martes, 20 de octubre de 2020

PROYECTO EDUCATIVO: HOMENAJE A OQUENDO DE AMAT Y SUS "CINCO METROS DE POEMAS"

En el 2017 se cumplieron los 90 años de publicación de un libro extraordinario: Cinco metros de poemas (1927) del poeta puneño Carlos Oquendo de Amat. No hay duda que la literatura se celebra y resulta ser maravilloso si es junto con los más jóvenes. Esta es una pequeña muestra de lo que profesores y alumnos pueden hacer para homenajear a un poeta que murió en "la España distante", exiliado solo de aquellos que le fueron adversos, pero nunca de su país y de los suyos (nosotros, lectores, siempre amantes de la poesía) que aún lo celebramos.   


HOMENAJE A CARLOS OQUENDO DE AMAT

 CINCO METROS DE POEMAS (1927)


OBJETIVOS

- Difundir la obra vanguardista de Carlos Oquendo de Amat a los noventa años de publicación de su libro Cinco metros de poemas.

- Valorar la vanguardia poética en el Perú y el aporte del autor homenajeado a este movimiento entre los estudiantes del colegio Trilce.

-Enriquecer la biblioteca personal de nuestros estudiantes con un ejemplar artesanal de los Cinco metros de poemas.

PARTICIPANTES

Dirigido a los estudiantes de cuarto año de todas las sedes,  alumnos y padres interesados.

ORGANIZADORES

Plana de literatura y lectura / Centro Cultural Trilce.


FUNDAMENTACIÓN

Resulta importante difundir entre nuestros alumnos el interés por la poesía y el reconocimiento a lo que han contribuido a enriquecer la vida cultural del país. La obra de Oquendo de Amat es una muestra significativa de lo que fue la vanguardia poética en el Perú. Los estudiantes podrán consolidar lo aprendido en el colegio sobre el autor, su obra y el movimiento vanguardista del que forma parte a través de una serie de actividades culturales dentro y fuera del aula.



PROPUESTA DEL TRABAJO Y CALENDARIZACIÓN

 

Fecha

Actividad

Participantes y responsables

Semana 1 y 2

Labor de enseñanza y aprendizaje sobre la literatura vanguardista en Latinoamérica y en el Perú, autores y obras, según lo programado en el curso de literatura (Cuarto año de secundaria)

 

Docentes de Literatura

Semana 3, 4 y 5

Difusión de los poemas, versos, frases de Cinco metros de poemas, a través de pancartas creadas por alumnos de cuarto de secundaria.

Estudiantes, docentes y tutores

Semana 6

Edición e impresión de un propio ejemplar los Cinco metros de poemas y su presentación en la última clase del bimestre.

 

Estudiantes, docentes y tutores

Viernes 15 de setiembre

4:30 pm

Conversatorio en Homenaje a Carlos Oquendo de Amat y sus Cinco metros de poemas.

Recital y musicalización de los poemas del autor homenajeado.

Docentes de aula e invitados externos.

CONVERSATORIO

Rubén Javier

El campo retórico en Cinco metros de poemas. Una aproximación a la recepción crítica.

Salomón Valderrama

Cinco metros de poemas: para revivir el inconsciente una y otra vez atropellado.

Álex Romero

La poética de Carlos Oquendo de Amat en Cinco metros de poemas.

Modera: Óscar Limache.

 

DIFUSIÓN DEL HOMENAJE (SEMANAS 3, 4, 5)

Acondicionar un espacio dentro salón y pasadizos para las pancartas con los poemas, versos y frases del autor homenajeado.

Apoyo de publicaciones para impresión de los afiches sobre el conversatorio y recital por los noventa años de Cinco metros de poemas.

CONVERSATORIO:  “Carlos Oquendo de Amat y sus Cinco metros de poemas” (viernes 15 de setiembre  de 4:30 p. m. a 6:30 p. m.)




















FOTOGRAFÍAS, PANCARTAS Y VERSIONES ARTESANALES DE CINCO METROS DE POEMAS AQUÍ

VERSIÓN PDF DE CINCO METROS DE POEMAS PARA LA VERSIÓN ARTESANAL AQUÍ









Prof. Álex Romero Meza.




miércoles, 18 de diciembre de 2019

La manzana y el cuchillo



A Sofi

¡Dulzura por dulzura corazona!
Poemas Humanos

Ah grupo bicardiaco
Trilce

C. Vallejo



— Amigo, tú que me desnudas a voluntad
Con la misma delicadeza de los vientos del norte
Cuéntale
A esta perfilada amiga
Suspendida aún en la fatalidad nutricia de los cuentos de hadas
Cuéntame
¿Podré alguna vez amar como las que aman dormidas o despiertas?

El cuchillo se inclinó y adquirió el brillo sinuoso de una navaja.
— Sí, podrás amar, pero dolerá mucho.
— ¿Por qué? — preguntó cortante la manzana como si aún la guillotinara el viento.
— Porque Dios ha querido que todos muerdan del fruto prohibido y, para que esto ocurra, deberás condenarte a la afilada forma de un corazón partido.
— ¿Entonces amar es desprenderme de una parte de mí? ¿Dejar de ser para ser?¿Eso es el amor?
— Sí —respondió el cuchillo ya empuñado—
— ¿Por qué?
— Porque el dolor es la mejor señal de saberse vivo.

Entonces, el cuchillo cayó sangriento y se cortó triste
Como la manzana.


Álex Romero M.

miércoles, 6 de junio de 2018

CURSO TALLER AGOSTO 2018 El pensamiento crítico en el aula: deliberación y controversia


El presente curso se propone, dentro del marco general de las rutas de aprendizaje y la propuesta del currículo nacional, desarrollar estrategias de argumentación para fomentar, en la práctica diaria y en proyectos de aula, la controversia y el pensamiento crítico entre los estudiantes. A través de prácticas discursivas como la deliberación y el debate, se buscará brindar herramientas teórico-prácticas con el fin de introducir la discusión como forma de motivación en el aula y la criticidad como parte de la formación cívica y ciudadana de los estudiantes. 




