solo manteniendo en la ignorancia a los grupos más pobres, con lo cual se impide tácitamente su ascenso social y su participación en las decisiones políticas colectivas, sino también elaborando complejas justificaciones ideológicas sobre por qué es necesario y conveniente que así sea.
Pero volvamos a Edimburgo. A comienzos del siglo XVIII, Escocia era probablemente el país más pobre de Europa occidental. Sin embargo, para 1750 los escoceses tenían el nivel de analfabetismo más bajo de Europa, de aproximadamente 25%, tenían el mejor sistema universitario de ese continente y, aunque eso pueda ser más discutible, quizá de todo el mundo. Ese sistema universitario hizo algo radicalmente novedoso, pues consideró deseable educar a todas las clases sociales, lo que generó un sistema meritocrático en el que el hijo de un campesino podía tener la misma educación que el hijo de un banquero. Eso nunca se había hecho, porque la educación estaba en manos de los grupos más afortunados, quienes consideraban riesgoso educar a los pobres, ya que ello podría tener como consecuencia la necesidad de competir con ellos. Esto produciría mayor movilidad social y, por tanto, haría que la vida fácil se pudiera hacer dura, esto es, tanto como la de los pobres. Ese sistema educativo no se estableció en Inglaterra; por el contrario, mientras Escocia era, para la época, el paradigma de la movilidad social y la meritocracia, Inglaterra lo era del inmovilismo social y de la brecha entre clases, que solo se atenuó después de la Segunda Guerra Mundial.
Es necesario preguntarse por qué Escocia tuvo este régimen tan diferente del de sus vecinos. Seguramente hay muchas causas que lo explican, pero una particularmente importante fue la Reforma y, especialmente, la presencia del calvinismo. Siendo esta denominación cristiana particularmente democrática y cuestionadora de las jerarquías que imponen su punto de vista sin defenderlo mediante razones, la sociedad escocesa, en sus diversos estratos, se acostumbró a dudar de los argumentos de autoridad, y convirtió en un hábito el dar y exigir razones para aceptar algo. El calvinismo fue llevado por los escoceses a otras latitudes, como por ejemplo a los Estados Unidos por los presbiterianos, influyendo notablemente en sus sistemas sociales y educativos.

Es lamentable tener que reconocer que la sociedad peruana, en términos educativos y universitarios, está en peores condiciones que Europa hace trescientos años. El peruano pobre pasa los primeros años de su vida malnutrido, con lo cual su cerebro no se desarrolla con su mayor potencial. Como estudia en un colegio estatal con mínimos recursos, normalmente no puede acceder a una universidad y, en consecuencia, no consigue un trabajo competitivo, de forma que permanece tan pobre como los fueron sus padres y sus abuelos. Un niño criado en una familia económicamente holgada, por el contrario, estará bien alimentado, asistirá a un nido que reforzará sus habilidades, estudiará en un colegio que le permitirá acceder a buenas universidades y, como lógica consecuencia, podrá conseguir un trabajo bien remunerado. Así se perpetuará la brecha entre pobres y ricos, casi independientemente del talento natural que tengan los jóvenes y del empeño que hayan puesto en su trabajo. Sin duda hay excepciones, pero no se negará que esta es una regularidad que vale para la mayor parte de peruanos.
La educación peruana no es pero debe ser un instrumento de movilidad social que favorezca a los más talentosos y esforzados, no a quienes carecen de estas virtudes y tienen solamente la suerte de haber nacido en una familia que pudo pagarle una educación a la que la mayor parte de peruanos no puede acceder. El Perú debe abandonar el modelo educativo elitista que ahora tiene, para acceder a uno meritocrático, en el que los jóvenes más trabajadores e inteligentes tengan una educación con estándares internacionales. Por lo menos en lo que respecta a las universidades, y en contra de lo que suele creerse, eso es perfectamente realizable. Habría que empezar con que el Estado decidiera aumentar y controlar correctamente los presupuestos de las universidades nacionales, estableciendo criterios estrictamente académicos de contratación de los profesores, fomentando la investigación, y dando becas completas, que incluyan mantenimiento, vivienda y alimentación a grupos selectos de jóvenes de todo el país. Si, además, el Estado financiara posgrados para esos mismos jóvenes, en las mejores universidades del mundo, en dos generaciones tendríamos una élite intelectual que no tendría nada que envidiar a las élites intelectuales de un país desarrollado, con la ventaja adicional de que estos muchachos procederían de diversos estratos sociales y económicos, con lo cual se apresuraría el deseable e inevitable proceso de cambio social que, lentamente, ya está ocurriendo. El Estado peruano está en perfectas condiciones para hacerlo; si no se hace es porque no existe el interés, no porque no se pueda. Hay que notar que con un buen sistema educativo, muchos países lograron salir de la pobreza.
Impartir una educación universitaria de calidad que fomente la movilización social es tarea del Estado, aunque, por diversas razones eso no se llega a cumplir en el país. Es curioso que una universidad privada, como la PUCP, haga lo que tendría que estar haciendo el Estado, que es educar, con niveles de excelencia, a las clases menos favorecidas para facilitar el cambio social meritocrático. Actualmente, más de la mitad de los estudiantes de nuestra Universidad está en las escalas económicas más bajas, es decir, no cubren con sus boletas de pago el costo real de su educación. Esto solo se puede hacer porque el objetivo último de la PUCP es la creación y transmisión de conocimientos y cultura, no el lucro, y porque tiene un eficiente sistema de administración de sus recursos.
Pablo Quintanilla
Artículo completo aquí.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Ética y política en la razón comunicativa


Alex Romero M.

La relación entre la ética y la política y el modo cómo puede aplicarse tal relación a la realidad peruana actual surge con la idea, primero, de concebir a un agente que haga posible lo ético y lo político a partir de presupuestos que deben ser explicitados. ¿Quién es este agente? ¿Qué características inherentes lo hacen un sujeto de reflexión por parte de la ética y la política?
En primer lugar, debemos considerarlo como un sujeto capaz de conducta intencional, es decir, que realiza acciones por razones (ya sean estas ideas, deseos y creencias) y motivaciones de distinta naturaleza, diferenciándolo de esta manera de los animales cuya conducta “intencional” es limitada o restringida pues sólo responden a necesidades primarias inmediatas.
En segundo lugar, tal agente es un sujeto racional, entendiendo lo racional como una propiedad diádica o relacional entre el agente y un intérprete que, a través de una interacción comunicativa, permite al segundo comprender y explicar las manifestaciones internas y externas del primero, atribuyéndole un sistema interconectado de estados mentales y comportamientos intencionales en donde sus elementos se definen mutuamente, es decir, donde se establece una relación coherente entre ellas. El agente es racional porque puede ser comprendido por la articulación (que uno le atribuye y a su vez encuentra) entre sus creencias, deseos y acciones, y en la que, en consecuencia, uno puede entender una parte de su sistema de vida en correspondencia con los demás elementos de ese mismo sistema.
En tercer lugar, los criterios de objetividad y validez de las acciones y creencias del agente se dan a partir de la interacción comunicativa con el intérprete que posibilita un reconocimiento intersubjetivo de estos criterios. Estas creencias y acciones del agente para ser consideradas racionales deben ser susceptibles de fundamentación y de crítica, es decir, deben explicitar las razones que permita aceptar o rechazar su validez a partir de la articulación de los elementos de su sistema de vida.
A partir de estos presupuestos, veremos que la ética y la política son formas de reflexión sobre la dimensión práctica del agente, pues se interrogan sobre los fundamentos que dirigen su acción y buscan establecer los criterios de validez de los mismos. La ética investiga el sentido de la vida moral para derivar la certeza de las normas que dirigen las acciones humanas. La política por su parte investiga la manera cómo los individuos, en tanto sujetos éticos, resuelven sus problemas colectivos procurando conducir a sus miembros a un acuerdo o “contrato social” que les permita una convivencia social armónica dirigida al bien común. La coincidencia de ambos parte de la exigencia de comprensión y racionalidad en las manifestaciones del agente de acuerdo a las necesidades y circunstancias de su entorno social.
Se ha visto, por ejemplo, que muchos individuos, como es natural dentro de la primera etapa de desarrollo moral del niño, realizan una conducta “ética” restringiéndose al solo cumplimiento de la norma sin captar las razones que la fundamentan, sin plantearse la exigencia moral de estas normas como sujetos morales autónomos. La ausencia de racionalidad en la conducta moral de los individuos trae el peligro latente de que el conjunto de valores que la sustentan se estanquen o se distorsionen al no ser hechos materia de cuestión por los mismos individuos,  prevaleciendo de esta forma la arbitrariedad, la imposición y los prejuicios en el contexto social e individual. Lawrence Kolhberg ha ubicado este tipo manifestación en una primera etapa denominada “orden preconvencional” donde la justicia o lo justo (concepto central en la ética social y en la política) es la obediencia simple, sin conocimiento de los fundamentos o razones, de las normas y la autoridad por temor al castigo o al daño material. Como vemos,  en este nivel se plantea una moral de “esclavos” y una relación instrumental con el entorno donde es imposible la realización de los valores éticos universales y una verdadera convivencia social.
La realidad peruana actual presenta una problemática que no es muy distinta a la que hemos presentado en el campo de la ética y la política. La educación en el país, por ejemplo, promueve la transmisión de saberes objetivos, imparciales y unívocos (“San Marcos fue fundada en 1551”, “Lima es la capital del Perú”), pero no aquellos sometidos a una argumentación racional que permitan problematizar sus fundamentos.
En el caso de la ética y la política la problematización se hace manifiesta porque no es un cuerpo definido de contenidos y se somete a un constante debate para explicitar las razones que sustentan una norma moral y una acción política colectiva. Desarrollar la reflexión ética y política en la educación se hace necesaria en el país, pues implica que los sujetos asuman su condición de seres racionales tematizando la validez de sus principios morales, se comprometan con ellos y puedan realizar acciones que conduzcan al bienestar común.