ENLACE: Aquí 




viernes, 16 de marzo de 2018

El sujeto educativo





“¿Quién podría comprender que el medio para que ellos se educasen en el orden intelectual no es aprender de los sabios lo que ignoran sino enseñárselo a otros ignorantes.”
Jacques Ranciere El maestro ignorante

“El maestro aprende de su alumno cuando enseña. El sentido del diálogo genera amistad en el sentido más elevando.”
George Steiner Lecciones de los maestros

“Probablemente yo aprendí de mis alumnos más que ellos de mí. Lo que aprendí, principalmente, fue que si uno enseña y no aprende, no está enseñando.”
Frank McCourt El profesor


El sujeto educativo no es solo una categoría propia de la filosofía de la educación o de la ciencia pedagógica, sino que remite a nuestra propia condición de sujetos que aprenden y enseñan o enseñan y aprenden. Sabemos que la educación puede ser formal e informal y es en ambas dimensiones en que la dinámica de aprender y enseñar (o a la inversa) se da plenamente entre los sujetos. Nosotros aprendemos espontáneamente –e inconscientemente— a través de la imitación para luego, por medio del lenguaje, poderlo transmitir a nuestros semejantes.

El acto de aprender para enseñar se puede dar de una manera sencilla: una niña(o), por ejemplo, que, llegando a casa, quiere compartir lo que aprendió en la escuela; dicha actitud se produce por diversos motivos —la aprobación de sus padres, el simple deseo de expresarse, etc.—, pero logra consolidar lo que aprendió al verbalizarlo. Muchas personas afirman que la mejor forma de arraigar en el aprendizaje es enseñándoselo a otros. En otras palabras, la enseñanza conduce a un aprendizaje sólido si es que el sujeto es capaz de enseñárselo a otros. Si esta posibilidad (el enseñar) se convierte en acto, su aprendizaje será más significativo.    

A la ciencia pedagógica el concepto que le es propio es el de “enseñanza” pues el concepto de “aprendizaje” —íntimamente vinculado al primero— pertenece a la psicología. La pedagogía estudia este acto intencional (enseñar) para buscar los mejores caminos en el aprender. Sobre el enseñar los maestros se saben de memoria una frase irónica “el que sabe, sabe, el que no, enseña”, que encierra una falsedad hiriente, pero también una verdad: ni un maestro —ni nadie— sabe completamente una disciplina, por lo que estudiar para una clase y enseñarlo a sus semejantes le permite ahondar y perfeccionar su saber, ver sus matices y sus problemas, además de encontrar los mejores modos de comunicarlo a los otros.

El conocimiento se hace real transmitiéndolo.

Es cierto que la duplicidad Enseñanza – Aprendizaje o Aprendizaje – Enseñanza no resulta inconmovible: existe aprendizaje sin enseñanza —recuerdo la maravillosa escena de 2001 Odisea en el espacio[1] en la que un proto humano descubre la herramienta (y después lo enseña a sus semejantes y se convierte así en un instrumento de supervivencia social) —y también existe enseñanza sin aprendizaje (imaginemos la clase de un profesor principiante que no logra que sus alumnos aprendan realmente). Sin embargo, recordemos que la enseñanza (como acto intencional y teleológico) apunta al aprendizaje y, si no se logra, solo señala una realidad defectiva y, por lo tanto, corregible.

La enseñanza se piensa y se realiza para que los sujetos aprendan. Las posibilidades de este par conceptual (Enseñanza-Aprendizaje) son ilimitadas: el maestro aprende para enseñar y trasmite su forma de aprender a sus discípulos; el discípulo enseña a sus congéneres y consolida su saber y, además, al no existir una brecha generacional con sus pares, lograr que su explicación sea más clara con analogías y referencias más comprensibles entre ellos.

Al enseñar, maestros y discípulos llegan a tener un conocimiento más certero sobre su propio saber. Es en el ámbito intencional de la enseñanza – aprendizaje (la educación formal) donde la realidad del sujeto educativo se debe aprovechar. Los profesores deben brindar espacios de interacción entre los estudiantes para que este acto maravilloso de “enseñanza entre pares” se dé plenamente porque el discípulo se convierte así en maestro y enseña a sus semejantes y al mismo maestro. Por otro lado, el docente, consciente de su condición de sujeto educativo, asumirá que su modo de aprender y concebir el conocimiento puede convertirse en una forma unilateral en la que el alumno deba aprender su lección. Al respecto, lo dicho por el filósofo y educador Augusto Salazar Bondy (1978) resultan ser clarificador:

"Dicho de otro modo, solo se educa quien puede ser educador. Cuando haya máquinas educadoras habrá máquinas educadas. Nótese que esto quiere decir que hay en la educación no solo un rasgo de auto perpetuación sino, también, que se requiere reflexividad y reciprocidad, porque en la medida en que alguien es educado por otro puede ser educador de su educador y educador de sí mismo" (p. 11).

En conclusión, resulta fundamental concebirnos sujetos autónomos en esa dinámica vital de aprender para enseñar / enseñar para aprender que es propia de todos los miembros de la comunidad educativa.

Alex Romero M.

Bibliografía

Freire, P. (2017). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI.

McCourt, F. (2006). El profesor. Maeva.

Rancière, J. (2003). El maestro ignorante. Laertes.

Salazar Bondy, A. (1978). La educación del hombre nuevo. Paidós.

Steiner, G. (2004). Lecciones de los maestros. Siruela.



[1] Comparto el enlace de esa maravillosa escena de la película de Stanley Kubrick https://www.youtube.com/watch?v=yZ0qJ1KngWg


2001 Odisea en el espacio

sábado, 20 de enero de 2018

ÍTACA de Constantino Cavafis (Dedicado a la promoción AD INITIUM)





Ítaca

Si emprendes el camino hacia Ítaca,
desea que el camino sea largo
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
A los lestrigones y a los cíclopes,
al encolerizado Poseidón no temas,
tales cosas en tu camino nunca encontrarás
si tu pensamiento alto permanece, si una selecta
emoción toba tu espíritu y tu cuerpo.
Ni lestrigones ni cíclopes
ni al fiero Poseidón encontrarás
si no lo llevas en tu alma,
si tu alma no los erige ante ti.

Desea que el camino sea largo.
que sean muchas las montañas estivales
en que, con qué placer, con qué alegría,
entres en los puertos por vez primera vistos;
detente en los mercados fenicios
y compra las hermosas mercancías,
nácar y corales, ámbar y ébanos
y voluptuoso perfumes de todo tipo,
los perfumes más valiosos y voluptuoso que puedas;
visita muchas ciudades egipcias
y aprende y aprende de los sabios.

Ten siempre en tu mente Ítaca.
Llegar allí es tu destino.
Pero no apresures el viaje en absoluto.
Mejor que muchos años dure
y que, ya anciano, arribes a la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.

Ítaca te dio bello viaje
sin ella no hubieses emprendido
pero ya no tiene nada que darte.

Y, si las encontraras pobre, Ítaca no te engañó.
Tan sabio has devenido, con tanta experiencia,
ya habrás comprendido lo que significan las Ítacas.



NOTA: Este poema está dedicado a mis queridos estudiantes y ahora ahijados desde el 2017. Sé que les emocionará cada vez que lo lean como a mí me pasa cada vez. Álex Romero.


FUENTE: Ed. y trad. Luis de Cañigral Cortés. Ed. Júcar. Barcelona, 1981. (Ed. bilingüe). pp. 116- 115.


miércoles, 9 de agosto de 2017

La guerra del fin del mundo o sobre el fanatismo




Una de las mejores novelas de Mario Vargas Llosa es, sin duda, La guerra del fin del mundo. Como narración que busca competir con la realidad y suplantarla —la llamada novela total— revela una serie de aristas sobre nuestra condición humana: la salvación, la religiosidad, la ambición política, como también el poder, el honor, el fanatismo, entre otros. Es justamente el fanatismo (y su capacidad de trasformación de la vida humana y su historia) un tema revelador para el lector que se plantea las mismas preguntas que el Barón de Cañabrava y otros personajes de la novela: ¿cómo fue posible que una muchedumbre de vagabundos, pordioseros, miserables y delincuentes hayan podido remecer los cimientos de la naciente república del Brasil?,  ¿cómo fue posible que esa gente sin cañones y escasos fusiles haya podido derrotar a tres expediciones militares? La respuesta puede ser simple y resumirse en una palabra: el fanatismo. Sin embargo, dicha palabra nos lleva a un estado de completa perplejidad cuando, trascendiendo expresiones despectivas del tipo “son unos fanáticos”, nos interpelamos sobre aquel “apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones” (RAE). Los personajes más cautivantes que desfilan en las páginas de La guerra del fin del mundo revelan los distintos alcances que puede tener esta forma de estar y concebir el mundo.

“El hombre era tan flaco que parecía siempre de perfil”.

El Consejero es un hombre que practica su fe en el “Buen Jesús” a través de una vida estoica, llena de suplicios y sacrificios que admira a las gentes de los pueblos miserables del sertâo brasileño. Ellos lo ven rezar sobre piedras y limpiar con unción capillas y cementerios. Es la vida del Consejero, “el fulgor milenarista de sus ojos” y su “lacónico verbo mesiánico” lo que lleva a que gente de diversa condición —entre los que destacan los peores bandidos de la región como Pedraò, Pajeú y el demoníaco Joaó Satán— sigan al profeta con la promesa de salvación al fundar una nueva Jerusalem en la tierra de Canudos y rebelarse al Can, es decir, a la república brasileña. Los hombres y mujeres miserables que han vivido en la más profunda miseria y han sufrido la violencia más abyecta pueden vivir, gracias a la prédica del Consejero, de otra manera aquella pobreza y violencia como medios purificadores, para derrotar al mal y ganar la salvación. ¿Qué puede tener de cuestionable ese “fanatismo”, se pregunta otro personaje (el padre Joaquim), si la fe en el “Buen Jesús Consejero” ha dignificado la vida de los desvalidos y ha dado paz a los que solo sembraban dolor y sufrimiento por toda la región?

“Esas violencias, muertes, robos, saqueos, venganzas, esas ferocidades gratuitas, como cortar orejas, narices. Toda esa vida de lucha e infierno. Y, sin embargo, ahí está, también él, como Joao Abade, como Taramela, Pedrao y los demás… El Consejero hizo el milagro, volvió oveja al lobo, lo metió al redil. Y por volver ovejas a lobos, por dar razones para cambiar de vida a gentes que solo conocían el miedo y el odio, el hambre, el crimen y el pillaje, por espiritualizar la brutalidad de estas tierras, les mandan ejército tras ejército, para que los exterminen. ¿Qué confusión se ha apoderado del Brasil, del mundo, para que se cometa una iniquidad así? ¿No es como para darle también en eso razón al Consejero y pensar que efectivamente Satanás se ha adueñado del Brasil, que la República es el Anticristo?” (Pág. 418).

Existen en la novela otros personajes marcados por ese apasionamiento y tenacidad desmedida que es como se define el fanatismo. Podríamos mencionar al frenólogo y revolucionario Galileo Gall que ha consagrado su vida a la “Idea” de una sociedad sin clases y que, al escuchar sobre la rebelión de Canudos, decide ayudar a sus hermanos porque luchan —por razones distintas a la suya— por liberarse de la opresión y vivir sin egoísmos. Gall es un hombre que cree en la ciencia y rechaza el oscurantismo de los que ostentan el poder. Él la ejerce leyendo en las protuberancias o depresiones de los cráneos los rasgos de definen el temperamento y carácter de las personas. Podríamos mencionar además la actitud incansable de Rufino —guía que conoce el camino para llegar a Canudos y que fue contratado por Galileo Gall—  cuyo sentido tajante del honor lo conduce a su propio final y de los que lo traicionaron. Podemos mencionar también a un fervoroso creyente de la república como el coronel Moreira César, el “jacobino”, el “corta pescuezos”, que detesta a los nostálgicos de la monarquía. La “verdad” en cada personaje, sin considerar el nombre que se le dé, está ligada a una fe que debe ser defendida contra los otros. Sin embargo, dicha “fe” tiene otros aspectos que resulta reveladores a partir de la narración de Vargas Llosa.