Blibiografía:
Weston, Anthony. Las claves de la argumentación. Editorial Ariel.2001
Habermas, Jurgen. Teoría de la Acción Comunicativa (tomo I). Madrid. Editorial Taurus, 1987
Sanz Elguera, Julio César. Argumentos morales y argumentos éticos. Lima. Fondo editorial Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1998
Salazar Bondy, Augusto. Introducción a la filosofía. Lima. Editorial Universo, 1969
Quintanilla Pérez-Witch, Pablo "Interpretando al otro: Comunicación, racionalidad y relativismo", en: Relativismo y racionalidad, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2005.

sábado, 22 de octubre de 2011

Pluralismo y encarnación


Una de las objeciones más sencillas – y manidas – al pluralismo ético consiste en identificarlo con “el punto de vista desde ningún lugar”, para utilizar una expresión de Thomas Nagel. No es un cuestionamiento novedoso. El crítico supone que la defensa del respeto por la diversidad o el reconocimiento de la heterogeneidad y la potencial conflictividad de los bienes se plantea desde una concepción de la racionalidad práctica ahistórica y socialmente desvinculada. Me parece que la crítica incurre en la confusión y en más de un lugar común.
Voy a concentrarme brevemente en el pluralismo liberal como interpretación ético-política, y a dejar para otra oportunidad una reflexión específica en torno a la vida de instituciones puntuales, como por ejemplo las universidades. La tesis liberal en torno a que se hace necesario construir un marco legal y político que permita la coexistencia de diversas visiones de la vida buena o de la trascendencia religiosa, un marco que genere la apertura de espacios extra-estatales que constituyan escenarios de discusión en torno a los fines de la vida, resulta a la vez sensata e importante. Se deja así en manos de los propios ciudadanos (y de las instituciones sociales a las que han elegido pertenecer) la responsabilidad de examinar críticamente y cultivar sus creencias sobre el sentido de las cosas. El Estado como tal no se compromete con la corrección de ninguna doctrina particular, sólo prumueve una concepción de la justicia que permita la coexistencia social y la observancia del sistema de derechos básicos.
Esta comprensión no es fruto de un mero experimento conceptual - tipo el contrato -, es resultado de una amarga historia de experiencias de violencia cultural e intolerancia religiosa. Las guerras de religión, los crímenes de odio, así como diversos abusos cometidos desde los Estados confesionales, persuadieron a los pensadores de la modernidad a encontrar en la perspectiva de un Estado plural una estructura política abierta a las libertades religiosas. Las personas, las asociaciones religiosas y las comunidades académicas están entregadas a la búsqueda de la verdad y al cuidado del sentido de la vida, pero la verdad doctrinal no es una ‘meta de Estado’, a diferencia de la observancia de la justicia. Convertir la búsqueda de la verdad doctrinal en una ‘meta de Estado’ generó expresiones de barbarie como la inquisición, la cruzada contra los albigenses y otras formas seculares de persecución ideológica bajo el estalinismo y el fascismo. Este propósito provocó el control de las conciencias, la quema de libros y diversos atentados contra la vida y la dignidad. El enemigo del pluralismo liberal es el integrismo (la actitud del "pensamiento único", aunque los conservadores usen hoy esta expresión en un sentido diferente).