Un rasgo importante de esa fe o creencia excluyente que desencadena el fanatismo es su “cerrazón” pues no admite dudas y que nos lleva a sacrificar todo, hasta la propia vida, por mantener inconmovible una certeza. La verdad no es aquí apertura o descubrimiento, sino la fuente de mi poder, la certeza de que lo que hago según ella es lo único auténtico, real, veraz, justo e indubitable:

—Tú eres Pajeú —preguntó, por fin.
—Soy —asintió el hombre. Aristarco permanecía tras él, como una estatua.
—Has hecho tantos estragos en esta tierra como la sequía —dijo el Barón. Con tus robos, tus matanzas, tus pillajes.
—Fueron otros tiempos —repuso Pajeú, sin resentimiento, con una recóndita conmiseración—. En mi vida hay pecados de los que tendré que dar cuenta. Ahora ya no sirvo al Can sino al Padre.

El Barón reconoció ese tono: era el de los predicadores capuchinos de las Santas misiones, el de los santones ambulantes que llegaban a Monte Santo, el de Moreira César, el de Galileo Gall. El tono de la seguridad absoluta, pensó, el de los que nunca dudan. Y por primera vez, sintió curiosidad por oír al Consejero, ese sujeto capaz de convertir a un truhán en un fanático. (Pág. 237-238).



¿Debemos temer a los estragos que produce el fanatismo, a los hombres que ostentan la verdad absoluta y quieren “convencer” a los otros de que la realidad no puede concebirse de otra manera? La respuesta, obvia y necesaria, es sí. ¿O tal vez existe alguna forma “benigna” de fanatismo?

En el 2012 pude asistir a una coloquio titulado “Literatura, poder y libertad” en la Universidad de Lima y el invitado principal fue MVLL. Sin considerar las numerosas ideas y afirmaciones del Premio Nobel sobre la política y la libertad, las dictaduras latinoamericanas y la literatura como manifestación de anhelos e insatisfacciones, quedó en mí una apreciación muy suya sobre este tema que, como revela su novela, ha marcado con sangre y fuego la historia de la humanidad. Abordó esta pasión humana del fanatismo, pero no se trataba del fanatismo político donde un grupo humano o un individuo posee un proyecto político de felicidad y que, en su intento de hacerlo real, termina violentando a los que en un principio quieren liberar —recuerdo aún la novela de un escritor que admira y enseña MVLL: El siglo de las luces de Carpentier, donde el protagonista, Víctor Hughes, desea expandir los ideales de la Revolución francesa en el Caribe y proclamar la libertad de los esclavos, pero termina guillotinándolos por desobedecerlo—. Tampoco se trata del fanatismo religioso (de corte cristiano, judío, musulmán o del que sea) que busca seguir las verdades sagradas dictadas por “Dios” con la promesa de salvación y que lleva a la destrucción de los que no comparten sus creencias o fe: herejes, ateos, cismáticos, paganos, bárbaros, etc. Vargas llosa se refirió al fanatismo artístico que, al final de cuentas y en contraposición con otras formas de fanatismo, termina violentando exclusivamente al artista y no a sus semejantes, en ese afán de crear perfección. El artista no quiere imponer o construir alguna forma de “mundo feliz” o “perfección social” para todos, sin que lo quieran o no, tenga o no la misma religión o ideología. El escritor, pintor o músico quiere crear perfección, pero sólo es él la víctima de sus obsesiones y frustraciones. Es la víctima y victimario del ideal de belleza o perfección que se ha impuesto para sí y que debe obedecer para creer en sí mismo y en su propia concepción de felicidad. Los otros no son víctimas de lo que considero correcto, bello, armonioso, feliz o perfecto en términos estéticos.

Tenemos mucho que decir sobre nuestra condición humana, sobre el fanatismo como una pasión inherente o “desligable”  de nosotros. La guerra del fin del mundo es una muestra de ese anhelo de perfección en la narrativa de Vargas Llosa y que deja constancia de lo múltiple y semejantes que somos.


“Yo siempre sentí, al escribir, que en un momento dado hay que matar la historia, porque si no la historia continuaría indefinidamente. Y al mismo tiempo creo que toda historia trata de llegar a  esa especie de ideal que es la novela total. Donde yo creo que he llegado más lejos en eso es en La guerra del fin del mundo, sin ninguna duda.” (MVLL)


Álex Romero Meza

martes, 15 de diciembre de 2015

El desencuentro (Cuento)




A Luis siempre le había parecido absurdo concertar alguna cita por el chat, pues eso era, según sus propias palabras, “señal ineludible de inmadurez y desesperación”. Sin embargo, terminada la conversación con Lorena, supo que no estaba tan lejos de su forma de vida normal. ¿No había resultado muy osado lanzarse de esa manera y por chat? No, no había sido así. Después de todo no era una desconocida. Precisamente, la había conocido porque ambos tenían el enlace de un amigo de la universidad, tal vez del primer año, con el que se hizo algún improvisado trabajo grupal y que luego se perdió en las reservas de matrícula, las clases del turno noche o la variación del ciclo de estudios por llevar pocos créditos. Había conversado con ella en tres ocasiones y, entre los comentarios de la mejor discoteca de Barranco para los fines de semana o del último grupo de rock que llegó a Lima, había logrado invitarla a salir.

La luz del monitor iluminaba su rostro con un color fluorescente y luego de releer el cuadro de Messenger que contenía la última parte de la conversación donde encontraba el sí a su pregunta de salir juntos, fue a consultar otra vez su página personal. Cliqueó hacia la barra de direcciones y pudo encontrarla con rapidez. No había duda: lo que en verdad lo impulsó fueron las cosas que pudo leer y ver en su Face. En ella pudo descubrir una serie de datos que, desde el momento en que la vio como posibilidad, había revisado con esmero (edad, música preferida, links favoritos, etc.), para ver si tenían algo en común o, en todo caso, tener más recursos con qué orientarse en la conversación. Pero fue su foto de perfil lo que en verdad lo cautivó. Había sido tomada de cerca, en lo que parecía un parque público un día de primavera, ella mostraba su abundante cabello negro, iluminado con el brillo de sus ojos pardos, que se deslizaba sobre sus hombros desnudos, y que le daba la apariencia de ser sumamente delgada. En ella, abrazaba amorosamente a un perrito blanco que contrastaba maravillosamente con su piel.

A él le hubiera gustado ser ese perrito.

Lorena era un verdadero sueño pero Luis se dio cuenta que era momento de dormir. Ya había cerrado su sesión del Messenger y lo único que le quedaba era abandonar esa preciosa imagen apagando la computadora. Tenía que dormir necesariamente, tal vez unas tres o cuatro horas, para no tener la apariencia de haber trasnochado, pero se arrepintió, canceló la opción “apagar” y abrió una nueva ventana para ver a alguien más entre sus contactos. Ubicó su lista y encontró aquel nombre que había dejado en el pasado y que, sin embargo, buscaba todas las noches, sin quererlo o no, como un tópico permanente en su vida: “Gabriela Salazar / 28 de febrero / Lima, Perú”. Su foto era la misma de siempre, sonriente, con su cabello ensortijado cubriéndole los hombros y una chompa negra que ocultaba su figura. Le gustó verla otra vez pues, al ser la marca visible de un pasado demasiado reciente, le permitía constatar que su decisión de separase de ella se mantenía invariable. Recordó que le había dicho, hacía ya mucho tiempo, empujado por una cuota normal de celos, que cambiara esa foto pues, a pesar de la ropa, tenía una manera muy coqueta de posar en ella. Y ahora, al verla otra vez, la sintió más distante que en otras ocasiones, recordó, sin sobresaltos, que la había amado con la misma pasión inconfundible del que se enamora por primera vez, pues fue con ella con quien tuvo su primera relación, como también del juramento que se hicieron de no verse jamás las caras y odiarse toda la vida. Había querido sacarla de la lista de contactos, pues ya era demasiado tenerla en cada recuerdo involuntario o, peor aún, encontrarla involuntariamente en algunos lugares, y lo hizo en ese momento (clic derecho y listo) con la seguridad de que ella ya lo había hecho desde hacía mucho. Ya era la ocasión de sacarla de sí y pensar en otros horizontes… Lorena, por ejemplo.

Sólo era cuestión de esperar y disfrutar de lo que venga…


***

Pudo dormir hasta tarde pero los sonidos cotidianos de la mañana eran ahora interrumpidos por un golpe sordo que hacían temblar las ventanas. Los bocinazos de su tío le indicaron que era mejor apresurarse y no exponerse luego a un incómodo viaje en combi.

— ¿Listo?—decía el tío mientras probaba con su enorme cuerpo la amortiguación del auto.

— Listo—respondió desde una ventana.

Ahora que su tío lo esperaba, con el auto encendido, para llevarlo al centro de la ciudad, pensó que la salida de esa tarde sería una oportunidad para reiniciar su vida con algo distinto y disfrutar de su existencia, sin los tormentos propios de un amor penitente que enclaustraba las posibilidades de la amistad y el compañerismo. Sus amigos le habían reprochado desde el principio que su relación con Gabriela haya sido demasiado absorbente, y que por eso ya no tuvieran los contactos de antes. Pero eso ya había quedado en el pasado, se consagraría a sus amigos y a todas las posibilidades que llegaran en el futuro.

Ahora tenía que bajar de inmediato pues su tío iba a empezar a gritarle.

—Oye, vas a subir o no —le dijo mientras tocaba frenéticamente la bocina.

—Voy —respondió Luis trepando al auto de inmediato.

Vivía en Villa María, en los “arrabales del sur” como solía decir, y acompañaba a su tío las más de las veces al Centro de Lima pues este trabajaba en una oficina de la avenida Tacna cerca de su universidad. Como en otras ocasiones, calculó que demorarían una hora o más llegar hasta el centro. Lorena lo estaría esperando en el Torky´s de la avenida Wilson para comer y luego ir a ver una película recomendada, en uno de los cines del jirón de la Unión.

—Tío, yo bajo por aquí mejor —indicó dirigiendo su mirada a la entrada del jirón Quilca.

— ¿No ibas a la universidad? —preguntó su tío mientras se estacionaba.

—Hoy no tengo clases, sólo vengo a ver a una flaca —respondió con una sonrisa.

—Ah, buena sobrino, no olvides llevarla a un buen lugar —afirmó el tío mientras le palmeaba la espalda al ir saliendo del auto—. Yo creo que te voy a cobrar la movilidad la próxima vez, Casanova.

Luis le hizo adiós con la mano y se dirigió luego a Quilca para pasear un rato, pues había llegado temprano. Tal vez encontraría un buen libro para hojear o, mejor, un par de amigos con los que podría tomar un par de tragos antes de su encuentro con Lorena.

Se dirigió al primer puesto que vio luego de esquivar a los noctámbulos que salían del Averno y otros lugares similares, muchos de ellos visitados por escritores consagrados o profesores de literatura que se alimentaban, de vez en cuando, con una cuota normal de alcohol y marginalidad. Al ver los estantes y los libros en ellos, notó que no era el puesto que buscaba. Era uno de los tantos que iban brotando por ese lugar, especializados en medicina o administración. Los odiaba, pues sus libros, los que guardaba como joyas en su biblioteca, no podían ser así, voluminosos y fríos, sino aquellos escritos por gente de verdad que daba su vida en ellos. Retrocedió inmediatamente de la entrada y volteó sin pensarlo dos veces, sobre todo porque una de las vendedoras del lugar, obesa y con un periódico chicha en la mano, lo iba a abordar ya con el último libro de “El secreto” o, peor, con la novedad bibliográfica de “Yo le robé al que se robó tu queso”.