El pluralismo constituye una concepción ética encarnada que no implica "relativismo". Quien en el seno de las asociaciones religiosas y las comunidades académicas – fuera de la tutela del Estado - se compromete con el trabajo de reflexión crítica sobre la verdad y el cuidado del sentido de la vida, no considera (ni al inicio ni al final del diálogo) que todas las visiones de la vida valen lo mismo o son igualmente “correctas”; esa precaria hipótesis constituye un lugar común en diversos libros de texto que dejan de lado una descripción más detallada de lo que realmente está en juego en el ejercicio del diálogo. La “superioridad racional” es un asunto que se pone de manifiesto en el propio proceso del diálogo - pensemos en el oficio del propio Sócrates -, y que depende de la disposición de los interlocutores al contacto genuino entre las posiciones y los horizontes que les subyacen. No hay aquí “relativismo”, tampoco “desvinculación”. Isaiah Berlin lo ha planteado muy bien al examinar el pluralismo de Vico y Herder:
“Yo prefiero café, tu prefieres champagne. Tenemos diferentes gustos. Aquí no hay más que decir´. Eso es relativismo. Pero el punto de vista de Vico y el de Herder no corresponden a esto: esto es lo que he descrito como pluralismo – esto es, la tesis de que hay muchos fines diferentes que el hombre puede buscar y aún ser plenamente racional”[1]
Gonzalo Gamio

[1] Berlin, Isaiah “The idea of pluralism” en: Anderson, Walter T. The truth about the truth New York, G.P. Putnam´s sons 1995 p. 51.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Noam Chomsky: lingüística y política




Alex Romero M.

Al consultársele a Noam Chomsky sobre si existe o no una relación entre sus aportes a la lingüística y sus ideas políticas, campos en los que ha destacado de manera inobjetable y lo han convertido en uno de los grandes intelectuales del siglo XX, respondió que esa relación era extremadamente sutil. Consideró que eran dos puntos de vista distintos que reflejaban posiciones en las “uno puede tener la razón y, a la vez, estar equivocado”. Sin embargo, con el riesgo de no poder establecer una relación adecuada entre ambos niveles, Chomsky nos lleva considerar un eje articulador: el concepto de naturaleza humana.
El hombre posee la habilidad de crear y crearse así mismo, y esta libertad de realizar actos significativos —en el ámbito de la lengua, la interacción social o el arte— tiene como base un sistema de reglas y normas. Esto resulta importante, aunque aparentemente paradójico, pues la libertad absoluta, aquella que la mayoría considera como la verdadera libertad pues carece de restricciones, sería opuesta a la libertad creadora del hombre ya que no nos permitiría establecer un criterio de valor a lo que se haga. La ausencia de criterios preestablecidos para el actuar nos lleva a considerar que todo es válido y carente de sentido pues uno “puede hacer lo que se le antoje”. Un ejemplo claro de esto se ve en el arte contemporáneo donde la posmodernidad no nos ofrece  ningún estándar de apreciación estética, restringiéndose sólo a parámetros externos como la publicidad y la cotización en el mercado.
Chomsky nos ofrece la posibilidad de reflexionar sobre nuestra actividad creativa, que nos define como seres humanos, y que es posible sólo a partir de un conjunto de reglas y principios. La lingüística generativa, por ejemplo, nos plantea la capacidad innata del lenguaje con la cual podemos asimilar un sistema de reglas de una lengua y producir una cantidad infinita de oraciones.  De igual forma, nuestra vida social obedece previamente a una serie de leyes que encauzan nuestras acciones y nuestro funcionamiento como seres sociales. Habría que descubrir tales leyes y conocerlas para poder crear estructuras sociales más acordes a lo que es nuestra naturaleza humana.
Para Chomsky, la vida humana es esencialmente la necesidad de crear o producir con libertad, según nuestras propias condiciones y rasgos inherentes, en relación con los otros sujetos de nuestro entorno como es el caso de la lengua y la vida social.


Nota: Les dejo un enlace de la conferencia magistral hecha por Chomsky en nuestra (aún) Pontificia Universidad Católica del Perú titulada Exploraciones biolinguísticas: diseño, desarrollo y evolución.

Recomendado: AVRAM NOAM CHOMSKY LINGÜÍSTICA, POLÍTICA Y RESPONSABILIDAD