Caminó al siguiente puesto y lo reconoció de inmediato. No tanto por los cientos de libros apilados que llenaban la atmósfera de una inabarcable y rancia sabiduría sino por la figura acurrucada y envuelta en fardos que, frente a un vetusto computador tan empolvado como los libros que lo rodeaban, tecleaba furiosamente.

El cholo José levantó la mirada y esbozó una sonrisa.

—Hola hermano, qué milagro —dijo mientras estiraba los brazos para distender su espalda.

—Hola hombre, qué tienes para mí —preguntó mientras trataba de reconocer entre los estantes algún libro nuevo.

—Tengo un par de cosas que te pueden gustar —el cholo José se levantó y acomodó su silla con rapidez—, pero tienes que ver esto primero…

Luis se aproximó y vio cómo el cholo José hacía un movimiento rápido con el mouse para abrir una carpeta.

—De hecho que te va a gustar —dijo mientras seleccionaba una de las imágenes del archivo— porque tú has estudiado literatura, ¿no?

Luis asintió y pudo ver en la computadora la imagen escaneada de una vieja revista (¿o periódico?) de comienzos del siglo pasado. Las páginas eran enormes y con el clásico color amarillento de los años trascurridos.

—Mira, qué chiste… —comentó el cholo José cuando se detenía por azar en una de las páginas escaneadas que decía en grandes moldes “EL PERÚ HA DECLARADO LA GUERRA” y en la página siguiente, en letras pequeñas, “le ha declarado la guerra al aburrimiento porque todos tomamos Pilsen Callao. Auténtica amistad, auténtica cerveza”—, estos peruanos del ayer eran unos pendejos jaja.

A los pocos segundos, se detuvo otra vez, ahora en la parte final de una las páginas.

— Aquí está.

Luis vio un poema cortado en dos, pues los tres versos finales acababan en la siguiente hoja. En esta también figuraba el nombre del poeta: Carlos Oquendo de Amat.

—Es un poema inédito, “El hombre sin brazos” de Carlos Oquendo de Amat —dijo el cholo José con visible orgullo —, ya le vendí la primicia a un profesor de San Marcos para que lo publique junto con un estudio preliminar—empezó a frotar sus manos distraídamente—. Caminar entre cachineros los domingos me ha traído frutos y además, mira —señalando unas revistas apiladas—, conseguí algunos números de Mundial y Variedades.

—Una de estas te acompaño a buscar…

—Claro, pero tienes que venirte como pordiosero, de lo contrario te pueden calatear —dijo cerrando el archivo. A Luis le hubiera gustado leer otra vez el poema.

—Mándamelo —pidió señalando la computadora—, para enseñárselo a mis colegas.

—Nada, compadre, hasta que se publique —el cholo José se levantó sonriendo y se acercó a uno de los estantes—. Te dije que tenía un par de cosas para ti.

Revisó los dos libros que le alcanzó pero no se convenció por ninguno. Uno de ellos se iba a deshojar en un par de semanas y el otro era demasiado erudito, recargado con notas a pie de página.

Después de una breve conversación, se despidió e incursionó en otros puestos para seguir matando el tiempo hasta que llegara la hora de encontrarse con su cita.


***

La vio bajar de un bus enorme de la línea 33B, tan morado y antiguo como la misma procesión del Señor de los Milagros. Vestía de negro y no llevaba abrigo. Luis vio cómo ella caminaba hacía él para luego prodigarle un ligero beso en la mejilla. Se veía muy bien, no había duda, con unos tacos que estilizaban su cuerpo y un primoroso maquillaje que recién apreciaba, en ella y en cualquier mujer, pues su ex nunca se animó a usar tales cosas (“Es cosa de viejas, amorcito, y además maltrata la piel. Tú sabes que sólo uso mi labial, con eso me defiendo…”) Por supuesto, Lorena era diferente y él empezaba a disfrutarlo con sólo contemplarla.  

—Hola Luis, disculpa la demora. No pude llegar antes —dijo con ojitos tristes—, ¿me esperaste mucho?

— No te preocupes —dijo acercándose más a ella— que yo era el que tenía miedo de no haber llegado a tiempo.

—Eres muy lindo, pero seguro me estás mintiendo y me has tenido que esperar, ¿no?

—Bueno, creo que un poquito —contestó con una sonrisa dulce.

—Qué tierno eres, Luisito. Te prometo que no volverá a pasar.

La pollería estaba a unas cuadras por lo que la tuvo que escoltar hacia el lugar. A pesar de lo ruidoso de la avenida Wilson pudo escuchar el rítmico taconeo de Lorena mientras avanzaba y lo disfrutó. En pocos segundos, llegaron a la primera parada que había planeado para esa salida.

El lugar tenía el aspecto de toda pollería que se precie, iluminado con luces de neón, verdes, amarillas y rojas que se correspondían con los mismos colores de los chisguetes que contenían las peruanísimas cremas, indispensables en cada una de las mesas. Por supuesto, las presas que salían del horno industrial eran colocadas en la vitrina más próxima a la calle para convertirse en tortura o afán de consumo de los transeúntes. El movimiento al interior era intenso, los mozos con amarillentos mandiles iban de un lugar a otro con enormes de bandejas que equilibraban con una sola mano y en cuya cima se encontraba, casi siempre, un pollo entero, junto con su ración de papas, ensalada y gaseosa. Al ser un lugar reducido, aunque de dos niveles, la proximidad del horno hacía que el vapor se impregnara en la ropa dejando constancia de lo que se comía mucho después. 

—Qué suerte que me hayas invitado hoy —dijo Lorena mientras extendía su humectado cabello hacia atrás.

— ¿Por qué?

— ¡Porque me moría de ganas de comer un pollo a la brasa! —exclamó en el preciso momento en que dirigía su diminuta y graciosa nariz a la mesa contigua—. Huele rico, ¿no?

—Claro. Espera, voy a pedir —extendió la mano y gritó—, ¡mozo!

—Espere un momentito —contestó uno de ellos que se dirigía raudo a una mesa voraz—, ahora lo atiendo.



—Y después, ¿a dónde me vas a llevar? —preguntó ella dirigiéndole un sonrisa atrevida que remarcaba el brillo de sus labios gruesos— No me has dicho nada hasta ahora.

— Vamos a ver una película, ¿qué te parece?

— Pero, ¿cuál?

—Se llama Hostal 2

— ¿No es una de terror?

—Creo que sí…

—Pero me va a dar mucho miedo… —Lorena se acurrucó mientras hacía un breve puchero.
— No va a pasar nada, además vas a estar conmigo.

— ¿Me puedo abrazar a ti?

—Claro.

—Qué lindo eres.

Luis le sonrió con picardía y la miró fijamente, pero pudo notar que el mismo mozo pasaba veloz y no se detenía en su mesa.

—Mozo, estoy esperando.

—Un segundo, señor. Acabo este pedido y estoy con usted —contestó ajetreado.

—Pero esas personas llegaron después…, atiéndame primero —reclamó.

—Está bien, señor, qué desea.

—Luisito, primero que limpie la mesa. Está un poco sucia.

—Ya escuchó a la señorita.

—No tengo con qué limpiar ahora. Deme su pedido —explicó apresurado.

—No tengo dónde apoyarme, me voy a ensuciar.

—Un momento, ¿qué va a pedir?

—Dos cuartos de pollo, ensalada y papas.

—Ahorita se los traigo—el mozo se retiró veloz con su grasosa carta de pedidos.

—Ése debería traer algo con qué limpiar —comentó enojada Lorena mientras examinaba sus mangas—, ¡ay, me manché!

—Aquí está su pedido —dijo el mozo que se había deslizado presto de un extremo a otro y ya iba colocando los platos con pollo y demás complementos frente a los dos mientras Lorena miraba una sus mangas.

— ¡Pero no ha limpiado la mesa! Mire, me he ensuciado por su culpa.

— Disculpé, señorita, aquí traigo el trapo —el mozo sacó una cosa negruzca y húmeda que tenía algunos restos de ensalada entre sus pliegues—. En un segundo lo dejo limpiecito.

—Agghh, es usted un asqueroso.

—Servidos, que les aproveche —invitó el mozo mientras le daba la última vuelta al trapo sobre la mesa y se marchaba sin escuchar a nadie.

—Tranquila, flaquita, todo está bien. Acabemos de comer y nos vamos al cine, ¿sí?—pidió Luis tratando de tranquilizarla y rogando que no se le malograra el plan.

—Ok, flaquito —contestó ella un poquito alterada pero feliz con la sonrisa conciliadora de él—, pero jamás regreso a este lugar…

—No te preocupes. No te vas a acordar de este sitio otra vez —le sonrío aliviado en el preciso instante que dirigía su puntería a una hilacha de pollo.

A pesar de la mala elección del lugar, Luis notó que Lorena se encontraba contenta mientras comía lentamente sus papas fritas, levantando el tenedor hacia sus labios provocativos y mirándolo ávida de escuchar otra de sus anécdotas que resultaban para ella de una gran novedad. Luis se sorprendió. Hacía mucho tiempo que no era capaz de mantener una conversación tan agradable y entretenida con alguien, sobre todo con una fémina que le llamara la atención. Tal vez la razón era el tiempo transcurrido con Gabriela. La relación con ella lo llevó a sentirse nada interesante, ya que cada uno sabía absolutamente todo lo del otro, las anécdotas originales habían desaparecido de inmediato y el trajín de la relación había vuelto todo un mayor sinsentido. Por suerte, eso había quedado atrás, Lorena se deslumbraba ahora con sus maneras y su sentido del humor. No había duda de que lo mejor había sido enterrar a Gabriela en lo más profundo, junto con su rostro adusto y su afán de cuestionarlo y criticarlo cada vez que se “equivocaba” con ella.

— ¿Listo? —le preguntó cuando notó que dejaba el último huesito en el plato.

—Vamos —Lorena se limpiaba delicadamente los labios e inmediatamente después abría su diminuta cartera para sacar un espejito que le dijera que era la más bella y lo sería más con un toque de maquillaje—, me va a gustar ver esa película junto a ti —agregó coquetísima.

— ¡Mozo, la cuenta!—gritó Luis mientras deslizaba su mano a la parte posterior de su pantalón para sacar su billetera. Tuvo que elevarse unos centímetros de la silla para poder sacarlo de su bolsillo sin problemas, pero sólo sintió la tela suave de su pantalón (algo apretado, como le gustaba en salidas como ésta).

— ¿Te pasa algo, Luisito? —le preguntó extrañada Lorena al ver su rostro alarmado.

—No, nada, sólo que no encuentro mi billetera.

— ¿En serio? —Lorena abrió más los ojos en señal de alerta pero luego esbozó una sonrisa. — Qué mentiroso eres. Ahora no te voy a creer nada de lo que me dices por gracioso.

—No estoy seguro dónde lo he puesto, debe estar por aquí…—Luis se levantó completamente de su asiento y empezó a palparse ambos bolsillos traseros e, inútilmente, los delanteros.

— ¿No se te habrá caído por el piso? —Preguntó Lorena en un tono más alarmado— Fíjate si no está cerca de tu silla —dijo mientras levantaba un poco el mantel y bajaba la cabeza para verificar.

—No, no hay nada…

— ¿No lo habrás perdido en la calle?

—No sé…

— ¿No lo habrás olvidado en tu casa?

—No creo —contestó casi sin pensar pero de pronto su ademán de insistente búsqueda se detuvo y recordó que durante su viaje y el recorrido que hizo por Quilca no había comprado nada. No había pagado la movilidad puesto que su tío lo había traído en su auto, ningún libro o revista lo habían movido a gastar y no había encontrado amigo alguno para tomarse una cerveza. Después de unos segundos más de constatación tuvo que decirle: “tienes razón, lo he olvidado en mi casa”.

— ¿Y qué vas a hacer? De hecho que ya no podremos ir al cine —comentó compungida Lorena.

— ¿No podrías prestarme para pagar? —preguntó Luis alarmado.

— ¿Qué? —contestó indignada— No, papito, yo no tengo nada. No creí que iba a tener problemas con alguien como tú…, pero creo que me equivoqué.

Luis notó que lo último que le dijo hizo que ella agriara el rostro tanto que recordó a Gabriela. Era el colmo. Él no había tenido la culpa y sin embargo ella lo miraba como si fuera la peor cita de la historia. Sus palabras dulces y sus gestos provocativos habían desaparecido y sólo había quedado de ella el bamboleo impaciente de uno de sus pies que en verdad lo exasperaban. No tuvo duda de que cuando saliera del aprieto probablemente no la volvería a ver, pues se había convertido para ella en un paso en falso.

Para ser su primera salida después de Gabriela todo había terminado en un verdadero “desastre”.

—Mira —en un tono que insistía ser conciliador y que buscaba estar acorde con sus esperanzas aún no perdidas—, mi tío trabaja cerca de aquí, en la avenida Tacna. Tal vez me pueda prestar algo de dinero para pagar. Sólo tendrías que esperar un poco, ¿está bien?

— Ok, pero deja tu casaca —dijo Lorena—. No vaya a ser que te vayas y me dejes sola con la cuenta.

“Era el colmo, pensó Luis, verdaderamente el colmo. Esta flaca alucina que ha salido con un estafador o algo peor, ¡cómo me va a decir algo así!” Su sorpresa resultó mayúscula cuando notó que ella seguía inmutable, sin el gesto inmediato de alguien que ha cometido un imperdonable desliz, como si no le hubiera dicho nada que lo pudiera ofender. Él sólo atinó a decir algo que seguía siendo conciliador, sí, pero para él mismo, para no mandarla…, muy lejos.

—No te preocupes —le dijo palmeando su casaca colocada en el espaldar de la silla—, yo la dejo aquí y pronto regreso.

—Sí, pero no te demores.

Al salir a la calle respiró el aire frío de ese atardecer invernal en Lima. Volteó hacia la ventana de la pollería y, entre las cabezas de los comensales, distinguió a Lorena con ese gesto antipático en el rostro. Le provocó irse y no volver a entrar al local para darle una lección, pero recordó que ella tenía su bendita casaca y, por lo atrevida que era, sería capaz de regalársela al mozo para que la dejara salir. Luis caminó hacia la avenida Tacna con la convicción de que, apenas recibiera el dinero de su tío, llegaría donde ella y, luego de pagar la cuenta, se despediría inmediatamente de aquella flaca que le había hecho más amargo el problema.

Poco después pudo divisar la oficina de su tío que era una de las más negruzcas por el smog de la avenida Tacna. Subió las vetustas y empinadas escaleras, pero sospechó que le iba a ir mal pues el ambiente donde trabajaba su tío se encontraba cerrado, cosa que sucedía en pocas ocasiones, pues, por experiencia personal, sabía que esta permanecía abierta para así no intimidar a los inopinados clientes que se arriesgaban a subir. La puerta cerrada podía significar muchas cosas, pero sobre todo anunciaba la llegada de algún representante de la Sunat o un cliente enojado que vino a reclamar por un trabajo incompleto.

                —Jovencito, ¿cómo está? ¿Viene a ver a su tío? —Luis escuchó una voz amable a sus espaldas y de inmediato supo que era Pedrito, el ayudante de limpieza de la oficina.

—Hola, Pedrito. ¿Estará por aquí mi tío?

—No, jovencito, salió a visitar a su compadre en Comas. Lo llamó para un negocio, creo —contestó Pedrito con la escoba levantada unos centímetros del suelo y una permanente sonrisa provinciana, agradecida y amable.

—Bueno, Pedrito, dile que vine para pedirle un favor. Ya lo veré en la casa.

—Ya, jovencito, hasta luego.


Se deslizó rápidamente escaleras abajo y ya en la calle sólo atinó caminar de regreso a la pollería sin saber en realidad qué iba pasar. Alucinó que tendría que tendría que lavar platos por unas horas pero luego se acordó que eso sólo lo había visto en películas y series gringas. Unos momentos después ya había cruzado la puerta de entrada de la dichosa pollería.

—Te has demorado —le dijo ella apenas él se sentó, sin la menor intención de ser agradable.

—Mira, Lorena, lo que pasa es que no encontré a mi tío, subí a su oficina y no…

— ¡Qué! —Lorena se levantó de inmediato y cogió veloz su diminuta cartera—. Mira, no voy a perder más mi tiempo contigo, me voy —se acomodó el vestido y caminó con sus ruidosos tacos—. Eres de lo peor…, no te atrevas a llamarme otra vez, ¿ok?

Luis vio cómo Lorena traspasaba la puerta y mandaba al diablo al primer ambulante que se acercó a ofrecerle un turrón arequipeño. No pudo dejar de sonreír con el gesto iracundo de ella y suspiró aliviado al no tener que soportarla un segundo más. Era lo mejor…

Pero al poco rato recordó dónde se encontraba y por qué. Le hubiera gustado mandar al diablo al mozo que vendría a pedirle la cuenta y a Lorena que ya instalada en su paradero era la prueba viviente de lo difícil que era seguir después de su desastrosa relación con Gabriela. “¿Y ahora qué? ¿A quién le pido plata?”, pensó mientras abarcaba con su mirada a todos los comensales sin reconocer absolutamente a nadie.

— ¿Qué más me puede pasar hoy, por Dios? —murmuró.

La pregunta que había lanzado a este mundo sordo e indiferente sin esperar respuesta se resolvió inmediatamente ya que, segundos después, entraba a la pollería una despampanante Gabriela en compañía de un tipo mucho más alto y apuesto que él, con ese inconfundible y diabólico tono de labial en la boca. 

—Señor, disculpe —dijo el mozo al acercarse—. Estas personas van a ocupar la mesa, ¿podría cancelar ya su cuenta, por favor?

—Hola, Luis, ¿cómo estás? ¿Por qué tan solo? —le preguntó Gabriela en un malintencionado saludo y que era para él la última banderilla de la noche.




Álex Romero Meza
Lima, 18 de febrero del 2012